La Guerra en el Anime

Conceptualizar la guerra. ¿Qué es la “guerra”? No hay una única causa para que dos países choquen y consignen un espacio en donde batallar hasta que a uno de los dos se le acaben los recursos humanos y armamentísticos y se rinda. Hay miles de causas. Sin embargo, detrás de esas causas suele haber, sí, una solitaria razón. Y es la economía. Toda guerra es en definitiva un recurso económico. Una necesidad que solventar, resuelta por el uso de las armas, disfrazada de intenciones patrióticas solo reconocidas (o absorbidas) por el último eslabón de la cadena de fuego: el soldado. El que mata o muere.

Es interesante como un alto porcentaje de las películas de guerra más reconocidas se basan en la dicotomía “soldado vs altos mandos”. Un sargento que no quiere llevar a su batallón al matadero por decisión de un comandante idiota, o fuera de sus cabales. O un comandante que –en sitio- se queja de los políticos que iniciaron la guerra y que están cómodos en sus despachos mientras él tiene que enviar a sus fuerzas a una casi indefectiblemente muerte horrorosa. Es sin duda la realidad de la guerra. Una posición dividida en miles contra otra posición dividida en miles.

La división irreconciliable, la guerra, es un tópico común en el anime. Hollywood nos acostumbró, y es curiosa la involución cultural (y aún más curioso que lo sabemos), a disfrutar la guerra. Desde la existencia del cine hay películas de guerra o que retratan alguna desde algún punto de vista o sector. “El Acorazado Potemkin”, “Lo que el viento se llevó”. “El nacimiento de una nación” es de 1915. Apenas nacía el cine y ya existían representaciones visuales a modo de entretenimiento.

La primera frase de Marx en el “Brumario XVIII de Napoleón Bonaparte” retrata las tragedias repetidas como farsa. Y el cine es una farsa, culturalmente aceptada (que amamos), que es capaz de representar tragedias de manera virtualmente asombrosa. ¿Qué se puede decir de esa maravilla que es “Rescatando al Soldado Ryan”? Los primeros veinte minutos son mejores que películas enteras del género, y mientras consumimos pochoclos disfrutamos con uno de los momentos más terribles de la historia de la humanidad. O nos ponemos del lado de los aliados y somos nosotros los que asesinamos nazis a mansalva. El cine logra eso.

Los japoneses, a través de la animación, ya habían dado visiones metafóricas de la guerra. En 1942, con “Sankichi, el mono: Combate Aereo”, un cortometraje que recuerda al primer Disney (hay mucha semejanza con Steamboat Willie) donde los monos se enfrentan a osos polares en una batalla aérea. Un año después, todo sería mas realista con el gran éxito “Las Águilas Marinas de Momotaro”, donde el protagonista forma parte del ataque a Pearl Harbor. En 1945, llegaría una secuela, “Los Marinos Sagrados de Momotaro” que no fue tan exitosa por el momento lógico en el que salió.

Las Bombas

Japón, como parte del Eje, sufrió la Segunda Guerra Mundial -de ahora en adelante “WWII”- en carne propia. Casi toda la literatura disponible, y algunos notables mangas como “Adolf” de Tezuka, demuestra que Japón, lejos de una razón racial/religiosa para la guerra (que Hitler tenía como baza totalmente moral, pero basicamente mentirosa), tenía una razón económica e imperial: China. Cierto es que se podría argumentar que entre chinos y japoneses también hay una razón semi racial, pero es demasiado compleja de explicar. Tras el final de la guerra, EEUU convirtió Japón en una isla satélite. Desde 1945, cuando fue bombardeado nuclearmente, se transformó en parte de EEUU como lo es Hawái. EEUU asentó bases militares en Japón y se aseguró que nunca más se convierta en una amenaza militar y esto aun cuando China es un peligro latente para EEUU. Es así como Japón comenzó a asimilar la cultura norteamericana y existió Tezuka, y Miyazaki (y Kurosawa). Aquello que se conoce como sincretismo ya que no hubo una modificación absoluta de la cultura japonesa, sino una comunión que derivó en algo ¿mejor? o al menos, único.

Los últimos 40 años, de paz para Japón, o de paz relativa –no se puede olvidar la crisis de la burbuja económica que fue una fuente de inspiración para muchas obras- fueron de una producción incesante a nivel cultural. Películas y animes han retratado la guerra desde distintos ángulos. Es cierto que hay más producciones de animes que muestran la guerra desde el contexto de la ciencia ficción. Conquistas espaciales, guerras entre facciones planetarias. Pero hay un ingrediente, a nivel psicoanalítico tal vez, que se repite: La disparidad de potencias. País (o planeta) pequeño, con recursos limitados, contra superpotencia geográfica o planetaria. Macross, Saber Marionette, Gunbuster. La necesidad de crear armas especiales para detener al enemigo también puede ser una referencia a sus traumas bélicos. Así la imagen de las explosiones. Toda explosión tiene una expansión detallada de la misma manera. El hongo nuclear.

No quiero caer en tópicos comunes. Elijo tres animes que me gustaron bastante y que plasman la guerra desde distintas visiones.

La Tumba de las Luciérnagas (1988): esta película del Studio Ghibli, dirigida por el maestro Isao Takahata es considerada un monumento al antibelicismo, aun cuando el mismo Takahata rechazó esas aseveraciones. Para él, es un testamento de como hay que hacerle caso a los adultos. Simpático. En general, las películas de este estilo intentan poner el foco en como a veces los niños tienen razón. Los japoneses, estrictos hasta para tomar el té, tienen otro enfoque. No necesariamente malo. Distinto.

“La Tumba de las Luciérnagas” se basa en la novela homónima de Akiyuki Nosaka, que en su relato, narra sus vivencias durante la Segunda Guerra Mundial. Los protagonistas son dos hermanos, Seita de 14 años y su hermana Setsuko de 5. Ambos se ven abandonados al final de la guerra, cuando los bombardeos de EEUU sobre Kobe acaban con la vida de su madre y su padre, soldado de la Marina Japonesa, está luchando. Seita y Setsuko viven un tiempo con una tía poco compasiva que los trata como si fueran una carga y mas tarde se van a vivir a un refugio para bombas oscuro el cual iluminan con luciérnagas hasta que los insectos mueren. Seita y Setsuko pasan hambre y ambos terminan muriendo de malnutrición.

Sí, es lo que está pensando usted lector. Si esta película hubiera sido dirigida por algún ignoto del estudio Disney el final sería otro. Las luciérnagas cantarían insoportablemente, Seita tendría una relación romántica con una japonesa de la alta sociedad y Setsuko se metería en un problema gracioso detrás de otro.

Pero no sería real.

Nagasaki 1945, La Campana del Angelus (2005): esta adaptación de la biografia del doctor Akizuki Tatsuichiro “Un circulo concéntrico de muerte”, narra los días de un médico tras la caída de la bomba nuclear en Nagasaki.

Mushi Pro, el estudio de Tezuka, produjo esta película al cumplirse el 60 aniversario de la caída de la bomba en Nagasaki.

La película que dura una hora y veinte nos muestra los sucesos vividos por el Doctor Akizuki en el rescate y atención de los heridos de la bomba, y mas que nada, de aquellos que estaban en el primer arco de destrucción. Akizuki atiende sus pacientes en un seminario católico que se encuentra a un kilómetro y medio del hipocentro de impacto y un tanto mas de la Catedral de Santa Maria, que fue completamente demolida y su campana, antes de estallar pudo ser escuchada mas que nunca antes. Akizuki comenzó su tarea como médico intentando salvar a todos aquellos a los que pudiera, aunque la tarea se vuelve casi imposible por los altos niveles de radiación.

Gasaraki (1998): este anime de Sunrise (casa de Cowboy BeBop y Escaflowne por ejemplo) nunca va a aparecer en las listas de favoritos de ningún otaku. Pero debería aparecer sin duda en las listas de los fanáticos de la ciencia ficción mas dura. El tema principal con Gasaraki es que es prácticamente inentendible si no sos japonés (de nacimiento o por adopción) porque tiene un ingrediente cultural fuertísimo y es casi tan seco como lo son los japoneses en sí. El grado emocional de esta serie es nulo. A lo largo de sus 25 episodios se nos hace casi imposible conectarnos con el protagonista, el silencioso piloto del mecha “TA” Yuushiro Gowa, hijo del clan Gowa, que posee una poderosa industria armamentística fuertemente ligada al gobierno de Japón y con intereses importantes en la guerra de Oriente Medio.

La guerra, en el caso de Gasaraki, es tangencial. Ocurre mas allá de lo que sucede. Esta es una serie de conspiraciones, donde se sugiere mucho y se dice poco. Yuushiro a través de la danza Gasara, parte del arte del teatro Noh, es capaz de abrir puertas interdimensionales, desde donde se nos va revelando bastante de los tejes y manejes del clan Gowa, de lo que quieren hacer sus hermanos con el mismo, y de lo que sucede en Japón (y lo que sucederá).

Gasaraki logra combinar muy bien el realismo –a nivel argumento y desarrollo- con los condimentos de ciencia ficción.

Dos películas y una serie. Lo cierto es que tienen poco en común salvo la tragedia de la guerra, y que la misma es contada por el costado. Que es lo que le sucede al mayor porcentaje de la población (a menos que seas China o Corea del Norte en cuyo caso, sos soldado o cuidador de calles). La guerra está, y se convive con la misma de una u otra manera. Mejor o peor. Con hambre y sed, o con lujos, favores y prebendas.

No es agradable en ninguno de los casos, como no lo suelen ser los negocios. Y la guerra, siempre lo es. Lamentablemente, es un negocio para pocos.

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