The House That Jack Built: diabólica comedia

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En el arte de la sátira, El asesinato considerado como una forma de las bellas artes por Thomas de Quincey constituye uno de los testimonios más preclaros del cortocircuito entre la intención de un autor y la interpretación de su público. El texto es una reunión de tres artículos publicados de manera sucesiva. En el primer artículo (1827), el orador ficticio postula que el asesinato exige no solo una mirada moral sino también una postura estética. Mediante la acumulación de citas cultas, propone que el crimen se juzgue de acuerdo con las notas artísticas que su consumación exhibe. En el segundo ensayo (1839), el tono revoltoso muta en ánimo de justificación: el orador ficticio defiende (casi con el mismo aire burlesco que la primera nota, aunque ya con mucha más cautela) que su texto no trata de defender el asesinato sino de elaborar un discurso irónico en torno a ese acto. El tercer ensayo (1854), a diferencia de los anteriores, se reduce a una descripción detallada de los crímenes que cita el primer ensayo: abandona la ironía y se remite a los hechos puntuales con la minuciosidad de un forense. Se nota en esta progresión algo de un juego fallido, como de una broma mal formulada que, en vez de risas, desata malentendidos y explicaciones interminables. A veces, como en el caso de De Quincey, el burlador cae en su propia trampa y entonces él se vuelve mucho más serio que aquellos que lo critican: no es ya capaz de observarse a sí mismo con ironía. En este sentido, después de ver The House That Jack Built, es inevitable para mí asociar la seriedad final de De Quincey respecto de su broma sobre el asesinato con la seriedad de Lars von Trier respecto del mismo tema. Convengamos en que The House That Jack Built no deja de ser una sátira. Pero ocurre que entre sus chistes abundan justificaciones que sus filmes anteriores (no menos mordaces) se ahorran. Si Nymphomaniac tiene la ligereza de esos diálogos que combinan deliciosamente la erudición y la procacidad de The Canterbury Tales, The House That Jack Built mantiene el tono penitente y decoroso de las Confesiones de San Agustín. Si Nymphomaniac está plagada de burlas subversivas, The House That Jack Built parece un catálogo de bromas con fines edificantes. Quizá Lars von Trier ha tropezado con su propia trampa. Ojalá (¡ruego a Dios Omnipotente!) que no se haya vuelto más serio que aquellos que lo critican.

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Jack (Matt Dillon) es un ingeniero exitoso, solitario, obsesivo. Lleva años planificando la construcción de su propia casa. Su preocupación por el material más conveniente para la edificación lo pone en conflicto con las posibilidades del diseño: lamenta ser ingeniero en vez de arquitecto. Sin embargo, la creatividad que la ingeniería no le permite la despliega en el asesinato. Y el asesinato, a su vez, le permite cavilar sobre la creación y la impotencia. Como ingeniero, Jack se siente impotente. Pero como asesino, compara su potencia destructiva con la creatividad innata de Glenn Gould. Esta comparación basta para demostrar la jactancia de Jack, que habrá de crecer en el mismo grado que su impotencia creativa. En este aspecto, su misterioso interlocutor, apodado Verge (Bruno Ganz), habrá de cuestionar sin descanso estas muestras de arrogancia. La historia, por lo tanto, consiste en el contrapunto de estas dos voces. Siguiendo el hilo conductor de cinco incidentes elegidos al azar por Jack, el relato mezcla la narración y la digresión especulativa. Cada incidente tiene un elemento representativo (el bautismo de sangre, el azar, la cacería, el juego, la muerte en masa) sobre el cual Jack y Verge mantendrán discusiones desde perspectivas contrapuestas. Estos debates constituirán también una buena excusa para que el propio Von Trier se cuestione (e incluso confiese) sus exabruptos, sus contradicciones, sus arrepentimientos personales.

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En comparación con el virtuosismo de otros filmes de Von Trier, The House That Jack Built exhibe una impecable sobriedad. La cámara en mano se alterna con largos planos fijos, con animaciones y con montajes de imágenes de dominio público en blanco y negro, todo ello en una combinación precisa y equilibrada que constituye la perfecta contrapartida para los juegos de reflexiones y de citas eruditas que ocurren en los diálogos. Sin embargo, en esta combinación compleja hay una mesura que recuerda mucho al despojamiento de los ejercicios visuales de Von Trier durante su época en el Dogma. El trabajo de actores no escapa a este tono. Matt Dillon compone al asesino perfecto, banal y arrogante, impotente y peligroso, obsesivo e imprevisible. Las escenas de interacción entre el asesino y sus víctimas combinan la repulsión y el humor negro. Hay momentos en los que el protagonista juega con lo macabro pero sin recaer nunca en la espectacularidad que se verifica, por ejemplo, en la serie Hannibal. Aquí, de nuevo, una prueba de una circunspección que esta vez bordea la fealdad del realismo documental.

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El epílogo de The House That Jack Built merece un capítulo aparte. Este es el punto en el que descubrimos la verdadera identidad de Verge y la misión que tiene encomendada. Cuando Jack atraviesa junto con él este umbral, ambos dejan de ser quienes eran y las palabras que ambos intercambiaron adquieren una capa nueva de significado. Se abre de este modo un territorio de alegoría que tiene directa relación con lo narrado, pero que expande sus horizontes temáticos y estéticos. Si la descripción de los cinco incidentes juega a ser El asesinato considerado como una forma de las bellas artes, el epílogo asume la forma de una Comedia tanto en la connotación humorística como en el mejor sentido dantesco. Luego del epílogo, The House That Jack Built se transforma en una Comedia no divina sino más bien diabólica: un nuevo juguete para reír. Pero para reír no con una risa políticamente correcta, al contrario: para estallar con una carcajada pantagruélica, entre pomposa y desaforada, que trasciende la seriedad moral para desnudar las miserias de lo humano.

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The House That Jack Built es, por ende, un diálogo en dos planos. En relación con la historia, desarrolla las discusiones entre Jack y Verge en torno al asesinato. Pero a su vez, en relación con su estructura, The House That Jack Built es una disputa feroz y desequilibrada entre dos líneas estéticas: una primera (que predomina en el 90% del metraje) articulada mediante un ejercicio de provocación temática que se resquebraja bajo el peso de resquemores morales; y una segunda, sustentada en una poética clásica, alegórica, desapasionada, que separa el tono (es decir, la provocación) del tema y, de ese modo, este último elemento gana peso propio. ¿Es quizá esta violenta dualidad la manifestación de una nueva búsqueda de Von Trier? No sería la primera vez que veríamos al viejo Lars cambiando de piel. Lo cierto es que me resulta mucho más estimulante imaginar que las grutas del epílogo de The House That Jack Built auguran exploraciones novedosas. Ojalá (¡ruego al diablo impenitente!) que Lars no se haya vuelto más provocador que sus propios personajes.

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