Star Wars: The Force Awakens

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Tanto amor, no les entraba en el corazón

 

Dicen los que saben, que los autores, en sus grandes películas, no solo dicen algo sobre la vida sino que reflexionan también sobre el cine.

Star Wars, siempre vinculada al viaje del héroe, se decanta en su tramo final, si podemos considerar a esta trilogía como el tramo final, como una saga familiar de proporciones épicas. En el centro tenemos a la familia Skywalker, partida al medio por la Fuerza. La historia completa es desgarradora desde todo punto de vista. Es nuestro “Cien años de soledad”, con un giro. Un gran poder conlleva una gran desgracia, al parecer.

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El mito, que es el mito de tres o cuatro generaciones incluida la mía, se ve reflejado en la película. La genialidad de esta decisión tiene precedentes en la historia de Abrams: Star Trek, que es la única película en la historia del cine que es reboot y secuela al mismo tiempo, e incorpora una riquísima mitología de un solo plumazo, con elegancia y gracia. En Star Wars la solución es aún más simple: la historia fue olvidada. Los viejos héroes no tienen ni páginas escritas. Son ecos del pasado, exageraciones, leyendas, cuentos, mitos. Eso es lo que sentimos los creyentes cuando les explicábamos a los ateos que Tatooine tenía tres soles y que Obi Wan vivía en una cueva. Y siempre que algún pillo, de esos más avispados que los demás, nos contesta que la película es mala, que los diálogos son flojos, que la acción es vetusta, lo miramos extrañados: ¿Por qué no lo entendió? ¿Por qué lo analiza? ¿Por qué no puede amar?

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La guerra contra el Imperio fue olvidada. Vader es solo una sombra. Luke Skywalker, Han Solo y Leia Organa se encuentran dispersos por el Universo. Algo terrible paso entre El Regreso del Jedi y La Fuerza Despierta. Y aparte de eso, o a raíz de eso nació La Primera Orden. Una suerte de Nuevo Imperio, siempre protonazi, liderado por un ente extraño, Snoke, que es presentado, a la moda de la saga, mediante un holograma. Bajo su mando hay dos jefes malos: el General Hux y Kylo Ren, este último, un Sith como Darth Maul, el Conde Dooku y Darth Vader. Para peor, armaron una nueva Estrella de la Muerte, aún más terrible y poderosa que las dos anteriores.

La estética fue replicada. La historia también. En The Force Awakens tenemos el encuentro fortuito (o forzado por la fuerza) la búsqueda del maestro, el rescate de la princesa, el arma mítica, y más elementos que no voy a develar aquí. Pero aún más importante, tenemos épica de nuestro tiempo. Aquí nace la grandeza real de la película. En la fantasía épica se nos cuenta siempre el pasado de la historia que estamos leyendo o viendo. Grandes batallas de antaño ya olvidadas. Se crea una mitología para darle carnadura a ese mundo. Se nos cuenta el pasado de los héroes.

En Star Wars somos nosotros los testigos de esas batallas de antaño. Los que llevamos la antorcha y el recuerdo de lo que hicieron esos héroes. Queremos saltar a la pantalla y contarles a Rey y a Finn que Han Solo y sus amigos se cargaron a dos Estrellas de la Muerte. Y ese es el momento culmine y emotivo de la película: es el Han Solo viejo, en la toma que se ve en el tráiler, diciendo que todo es real, que el mito es verdad y que la fuerza existe.

A esto me refería con que dice algo sobre el cine. The Force Awakens dice tanto sobre el cine como 8 y ½ o La noche americana. Nos dice que ser fanático de una historia, conocerla al detalle, sirve para transmitirla. Que ese conocimiento e incondicionalidad hacen del mundo un lugar menos oscuro, porque aún en lo más profundo de la noche, esos cuentos junto a una fogata despiertan la imaginación y desentumecen el lagrimal. Es de lo que estamos hechos como seres humanos.

¿Existe la película perfecta? No lo sé. Lo que produce The Force Awakens es el sentimiento de plenitud más palpable que pude obtener en una sala. Como con Sandrini, pero mucho mejor, hemos reido y hemos llorado. Sus personajes son palpables, sus conflictos intensos. Su toma final, tal vez la mejor toma final de la historia del cine.

J. J. Abrams es el ejemplo cabal de que el amor vence. La habrá hecho por dinero. La habrá hecho por fama. Pero es innegable que la hizo por amor. El amor al cine vence.

Quédense con sus Xavier Dolan, con sus Wes Anderson y sus Michel Gondry. Yo tengo a mi héroe, y le dicen Jay Jay.

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