Reseña: La habitación de al lado

“La muerte me parece algo antinatural”, le dice Ingrid (Julianne Moore) a una lectora que le pide que le firme un ejemplar de su última novela en una librería de Nueva York. La fila avanza y se acerca una conocida que le cuenta que Martha (Tilda Swinton), una amiga que no ve hace años, tiene cáncer y está grave. Sin dudar un minuto, Ingrid va a ir al hospital a reencontrarse con su amiga, situación que la va a llevar a enfrentarse con sus miedos más profundos.
Para su primer largo en inglés (había experimentado con dos cortos: La voz humana y Extraña forma de vida), Almodóvar va a lo seguro. Elige a dos actrices de renombre y construye un melodrama poniendo el foco en la relación entre estas mujeres que reflexionan sobre la muerte, la amistad y la maternidad, temas que con el tiempo aprendió a dominar como nadie.

Después de su última película, Madres paralelas, que también trataba la relación entre madres e hijas y la imposibilidad de escapar del destino, el director anunció que estaba preparando su primera producción fuera de España, una adaptación del libro de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, que iba a ser protagonizada por Cate Blanchett, otra actriz segura. El proyecto quedó encajonado, al director le parecía demasiado ambicioso. El libro, una colección de relatos autobiográficos que se entrelazan para contar la vida agitada de la autora atravesada por el alcoholismo y la autodestrucción, le sentaba muy bien, pero resultó ser más difícil de llevar a la pantalla de lo que él creía. Fue así como terminó optando por la novela de Sigrid Nunez, Cuál es tu tormento, publicada en 2020.
El encuentro entre las dos amigas fluye con naturalidad entre tonos rojos y verdes, parece que hubieran dejado de verse hace días, pero pasaron décadas. Se conocieron en la Nueva York de los 80, cuando ambas trabajaban en prensa. Ingrid en una revista, Martha como corresponsal de guerra. Comienzan a contarse huecos del pasado con flashbacks, muy característicos en la filmografía del director, un poco burdos pero efectivos. Martha tuvo una hija de adolescente con un hombre que volvió de la guerra y quedó demasiado afectado como para poder hacerse cargo de lo que le tocaba. Ese hombre murió en un incendio, tratando de salvar a alguien y a partir de allí la relación de Martha con su hija quedó resentida, sin quererlo ella se convirtió en una madre ausente.

Luego de un período breve en el que consolidan el vínculo, Martha le pide a Ingrid un favor, el tratamiento contra el cáncer no salió como esperaba, le acaban de descubrir una metástasis y quiere morir dignamente. Alquiló una casa en medio del campo y compró una pastilla cien por cien efectiva que consiguió por la deep web. Ingrid duda, le pide que elija a otras amigas más cercanas. Martha le cuenta que ya lo hizo y todas se negaron, ella es la tercera opción y, como todo héroe o heroína, finalmente termina aceptando la misión que se le encomendó.
La habitación de al lado es una película simple, hermana tal vez de aquella Julieta,de 2016, en la cual también había flashbacks de trazo grueso, relaciones complejas entre madres e hijas y finales reveladores. La marca del director está presente no solo en el estilo sino también en la sobrecarga de referencias que terminan siendo incontables y que casi pueden pasarse de largo, pero con un mínimo de atención se pueden encontrar. Por ejemplo, una fotografía icónica titulada “Duelo”, de la española Cristina García, colgada en el living de Martha, en la que se ve a un grupo de viudas italianas que caminan del brazo totalmente cubiertas de negro, incluyendo los rostros. También hay guiños a Rossellini (¿por eso el personaje de Moore se llama Ingrid?). Cuando Martha le pide a su amiga que la acompañe en la decisión que acaba de tomar están a punto de ver Viaje a Italia en un cine neoyorquino, esa película amarga que habla del fin del amor pero también del fin de las cosas en general.
La mención más presente quizás sea Los muertos, tanto el relato de Joyce como la película de John Huston de 1987. Martha se sabe las líneas del final de memoria: “Su alma se sumergía lentamente en el sueño al oír caer la nieve leve sobre el universo, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre todos los muertos”, y se conmueve recitándolo y viendo nevar por su ventana.

Tilda Swinton sostiene con fuerza y naturalidad a su personaje. No hay golpes bajos en una historia que tiene todos los momentos como para desplegarlos, tampoco solemnidad, incluso hay espacio para algunos momentos de humor. Julianne Moore queda un poco opacada frente a Tilda con un personaje que sirve como soporte, pero prácticamente carece de profundidad.
Al final, sin sorpresas, sucede lo que todos sabíamos que iba a suceder, pero ocurre algo mágico, un juego de pelucas y revelaciones que solo Almodóvar puede hacer y que habla del tono de la película, de cómo se va desarrollando la trama escena tras escena, porque, así como el director elige sorprendernos con ese final, las protagonistas hacen lo mismo al elegir ver una película de Buster Keaton seguida de Los muertos, de Huston. De la risa al llanto en segundos, porque así funciona la vida y también el cine. Como decía Manuel Puig en un texto sobre el melodrama (le hubiera encantado esta película, por supuesto), cuando una nena le pregunta a su maestra qué puede hacer para salvarse de un destino melodramático, esta le responde: “Nada, porque no depende de uno. Te cae y te congela como un rayo”. O, en este caso, como una nevada neoyorkina filmada en Madrid.



