El Eternauta

I – Si las estrellas del cabaret se ríen de tus movimientos…
Esta reseña es superflua. En solo cinco días ya se ha dicho todo sobre El Eternauta (Bruno Stagnaro – 2025). La serie fue diseñada para eso y funcionó de manera magnífica. Uno de los trucos más efectivos de internet es apelar al complejo de inferioridad argentino. Un gringo random opina sobre Buenos Aires, la comida, el rock nacional, los barrios porteños, el dulce de leche, las Cataratas o que cantemos los solos de guitarra en los recitales, y el posteo se llena de clicks. Esa idea más bien pueblerina de “uy mirá, le gustamos al extranjero” es conocida y se usa hasta el hartazgo entre los generadores de contenido para popularizar sus medios.
Este fenómeno del siglo XXI es, de alguna manera, respetuoso del espíritu de la obra de 1957 del autor Héctor Germán Oesterheld (HGO): la argentinidad al palo es uno de los temas de El Eternauta original. Oesterheld, consciente de que su público se nutría de comics americanos, exaltando valores y símbolos de Estados Unidos, nos mostraba a un grupo de amigos jugando al truco; en las calles suena un tango. La invasión no es en Nueva York o Chicago, sino en Buenos Aires. Las batallas no son en El Álamo o en las playas de Normandía, sino en la General Paz o el estadio de River. Esta representación es, a su vez, la apropiación de uno de los recursos más caros a la industria cinematográfica estadounidense: la construcción de un verosímil, en este caso espacial, que permite la identificación del espectador. El reconocimiento de esos espacios y de su geografía es, al mismo tiempo, funcional a la trama y atrapante para el público, así como el uso del nuevo tango, que es el rock nacional primigenio, de fines de los sesentas y principios de los setentas. La nostalgia siempre estuvo grabada en el ADN nacional.

En la misma línea, se nos muestran otros tropos de la argentinidad. La industria argentina, el ferrocarril y la ayuda de los aviones peruanos. El llavero de la selección, la omnipresencia de los perros en la vida cotidiana, los piquetes y el gesto que llevamos inscripto desde la Billiken: repeler al invasor con fuego desde la terraza. Incluso el tano Favalli debe soportar la mirada reprobatoria de San Martín.
II – Tengo en la mano la carta para jugar el juego
La gente en los cincuenta parecía más grande y en los veinte, más joven. Juan Salvo tenía una hija de 7 u 8 años en el cómic, y de 17 o 18 en la serie. Esta diferencia de una década, se convierte en 25 años en el personaje. Y funciona. La generación que “se para de manos” frente a la invasión alienígena pasó por todo, incluida la guerra de Malvinas. El más grande de los aciertos de la adaptación es convertir a Juan Salvo (Ricardo Darín) en veterano de guerra de Malvinas; en el cómic, muchos lo olvidan, Salvo es subteniente de reserva, y por eso lo ponen en un lugar destacado en las milicias irregulares.
La participación de Juan Salvo en las islas – como le dicen en la serie – es un dato que tarda en llegar, y cuando lo hace, es absolutamente lógico, igual que la del Tano Favalli (César Troncoso), reconvertido en ingeniero electrónico, cuando originalmente era profesor de Física. Funciona mejor. Lo mismo sucede con el motor del primer tramo de este relato. Originalmente, Juan Salvo sale a buscar unos cajones de soda, un poco de nafta y unas latas de conserva. ¿No es más poderoso que salga a buscar a su hija? ¿No sería mejor que Elena (Carla Peterson) sea médica?

Aparecen personajes nuevos, como Omar (Ariel Staltari), el cuñado del Ruso, que se fue en la crisis del 2001; Ana (Andrea Pietra), la esposa de Favalli, presumiblemente psicóloga; Inga (Orianna Cárdenas), una repartidora venezolana, pero otras cosas siguen igual: Lucas (Marcelo Subiotto) es bancario. El ruso Polsky (Claudio Martínez Bel) muere temprano. Y llegarán Pablo (Aron Park), Mosca (Leandro Sandonato) y Franco (Jorge Sesán).
El aggiornamiento situacional también funciona. Allí donde teníamos al adolescente dependiente del almacén como trabajador esclavo, encerrado en un subsuelo, ahora tenemos a un muchacho que sufre bullying de sus compañeros de escuela. De una sociedad de vecinos de casas bajas a mostrarnos el infierno de la propiedad horizontal, manejado por un “encargado” que se erige en líder despótico. Asimismo, el shopping Soleil, funcionando como una comuna cuasi hippie, es un manantial de tranquilidad: podemos tener sentido común; puede haber liderazgos firmes y benévolos: “coman lo que quieran, pero los fierros lejos de los chicos.”

Este liderazgo es cercenado por la tercera arma de los invasores, que luego de la nieve y los cascarudos, ataca a la humanidad con los “school shooters” (o jihaidistas, ustedes elijan). Es muy notable la mano autoral aquí: la invasión foránea también es la penetración de estos horrores. La representación de estos tres que llegaron en un auto y se bajaron abriendo fuego, con los pasamontañas puestos y la cabeza lavada, es uno entre miles de símbolos poderosos.
III – Si hace falta hundir la nariz en el plato, lo vamos a hacer
Mucho se habla sobre el concepto del héroe colectivo, que proviene de un escrito de Oesterheld en el que se habla de “el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”. Esta idea no está subrayada ni en el cómic original ni en la serie actual. Es una lectura que debe decodificarse, y eso ocurre porque los personajes son tridimensionales y contradictorios. Favalli no quiere dejar entrar a nadie, pero lo hace. No quiere irse de su casa, pero termina yéndose. Juan no quiere un arma, pero la empuña; no quiere volver a Campo de Mayo, pero vuelve; no quiere liderar a la gente de la iglesia, pero finalmente acepta su camino.
Franco da miedo, pero es de los buenos; la chica embarazada, en cambio, no lo es. La gente conocida, los vecinos del edificio, el ferretero del barrio, son cagadores. Pero los boy scout y la monja con los crotos, o la comuna del shopping, reciben con los brazos abiertos y sirven un plato de comida caliente.

Hay una idea más profunda en la serie, que tiene que ver no con la colectividad sino con el sentido de pertenencia a algo superior. La patria no es la gente que conozco, sino la gente con la que comparto valores esenciales. Esto lo entienden primero los personajes que no participan en el cómic, pero sí en la serie: las mujeres. Son Elena y Ana el compás moral de este relato. Aún equivocadas, siempre tienen razón.
En cambio, y nuevamente aquí está la ambigüedad, el gran villano oculto “Manos” maneja a su antojo a los cascarudos y a los “colaboracionistas” (y faltan los gurbos); es el gran titiritero, con cientos de dedos. Es la mano (invisible) del marciano que, como el flautista de Hammelin, atrae a todos con su melodía. El brillo de la glorieta de la Plaza en Belgrano, así como el del estadio Monumental, es catódico. Es el brillo de una pantalla.
Un tema a resolver se encuentra vinculado de forma directa con el inicio del relato original. El cómic era una metaficción, un relato de Juan Salvo al autor (Oesterheld), mientras que la serie omite olímpicamente esto, haciéndole preguntar al espectador que no leyó la obra original: ¿qué diablos es un Eternauta?
IV – Escucho un tango y un rock y presiento que soy yo
Le dijeron al cine y las series nacionales “hagan cosas populares”, “agarren la pala” y que se las pague Netflix. Bueno. Ahí está. Hacer algo en 2025 y que a un público sobreestimulado le interese, ya de por sí es un logro.
El Eternauta no le va a hacer mella al poder, pero ver a algunos de los empleados de los poderosos forzando interpretaciones es como comparar los dibujos de un jardín de infantes con el cubismo. Sigan intentándolo.

La idea de la entrega solidaria como respuesta al horror es una dedicatoria especial a los fomentistas, a los clubes de barrio, a quienes militan desinteresadamente en un sindicato, olla popular o en una iglesia barrial. A todos aquellos a los que la idea que una sociedad más justa, o al menos – la vara está baja – menos cruel, les parece un buen comienzo para hacer un país; que no se avergonzaba (y no debe hacerlo) de curar a los enfermos, abrigar a quien tiene frio o dar un plato de comida, sin pedir nada a cambio. De abrir las puertas, como hacían nuestras abuelas, y dejar entrar al que necesita, aunque nos equivoquemos. De hacer frente de manera decidida a propios y ajenos que nos quieren someter.
O tal vez todo esto esté en mi cabeza mucho más que en la de Stagnaro, pero para eso también sirve la ficción; para ser el vehículo de nuestras angustias y miedos, pero sobre todo de nuestros anhelos. Tal vez porque cada uno de nosotros ve más de lo que está ahí, es que se me pone la piel de gallina cuando veo al Tano Favalli, y pienso que está inspirado en mi amigo Piero Lozupone.
Que volvamos a ser (o alguna vez seamos) un país en la diversidad. Que sea verdad que lo viejo funciona, que el sur es el nuevo norte y que nadie se salva solo. Que los valores argentinos son alimentar al hambriento, curar al enfermo y abrir la puerta a quien busca cobijo. Arriesgar todo para salvar a un extraño, aun cuando tengamos dudas. Que no nos de vergüenza ser quienes somos, sonreír por un chiste guarango o ver a Darín en un Torino.




Muchas gracias por esta hermosa nota, me hiciste lagrimear, porque Piero Lozupone era mi papá y a mi también me hace acordar un poco al tano Favalli. Leí la versión de El Eternauta de Oersterheld y Breccia a los 13 años, él la compró, como todos los libros interesantes que traía a casa. Un abrazo. María Delia Lozupone.
Me gustaMe gusta
La serie no fue realizada en 2025, sino lanzada este año. En 2023 estaban en pre produccion, buscando locaciones, época 100% kirchnerista. Por lo tanto, lo de «agarren la pala» y pídanle plata a Netflix, no aplica. Fuera de eso, disfruté mucho el articulo.
Me gustaMe gusta
Interesante enfoque, sin spoilers. Y una reflexiòn a partir de lo leìdo:
El apocalipsis ya llegó y el futuro es o una utopía movilizadora o el abatimiento frustrante. Cualquier otra cosa es flotar en el tiempo. Parece que en la actualidad la ciencia ficción, no solo nos permite anticipar lo que vendrá, sino que es capaz de poner en evidencia lo que nos está pasando, y no vemos. Y lo hace valiéndose de metáforas ingeniosas y entretenidas que permiten ver lo que hay debajo del manto de piedad, de resignación o confusión, que oculta o camufla los acechos y posibilita sobrevivir en una calma ficcionada, pintada de progreso y de inevitable modernización de la vida.
Me gustaMe gusta
Interesante enfoque y sin spoilers. Y una reflexión emergente de lo leído:
El apocalipsis ya llegó y el futuro es o una utopía movilizadora o el abatimiento frustrante. Cualquier otra cosa es flotar en el tiempo. Parece que en la actualidad la ciencia ficción, no sólo nos permite anticipar lo que vendrá, sino que es capaz de poner en evidencia lo que nos está pasando, y no vemos. Y lo hace, valiéndose de metáforas ingeniosas, verosímiles para el género, y entretenidas, que permiten ver lo que hay debajo del manto de piedad, de resignación o confusión, que oculta o camufla, en lo cotidiano, los acechos y posibilita sobrevivir en una calma ficcionada, pintada de progreso y de inevitable modernización de la vida.
Me gustaMe gusta
Qué reseña tan buena , me conmovió más que la propia serie.
Gracias por compartirla .
Me gustaMe gusta
Una maravilla!!! … Muchas gracias por poner en palabras lo que sentimos, observamos, y no podemos describir al ver esta obra maestra. Nuevamente GRACIAS!!
Me gustaMe gusta