JESUCRISTO DE METAL – Una remake de mierda y lo que tienen en común Robocop, Frank Miller y Batman.

Lo primero que me pregunto cada vez que tomo conocimiento de que se está realizando una nueva ramake es “¿para qué?” La curiosidad cinéfila siempre es más fuerte y, aunque en el fondo sepa que voy a asistir (en la mayoría de los casos) a la destrucción de un clásico de culto, invariablemente termino muriendo frente a la pantalla. La pregunta que trato de responder al finalizar el visionado es “¿era necesario?” Y generalmente la respuesta es un rotundo NO.

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A fines del 2013 me entero que José Padilha, director de ese enorme documental llamado Onibus 174 y la tan celebrada como discutida Tropas de elite, está realizando una remake del clásico cyberpunk ochentoso: Robocop. Las dos preguntas que comentaba un párrafo atrás acuden a mi mente. Primero voy a al cine lleno de esperanzas, a tratar de averiguar el “¿para qué?”. El “¿era necesario?”, lo dejo para el final.

 

A comienzos del año 1987 le llega un guion a Paul Verhoeven, este lee las primeras páginas y lo tira al tacho de basura. Su mujer (bendita sea) lo convence de que ese guion tiene un potencial único para llevar a cabo una película de ciencia ficción con contenido sociopolítico, donde poder plasmar su particular estilo. Paul acepta rodar el film y se mete de lleno en el proyecto. La película con uno de los títulos más estúpidos de la historia del cine se pone en marcha.

Robocop narra la historia de Alex Murphy, un policía incorruptible que es víctima de un grupo de delincuentes impunes y pasados de rosca comandados por Clarence Boddicker (Kurtwood Smith), quienes lo acribillan a balazos. La Omni Consumers Product (OCP) dueña del departamento de policía de Detroit, una ciudad quebrada donde el estado abandonó la seguridad para dejarla en manos de las corporaciones, toma el cadáver del oficial Murphy y lo revive transformándolo en un ciborg, un súper policía tecnologizado, paradigma de la nueva fuerza de seguridad que reemplazará a los ineficientes humanos.

 

“Quería mostrar a Satán matando a Jesús”, dijo Verhoeven, afirmando de manera contundente la teoría que tenemos muchos de los creemos que el film es una gran alegoría cristiana: Robocop es una película que toma el mito (sí, mito) de la pasión de Cristo en clave cyberpunk y lo llena de violencia gore (algo que más tarde haría Mel Gibson pero lleno de aburrida solemnidad), ironía, crítica social y humor. Retomemos el inicio del film: el oficial Murphy es baleado de manera híper violenta y sádica. Como si de una crucifixión aggiornada se tratase, la primera bala le vuela la mano, cual clavo a la palma de Jesús en la cruz; los delincuentes lo torturan a balazos entre risas perversas emulando a los romanos, mientras Murphy cae de brazos abiertos como un crucificado. La corona de espinas es el tiro de remate que le da de lleno en la cabeza. A los días Murphy resucita, cual mesías de la ley y el orden, a partir de un cuerpo muerto y tecnología cibernética proporcionada por la OCP. Aquí es donde comienzan a sumarse y fusionarse las referencias metatextuales: al mito de Jesucristo podemos sumarle el mito griego de Prometeo, o la referencia a la novela gótica Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Por todo esto sorprende la escena del asesinato del Alex Murphy 2014.

 

Si en la primera Verhoeven no ahorraba en violencia y llenaba de alegorías la muerte del protagonista, la remake carece de elementos emotivos que logren conectarnos con el sufrimiento de Murphy, fundamentales a la hora de generar empatía con el protagonista. Padhila opta por una fría y distante cuasi-muerte causada por una explosión, sin un enemigo visible, sin sangre, y con un plano abierto. En comparación, las diferentes capas de lectura le dan profundidad y solidez al relato de Verhoeven, quien no parecía muy preocupado en ofender al público más recatado con su ultra violencia, si esta le era funcional al relato.

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El Robocop original es el monstruo de Frankestein resucitado, un súper-policía transhumano, el Jesús americano. El de la remake es solo un policía muerto, transformado en ciborg. Al presenciar el primer punto de giro se hace obvio que sin la riqueza metatextual y emotiva de su antecesora, la remake se va transformando en una película más lineal y obviamente menos profunda.

El cyberpunk pone sobre la mesa discusiones de tipo filosóficas y éticas en torno a la aplicación de la tecnociencia cibernética, su inserción en el cuerpo humano y lo perjudicial que puede resultar si es mal manipulada por corporaciones inmensas y deshumanizadas. Hasta aquí estamos de acuerdo en que ambas versiones del film se inscriben en ese género. Alex Murphy es transformado en un nuevo ser cuyo organismo ha sido sometido a un proceso de invasión tecnológica, lo que lo transforma en una entidad superior al humano, pero más humanizado que un robot: un ciborg. Robocop, que emerge gracias a la muerte biológica de su alter ego Alex Murphy, es entonces un ser tecnológico que nace, por lógica extensiva, de una integración endógena.

 

La robótica persigue dos grande metas: que las máquinas inteligentes hagan el trabajo pesado por los hombres dejándolos a estos en un paraíso terrenal, o que los seres humanos alcancen la inmortalidad gracias a la introducción gradual de tecnología en sus organismos. Hablamos de humanización de la maquina o maquinización del ser humano. En ambas películas, quienes ostentan el poder eligen la segunda opción. Si bien en una y otra el personaje principal es un ciborg, la del holandés es la que más se acerca a ese ciborg total llamado poshumano (ser humano con una capacidad física, intelectual y psicológica sin precedentes, autoprogramable, autoconfigurable, ilimitado y potencialmente inmortal) profetizado como el próximo salto evolutivo del ser humano por los transhumanistas, personas que, en la actualidad, creen que el mundo físico es impuro e ineficiente (cybergnosticismo), y cuya meta es alcanzar la inmortalidad a través de la muerte del cuerpo y la transferencia de su conciencia a un sistema informatizado, mediante el proceso de deflesh, con el cual se reemplazaría la carne con la no-carne. No hay más cuerpo humano, solo conciencia pura en una máquina, casi como el Robocop del holandés, que no es más que un rostro y un cerebro dentro de un armazón metálico.

 

Por otro lado, ambas películas integran crítica sociopolítica a sus argumentos, de manera directa y sin utilizar metáforas. Verhoeven critica a las corporaciones mostrando a sus líderes tan o más deshumanizados que los robots que construyen, planteando el dilema filosófico de la mala utilización de la tecnología y  las dificultades para comportarse como un verdadero ser humano en una sociedad cada día más insensible y deshumanizada. Por su parte Padhila, inspirado por el tema drones que tan en boga está en la actualidad, aborda la relación entre el fascismo y la automatización de los cuerpos de seguridad en los E.E.U.U del 2028, un futuro donde las potencias utilizan robots para sus guerras, pero no dentro del imperio (que nunca ha terminado como diría P. K Dick), porque existe una ley que prohíbe que una maquina dispare. En ambas son las corporaciones y no los gobiernos quienes ostentan el poder, y en su intento de utilizar a Robocop, se esconde la intención de ganarse la simpatía de las clases medias del país, los potenciales consumidores de aquellos productos que ellos comercializan. Los ciudadanos quieren ser vigilados y castigados, pero por alguien que se parezca a ellos. El encargado de convencer a los ciudadanos idiotizados por la televisión es el magnate mediático Pat Kovak (Samuel L. Jackson), el típico bufón conservador y fascistoide de la cadena Fox, fervoroso defensor de las ideas de Omnicorp (la OCP versión Padhila), quien lanza constantemente arengas a favor de la robotización del cuerpo policial de Detroit y la derogación de la ley que impide que los robots puedan disparar en suelo norteamericano.

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En el caso de la versión de 1987, el director utiliza la lógica del espectáculo y la publicidad haciendo uso de un recargado estilo narrativo que se vale de la constante inserción de publicidades grotescas y mensajes bizarros en tono paródico, lo que interfiere en el orden narrativo convencional, adoptando una estética de noticiero televisivo amarillista y vulgar, en claro homenaje al novedoso estilo narrativo y visual del comic El regreso del caballero de la noche, de Frank Miller, quien utiliza de manera similar los inserts publicitarios y noticieros para romper con la narrativa clásica. Y atención, que no es el único homenaje. El holandés parece haber sido muy influido por el comic al momento de realizar la película, sino prestar atención al momento en que Robocop atraviesa la pared con las manos para detener a un ex concejal de Detroit que ¿curiosamente? se llama Miller, y la secuencia del comic en la que un veterano Batman atraviesa la pared con las manos para atrapar a un miembro del grupo de los Mutantes. (En este sentido el Robocop de Verhoeven toma lo mejor del Batman de Miller, y la versión de Padhila se conforma con plegarse al “efecto Caballero de la noche” de Nolan, adoptando solo el traje negro y la pose de antihéroe seriote).

 

“El espectáculo no es una colección de imágenes, en cambio, es una relación social entre la gente que es medida por imágenes… el espectáculo se presenta al mismo tiempo como la sociedad misma”, dice el situacionista Guy Debord en su libro La sociedad del espectáculo (1967), y son la política y las noticias convertidas en show massmediatico quienes intentan convencer al público captivo que lo que proponen las corporaciones es lo que a ellos les conviene comprar. Padhila hace una crítica seria y solemne al accionar de EEUU en sus guerras preventivas y sus noticieros serviles al poder corporativo. Verhoeven también critica a las corporaciones, los massmedia y el imperio, pero desde una mirada irónica y distendida, por lo cual resulta menos impostada y más digerible. La remake carece del humor negro y la mala leche de la versión original, evita el gore y utiliza la violencia con mesura, como si el director nos estuviese diciendo “miren que esta película es seria a pesar de ser ciencia ficción”. Claro, como si fuese necesario la solemnidad y la falta de humor para que una película transmita un mensaje crítico admisible y coherente.

 

Otro aspecto interesante en la Robocop original del cual carece la nueva versión, son los distintos tonos narrativos utilizados para diferenciar las dos líneas argumentales que corren en paralelo durante todo el film. Por un lado las escenas centradas en Alex Murphy/Robocop tienen un componente más dramático y sentimental, mientras que las centradas en los conflictos de intereses de los miembros de la corporación OCP, empresarios deshumanizados capaces de cualquier cosa por obtener más poderío, predomina el cinismo, la ironía y el humor negro. La relación entre estas dos líneas principales del argumento se van estrechando hasta llegar a un violento clímax que unifica ambas líneas con verdadera coherencia, (en la pelea final entre Robocop y Boddicker en la fábrica, vemos la última alegoría cristiana del film: el ciborg avanzando por un charco como si estuviese flotando o caminando sobre el agua, en clara alusión a un supuesto milagro de Jesús). Claro que la versión de Padhila tiene, por razones obvias, mejores FX, secuencias de acción bien filmadas, y actores de la talla de Gary Oldman o Michael Keaton, pero eso no compensa el abuso del tono narrativo monocorde y la inclusión de personajes nuevos poco trascendentes como Mattox (Jakie Earle Haley). En este sentido Verhoeven demuestra ser un autor, y Padhila (al menos en esta película) un director correcto y poco atrevido.

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En la batalla final entre Boddicker y Robocop, Verhoeven parece querer jugar con los mitos de los monstruos clásicos. Como el delincuente sabe que no puede abatirlo a balazos (ya lo intentó al principio y solo consiguió que resucite como un ser superior), toma una estaca de hierro y se la clava en el corazón, como si de un ciborg-vampiro se tratase, pero tampoco puede eliminarlo porque en realidad no se está enfrentado a Drácula sino al moderno hijo de Victor Frankestein. Finalmente, Robocop le clava su propia estaca metálica (un punzón que le sale del puño y que actúa como puerto USB versión 1980) realzando la dialéctica entre metal y carne. Una vez más (como durante todo el film) las diferentes capas de lecturas, las alegorías y la riqueza de lenguaje hacen de este un film de culto, y probablemente la ausencia de estas referencias metatextuales dejen a su remake olvidada en el cajón de las películas mediocres. Los productores de Robocop 2014 creían que ya era tiempo de actualizar tanto al personaje como los temas tratados en el film original, y José padhila creyó estar a la altura de tamaña hazaña. ¿Realmente hacía falta? La respuesta claramente es NO.

 

FUENTES:

-La condición poshumana. Camino a la integración hombre –máquina en el cine y en la ciencia – Santiago Koval

-Ontología Cyborg. El cuerpo en la nueva sociedad tecnológica – Teresa Aguilar García

-Tiempos Modernos – V. A Coordinadora Carmen Gallego

-Paul Verhoeven. Carne y sangre – Tomás Fernández Valentí

 

 

 

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