Reseña: Silicon Valley

En la presentación de Silicon Valley, la serie, vemos una ciudad muy animada realizada en pixel art y vista isométrica (como un videojuego de Facebook según el estudio artístico creador, estilo al que estamos acostumbrados), en la cual algunos edificios y marquesinas aumentan de tamaño y se consolidan (Facebook, Google, Ebay), pero también vemos como un globo aerostático que dice Napster inicia una ascensión veloz para terminar desinflándose, cayendo y siendo tapado por nuevos competidores.

Silicon Valley, la serie, es una comedia de HBO con dos temporadas emitidas y una tercera confirmada, de esas temporadas cortas de pocos capítulos.
Silicon Valley, el valle, está ubicada en la zona sur de la Bahía de San Francisco, en el norte de California, Estados Unidos, y es una zona conocida por alojar muchas de las mayores corporaciones de tecnología del mundo y miles de pequeñas empresas en formación. Y este será el argumento de Silicon Valley, la serie.
La serie se centra en un grupo de emprendedores tratando de sacar a flote una pequeña compañía emergente con un prometedor producto tecnológico que es la envidia de grandes empresas, tomando malas decisiones todo el tiempo, pero manteniendo el sueño de triunfar por ellos mismos y ser diferentes a esas grandes corporaciones para las que antes trabajaban. Y el párrafo anterior es una traducción para el gran público, porque en la serie las palabras que se usan son “startups”, incubadoras, CEO, “holding”, la nube, P2P, TED y cualquier referencia a servicios y empresas existentes que uno pueda imaginar. Ver un capítulo de esta serie es un constante “¿de qué están hablando?” y “por que dicen las referencias tan rápido, no las puedo googlear”. Pero a pesar de ello engancha, y es que Silicon Valley, la serie, es realmente divertida.
Es cierto de que es una de esas comedias donde el espectador sufre, y que cada nueva oportunidad de éxito genera en quien está viendo la ansiedad de desear que esta vez sí por fin se les dé, porque un nuevo fracaso resultaría insoportable, pero evidentemente la comicidad viene por el lado de ver a estos emprendedores meter la pata.

Los personajes estrafalarios se irán sucediendo durante los capítulos y creeremos que los más normales son los protagonistas, a pesar de todas sus falencias en habilidades sociales. Veremos a gurús personales a tiempo completo, grafiteros famosos que saben muy bien cuanto cobrar por un logotipo, millonarios que temen perder puestos entre los más ricos y millonarios que gastan fortunas en tecnologías futuristas que parecen ridículas.
En la lucha por hacerse un nombre en la industria, El Flautista de Hamelin (Pied Piper en ingles, o sea, nuestro héroe) se enfrentará a competidores feroces, mucha gente sin escrúpulos, copiones, ejércitos de abogados y un constante canto de las sirenas para ir por el camino fácil de aceptar ser un empleado.
Silicon Valley caló hondo en, justamente, Silicon Valley. Recientemente Google realizo una importante reforma interna desdoblándose y creando Alphabet. Escondida en la presentación de Alphabet hay una referencia muy graciosa a la serie que demuestra que esa gente tiene buen humor y no se toma en serio. También uno de los chistes mas graciosos y ácidos hacia distintos fracasos de grandes empresas tecnológicas para medir lo malo que es el producto que están desarrollando fue muy comentado por los sitios de noticias tecnológicas.
Y es una producción de HBO, lo que significa drogas, referencias sexuales, muchas locaciones, muchos exteriores y apariciones de gente famosa, como Kid Rock los primeros minutos del primer capítulo. La serie está muy bien filmada de una manera tradicional, no veremos aquí cámara en mano para darle apariencia de documental. A pesar de ser una serie coral y dedicarle tiempo a cada personaje, la edición es clara y por ese lado no nos van a desorientar.

De los tres creadores, Mike Judge, John Altschuler y Dave Krinsky, es el primero a quien más se nombra por ser el responsable de series de culto como Beavis and Butt-head (1993–1997, 2011), King of the Hill (1997–2010) o The Goode Family (2009) y en el cine Enredos de oficina (Office Space, 1999, todos vimos esa película, secuestran la impresora odiada y la destrozan a lo Tarantino), y también La idiocracia (Idiocracy, 2006), una comedia menos conocida pero con un planteo tan doloroso que cuesta reírse si nos tomamos el trabajo de pensar lo que estamos viendo.
Del reparto, todos están muy bien y muy “nerds” (¿es eso difícil?), aunque no encontremos actores famosos. Así, Thomas Middleditch es el programador sin visión de negocio, T.J. Miller es el desagradable dueño de la casa incubadora donde conviven los protagonistas, Christopher Evan Welch es el millonario excéntrico que cree en el proyecto, Zach Woods es el más formal y “sin calle” del grupo y Amanda Crew el nexo entre los programadores y las empresas.
En esta clase de series siempre nos queda la incógnita de qué tan bien se está reflejando ese mundo que nos es ajeno, pero cuyos resultados tenemos entre las manos todos los días, como el teléfono inteligente en el que quizás lees esto y también cada una de las apps que tiene adentro. Porque el éxito es esquivo, aquí o allá, solamente cambian los ceros.

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