Reseña: Kryptonita

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LA FORTALEZA DE LA SOLEDAD ES UN RANCHO DEL CONURBANO – O cómo el cine de género vernáculo salió de su gueto para demostrar por qué es tan valioso.

Primer fue Howard Hawks con Río Bravo (1959). Luego llegaría John Carpenter y su clásico de culto Asalto al Precinto 13 (1976). Más adelante Bruce Lee haría lo propio produciendo, actuando y dirigiendo El juego de la muerte (1978).  Dos años después John McTiernan convertiría a Bruce Willis en un héroe de acción encerrado en una “jungla de cristal” (¡ja!) gracias a su clásico instantáneo titulado Duro de Matar, y el´95 WaiKai-Fai sorprendería con Peace Hotel y sus peleas de artes marciales dentro de las paredes de un hotel. En el 2012 se estrenan The Raid del galés Gareth Evans y Dredd de Pete Travis, ambas siguiendo la tradición iniciada por Hawks. Hoy, acá nomás, en el Gaumont o en cualquier cine comercial, ese subgénero de hombres encerrados dentro de un edificio/hotel/rancho/comisaria/pagoda luchando en violentas batallas tanto físicas como psicológicas sigue vivo en nuestro país y sus mejores representantes son Nicanor Loreti y todos quienes hicieron posible Kryptonita, una película de culto con acento del Conurbano.

Porque no caben dudas que Kryptonita es una película de culto. Es más, aunque parezca imposible, ya lo era antes de su estreno. O mejor dicho, ya lo era antes de su gestación. Recuerdo  haber entrevistado a la dupla Loreti-Oyola para hablar sobre Kryptonita cuando recién comenzaban con el scouting de locaciones e iban por la sexta o séptima versión del guión. Apenas tenían decidido la mitad de los actores que encararían a los personajes y en el under ya se hablaba con pasión de esta película. Parece increíble, pero nos emocionábamos con algo que aún no existía. Claro que gran parte de la culpa era de Leonardo Oyola, el escritor de la novela que adaptaría Loreti –hoy debe ir por su quinta o sexta edición-. Oyola, de paso, es también un autor de culto, gracias a esos westerns del Conurbano, esos policiales negros y tumberos con ritmo tan intenso que suele narrar de manera exquisita. Ahí están Hacé que la noche venga, Siete & El tigre harapiento y Santería para comprobar lo que digo.

Pues bien, Loreti tenía en sus espaldas el peso de adaptar una novela que el boca en boca decía que era una maravilla y la crítica alababa como lo mejor de la nueva literatura argentina. Por eso fue fundamental contar con la ayuda de Oyola para la adaptación y las sucesivas reescrituras del guión de su libro más emblemático. Pero además tenía que encontrar actores que estén a la altura para poder interpretar a esos personajes creados por el escritor, sin caer en la sobreactuación o en la inverosimilitud. Y para colmo, estaba haciendo una película de superhéroes. Atípicos, sí. Anti-héroes, seguro. Pero con fuerza y poderes sobrehumanos -como cualquier personaje de la DC o Marvel-, por lo que los efectos especiales debían estar presentes indefectiblemente. No era nada fácil la tarea de Nicanor. Lo que se dice una verdadera prueba de fuego.

Hablar del argumento de Kryptonita a esta altura sería repetitivo y aburrido. Digamos que es un Elseworld de la DC en el cual los héroes de la Liga de la Justicia en vez de ser nacidos  –a excepción de Superman Y J’onn J’onzz que son extraterrestres, claro- y criados en Norteamérica, son argentinos, marginales y antihéroes. Listo. Con esto alcanza para llamar la atención del más obtuso y elitista espectador de cine. Y por si a algún cinéfilo esa sinopsis no le parece lo suficientemente ganchera, también podemos agregar que Capusotto le da vida a un mediador policial, violento y fiestero, inspirado en el Guasón. O que la Mujer Maravilla es una travesti sensible interpretada de manera sublime por un Lautaro Delgado pletórico. Listo, todos adentro del cine. Las salas del Festival de Cine de Mar del Plata y las de todo el país el día de su estreno, repletas. Y no era para menos. La quinta película de Loreti comienza a hacer historia.

Kryptonita es una película sobre la amistad y la cultura del aguante, sobre la violencia y aquello que está mal en nuestra sociedad. Metarreferencial y posmoderna, juega todo el tiempo con el homenaje y la referencia a los héroes y las influencias de sus autores: Carpenter, el cine de súper acción, las películas de culto de los ’80, los comics. Desde la música a los guiños para los comiqueros, todo funciona de manera orgánica en Kryptonita. El espectador casual se entretiene porque entiende todo a la perfección aunque entre en la sala sin ningún tipo de bagaje, el comiquero se deleita con las referencias escondidas entre líneas de sus personajes favoritos de historieta y el fan del género explota de la emoción ante semejante muestra de calidad técnica y narrativa del cine que más le gusta.

Loreti como en Diablo, elige una historia en la que pueda pararse una vez más del lado de quienes nunca la cuentan, el lado oscuro de nuestra sociedad; los maginados, la clase baja, los delincuentes, todo eso que cierta clase media argentina suele odiar. Si en  Diablo el protagonista era la encarnación de todos los miedos de las viejas che(o)tas de Recoleta –boxeador, pobre, peruano, judío y peronista-, en Kryptonita directamente es el terror de la clase media adicta a la tele: delincuentes, malnacidos, hampones, los famosos Natalia-Natalia de un nefasto programa que solía emitirse en Canal 13. Lejos de rendirle culto a la delincuencia y los criminales, Loreti se planta desde  un lugar no neutral pero en cambio, si se quiere, humanizador. Nunca se muestra al delincuente como un héroe, pero tampoco se le endilgan todas las culpas de su condición y su manera de actuar. La crítica está puesta en los medios de comunicación masiva, en la policía –tanto bonaerense como federal-, y en nosotros mismos, los espectadores, la clase media –de la cual Loreti forma parte-, todos tenemos nuestras responsabilidades. Esos pibes que fallecen día a día en los hospitales públicos, esos delincuentes que matan y mueren por nada, son producto de un estado que los olvida y los empuja a eso, claro, pero también son responsabilidad nuestra, de toda la sociedad. Hagámonos cargo, dice Loreti. Que no mueran más pibes en los hospitales, que nuestra policía no sea tan de mierda, que los medios no nutran su amarillismo a costa de la muerte de nuestros pibes. No alimentemos esto. No escondamos la basura bajo la alfombra, no le pongamos un techo a las villas, no llenemos de policías el Conurbano. Está gente existe, están ahí, son nuestros compatriotas. No son fantasía.

Kryptonita es una película atípica para nuestro cine. No solo porque es una versión argenta de la Liga de la Justicia, ni porque el “protagonista” duerme en un coma profundo durante los casi 80 minutos de duración, sino fundamentalmente porque es una película de acción que no necesita andar explotando todo ni mostrando piñas cada dos minutos. Y no tiene esa necesidad porque las historias de cada uno de los personajes, los diálogos –que por momentos son demasiado fieles a la novela y eso los hace un poco acartonados – y el suspense se mantienen por sí mismos y logran mantener la tensión y la atención del espectador, gracias a las soberbias actuaciones de Lautaro Delgado (Lady Di o la Mujer Maravilla), Diego Cremonesi (El Ráfaga o Flash) o Diego Velázquez (El Tordo), una gran dirección de actores y un impecable labor técnico.

Como decía al principio, Kryptonita versa sobre la amistad y el aguante a tus compañeros que están por encima de todo, ya seas un pibe de barrio o un delincuente. Pero también es una película de acción, de antihéroes con poderes y súper policías antimotines violentos.

Que una película con estas características -sin un gran presupuesto pero con un buen nivel técnico-narrativo y mucho amor por el cine de género- este llamando tanto la atención del público en general y de los medios mainstream, es sin dudas para celebrar.

Ojalá siente un precedente y paulatinamente las carteleras argentinas comiencen a exhibir más películas como Kryptonita.

Hoy tenemos a la Liga de la Justicia del Conurbano, y la LiGA (Liga de Cine de Género Argentino). Hay esperanzas. Hay equipo.

 

 

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