Laberinto de Espejos #4: Cuando el pasado vuelve para cobrar la cuenta

¿Se acuerdan de esa sensación de caminar por la sala de espejos y ver cómo una figura conocida se estira, se deforma y se vuelve una pesadilla? Bueno, eso es exactamente lo que pasa cuando ponemos frente a frente las dos versiones para la pantalla grande de un clásico del suspenso: Cabo de miedo, basado en la novela The Executioners (1957) de John D. MacDonald.

1962: El mal tiene cara de Robert Mitchum

Empezamos rescatando la original, que acá conocimos como: El cabo del terror (1962). Es una pieza de relojería del film noir. Imagínense a Gregory Peck, el hombre más ético y pulcro de la historia de Hollywood, como un abogado que cree en la ley y en la decencia. Pero del otro lado aparece Robert Mitchum, un tipo que no necesitaba tatuajes ni gritos para helarte la sangre. Le alcanzaba con esa mirada pesada y una presencia física que desbordaba la pantalla.

En los años 60, el miedo era psicológico y contenido. Mitchum es una amenaza latente que acecha a una familia «perfecta». El suspenso se cocina a fuego lento y la tensión es tan fina que parece que va a tajear la pantalla en blanco y negro.

1991: El espejo deformante de Scorsese

Damos la vuelta en el pasillo del laberinto y, treinta años después, nos enviste la versión de Martin Scorsese. Y acá el espejo se vuelve barroco, violento y un tanto psicodélico.

Si en la original Gregory Peck era un santo, acá Nick Nolte interpreta a un abogado que tiene las manos bastante más sucias; un tipo con grises morales que ya no es el héroe impecable de antes. Y del otro lado… bueno, del otro lado está Robert De Niro como Max Cady.

Y El Cady de De Niro no es un hombre, es una fuerza de la naturaleza. Es un fundamentalista bíblico lleno de tatuajes que sale de la cárcel para demoler, pieza por pieza, la hipocresía de la familia moderna. Mientras la versión de los 60 era un thriller de suspenso, la de Scorsese es casi una película de terror operística, con colores saturados y una cámara que no para de moverse. Se refiere a que la película adopta el estilo, la grandiosidad y el exceso dramático propios de una gran ópera clásica.

Apuntes familiares

En la versión de 1962, la familia Bowden (el abogado Sam, su esposa Peggy y su hija Nancy) representa el núcleo tradicional, conservador y respetable de la clase media estadounidense, funcionando principalmente como el blanco pasivo de la venganza de Max Cady y un símbolo inocente del orden social que debe ser protegido; en contraste, la versión de 1991 reimagina a los Bowden (Sam, Leigh y la adolescente Danielle) con profundas tensiones internas, fracturas morales y una dinámica con sus propias vulnerabilidades y secretos, donde el núcleo familiar ya no es solo una víctima pasiva, sino un ecosistema complejo cuyas debilidades emocionales y relacionales son activamente exploradas y puestas a prueba por la manipulación psicológica ejercida por Cady, convirtiendo la supervivencia familiar en un reflejo de su propia capacidad de redención y resistencia frente al mal.

El guiño definitivo: los espejos se cruzan

Lo más fascinante de este «laberinto» es que Scorsese, en un acto de justicia poética, convocó a los protagonistas de 1962 para que aparecieran en su película. Pero —y acá está la magia— les cambió los roles. Gregory Peck, el abogado bueno de la original, termina haciendo de un abogado turbio que defiende al delincuente. Mientras que Robert Mitchum, el villano original, aparece como un policía. Es como si el espejo nos dijera que, con el tiempo, todos podemos terminar del otro lado del cristal.

La del estribo

Considero este recorrido por el laberinto una buena experiencia teniendo en cuenta que mucha gente desconoce que existe la versión original, ya que el remake de Martin Scorsese eclipsó en popularidad al clásico en blanco y negro. Sin embargo, entre cinéfilos y fans del thriller, ambas son muy respetadas por razones totalmente distintas, que justifican este intento de difusión.

Otro dato para rescatar, aprovechando la oportunidad, es la decisión brillante y poco habitual que tomó Martin Scorsese con relación a la música que utilizaría en su película: en lugar de encargar una composición nueva para su remake de 1991, decidió rescatar, adaptar y recontextualizar la banda sonora original que Bernard Herrmann compuso para la versión de 1962.

Para lograrlo recurrió al compositor Elmer Bernstein, quien se encargó de reorquestar la partitura original de Herrmann para adaptarla a la nueva visión, mucho más operística y violenta.

Según Scorsese, este rescate fue un homenaje a uno de sus ídolos musicales (con quien había trabajado en Taxi Driver).

¿Cuál nos llevamos entonces?

  • La de 1962 es para los que aman el cine clásico, donde el terror se sugiere más de lo que se muestra. Es elegante, seca y efectiva.
  • La de 1991 es para los que quieren ver a Scorsese y De Niro prendiendo fuego todo. Es excesiva, ruidosa y visualmente apabullante.

Al final del día, ambas películas nos dejan la misma pregunta picando: ¿qué haría uno si el pasado golpeara nuestra puerta, pero no para pedirnos algún tipo de disculpas, sino a cobrarnos una vieja deuda? Como conclusión les dejo la siguiente invitación: si tienen ganas de pasar un mal rato (del bueno), busquen las dos. El contraste entre la frialdad de Mitchum y el fuego de De Niro es, sencillamente, cine en su más amplia expresión.

PD: Hace apenas unas semanas concluyó la primera temporada de una serie de televisión inspirada en la novela y en la película de Scorsese. Está protagonizada por Javier Bardem, Amy Adams y Patrick Wilson, y puede verse en Apple TV.