Los ilusos #36: de la abyección (de la historia)

Hola, ¿cómo están? Espero que muy bien. Esta semana tengo varias cosas para que conversemos. Antes de eso me gustaría recomendarles que asistan a la actividad organizada por Cinee, una plataforma de cine de Europa del Este en español que por el 80 aniversario del nacimiento de Krzysztof Kieślowski ofrece para ver online La oficina (Urząd), corto documental; El azar (Przypadek), una de sus mejores películas de ficción previo a la etapa más occidental; y Krzysztof Kieślowski: I’m so-so, un hermoso documental sobre la forma de pensar y abordar las praxis cinematográfica del director de El decálogo. De paso también pueden repasar el número 8 de la columna, dedicado íntegramente al amigo Krzysztof.

Para la edición de hoy quiero comentarles varias novedades entre cine y streaming, un comentario sobre una entrevista que salió publicada hace muy poco a Paula Félix-Didier, directora del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken, y como siempre, un libro.

Sin más dilaciones, empecemos.

Radar de novedades: Drunk Bus, Blood Red Sky, Old y The Suicide Squad

Drunk Bus es la primera película de Brandon LaGranke y John Carlucci. Está escrita por el ignoto Chris Molinaro y protagonizada por el joven Charlie Tahan (Ozark). La película solo tuvo proyecciones, al parecer, en el Festival de San Diego y SXSW de 2020. Digo todo esto porque es una de las mejores comedias que vi en el año y no hubiera podido llegar a ella si no fuera por Letterboxd.

Una de las mejores cosas que tiene esa red social es la posibilidad encontrar películas que muy probablemente pasarían inadvertidas si ese bendito algoritmo, basado en los comentarios y recomendaciones de otros amigos, no nos lo alertara. En este caso, le agradezco a mi amigo Hernán Fretes que la vio y la recomendó antes.

Drunk Bus cuenta la historia de Michael (Tahan), un joven que terminó el colegio hace poco y que se quedó sin rumbo luego de que su novia lo dejara. Michael trabaja como conductor de un colectivo que atraviesa todo un campus universitario en una ciudad muy fría de Estados Unidos y su vida parece ser un loop constante: el mismo recorrido, el mismo horario, los mismos pasajeros, los mismos problemas y una perpetua indefinición para tomar decisiones personales.

Todo cambia con la llegada de Pineapple, quizá uno de los mejores personajes cinematográficos del 2021, un guardia de seguridad de ascendencia samoana que la empresa pone para custodiar a Michael luego de que fuera golpeado por uno de los tantos universitarios molestos que viajan todas las noches.

La película es muy divertida, está muy bien escrita y además aprovecha muy bien los recursos que se propone para darle coherencia y cohesión al tratamiento estético/narrativo. Las formas de narrar la repetición en la vida del protagonista y el uso del montaje acompañan muy bien el pulso de comicidad que deben tener las secuencias.

Vale muchísimo la pena.

Blood Red Sky es la nueva película de Peter Thorwarth, cineasta alemán que quizá recuerden por haber escrito una película muy popular, allá lejos y hace un tiempo, llamada La ola (Die Welle, 2008).

Debo confesar que, en su momento, siendo un joven de 17/18 años, La ola me había fascinado. No la volví a ver, pero pensando un poco, creo que quizá ahora no me gustaría tanto, o más bien repensaría algunas cosas que plantea como discurso que pueden ser un tanto livianas. Algo parecido me pasó con Into The Wild, que me había maravillado a los 17 y que ya de grande me di cuenta de que era una reverenda pavada.

En fin, el asunto es que “Cielo rojo sangre”, nombre que le pusieron a la película en Latinoamérica (sí, se quemaron el bocho estos cráneos), se estrenó hace unas semanas en Netflix sin demasiado run run, más bien fue una de esas cosas que tiraron en la góndola de novedades y que busque su camino. Una lástima, porque es una película más que recomendable para cuando se busca no hurgar tanto en el catálogo que ofrece la plataforma.

En línea a lo que charlamos un par de columnas atrás, Blood Red Sky hibrida y mezcla algunos géneros. Es una película de vampiros, pero al mismo tiempo es uno de esos llamados thrillers en las alturas que comenzaron a surgir en los 90 y que se exprimieron luego del 2001 y el atentado a las Torres Gemelas.

Nadja (Peri Baumeister) es una mujer enferma que debe viajar con su hijo Elias (Carl Anton Koch) a Nueva York por un tratamiento médico, aparentemente, para combatir una leucemia. Nadja no tolera la luz del sol y el viaje se convierte en toda una ingeniería en la que su hijo debe ayudarla a llegar a abordar el tan preciado vuelo. La cosa se complica un poco cuando un grupo terrorista secuestra el avión.

No voy a spoilear más, pero lo que sigue en la película es una explosión hermosa de gore y sangre por todos lados que es muy divertida. Hay algunas perezas narrativas y sobreexplicaciones al argumento, pero más allá de eso la película funciona muy bien, tanto para los amantes del género como para aquellos que lo prefieren de un modo más tangencial.

Old es la última película de M. Night Shyamalan y uno de los grandes estrenos post apertura de las salas en el país con la incipiente mejoría de la situación sanitaria.

Yo no soy un fan de Shyamalan, más bien lo contrario. Hay un gran sector de la cinefilia, entre ellos muchas personas cuya opinión es de las que más respeto en lo concerniente a este tema, que lo aman. Debo reconocer que muchas veces me resulta un cine soporífero, demasiado rebuscado y con la necesidad de demostrarle al espectador todo lo inteligente que es. Es como si M. Night tuviese la necesidad de reeditar el final de Sexto sentido todo el tiempo, con el mismo nivel de intensidad. Disculpen la herejía, no me tiren piedras.

Entre su, para mí despareja, filmografía hay grandes películas, Sexto sentido, El protegido o Split; algunas más o menos, que son más más que menos, La aldea o La visita; y algunas cosas bastante vergonzosas como The Last Airbender o After Earth.

De tener que ubicar a Old dentro de alguna categoría, diría que está en algún punto intermedio entre la primera y la segunda. No creo que sea lo más logrado que haya hecho, pero es una película muy superior a la mayoría de su filmografía.

La premisa consiste en el viaje que hace un matrimonio a punto de separarse con sus hijos a una isla paradisíaca. En el hotel les ofrecen una excursión exclusiva que consiste en visitar una playa privada. Por supuesto, en esa playa privada pasarán cosas. El tiempo no corre como en la vida real, sino de un modo muy acelerado y los personajes deberán pensar en cómo escapar antes de que sea demasiado tarde.

Old, de alguna manera, tiene el mismo mal de Señales. Shyamalan plantea un relato en el que la explicación científica o racional de por qué esa isla se comporta como se comporta no es importante. Lo central son los personajes, el desarrollo de sus relaciones y el planteo dramático de las escenas, que en este caso son brillantes (visualmente la película tiene secuencias muy bien construidas); sin embargo, en algún momento el director, sobre el final, traiciona eso y decide de la nada darnos una respuesta a todos los interrogantes que no eran tan importantes. Cuando hace eso, el relato se pincha, pierde profundidad e interés. La bajada moral y política, por más que pueda compartirla, está puesta de un modo tan burdo que no sé si es lo más oportuno en este contexto, pero bueno, eso es lo de menos. Si se quedan con la mayor parte de la película y no se preocupan tanto por el final, creo que Old tiene de las mejores cosas que Shyamalan puede ofrecer.

Finalmente, el otro estreno “fuerte” de las salas en estos días fue The Suicide Squad, de James Gunn. Quizá recuerden la historia, en su momento al director de Super lo carpetearon con unos tuits muy pocos felices y gracias a eso la empresa del ratoncito lo echó de la franquicia Marvel y de Guardianes de la galaxia. Ni lento ni perezoso, Warner dijo esta es la mía y lo fue a buscar para ofrecerle hacer la nueva película del Escuadrón Suicida, luego del bochorno de David Ayer. En el medio los fans prendieron el operativo clamor, al parecer el mismo cast de Guardianes de la galaxia también se prendió fuego por la salida de su director y Disney reculó y lo volvió a contratar. Así es entonces como James “doble camiseta” Gunn quedó con un pie en ambos lados de la grieta superheroica.

Durante los últimos días Gunn dijo una serie de pavadas sobre Scorsese. No pienso detenerme en eso. Es la muestra cabal que un tipo muy talentoso también puede decir idioteces.

Si conocen el estilo de James Gunn y han visto sus películas y cosas previas a volverse mainstream, como Super o PG Porn, notarán que el estilo que propone una película como The Suicide Squad le queda pintado: personajes marginales, ultraviolencia, humor absurdo, etc. Como no podía ser de otra manera, el director explota eso y hace la película más gore y subida de tono que este tipo de producciones industriales haya tenido.

Muertes, decapitaciones, sangre, explosiones, todo está a la orden del día desde el minuto 1 del film. Gunn además hace uso de su capacidad como narrador y guionista para pensar la estructura de la película y cómo narrar utilizando la focalización de los diferentes personajes. El comienzo del film es sencillamente hermoso.

En esta nueva versión, que podría ser un reboot, una secuela, u ocurrir en otra Tierra del multiverso, el escuadrón suicida debe infiltrarse en Corto Maltese, una isla ficticia de Centroamérica creada por Frank Miller en The Dark Knight Returns que luego se convirtió en una locación habitual de las historias del universo DC. La cosa es que en Corto Maltese hubo un golpe de Estado en el que los militares derrocaron a la oligarquía gobernante durante años, que también era una dictadura, pero que respondía a los intereses del gobierno estadounidense. La misión del Squad es entrar en la isla y volar por los aires un laboratorio donde se están haciendo pruebas con una “tecnología” alienígena desde hace muchos años. Por supuesto, muchas cosas salen mal.

La película es muy divertida y Gunn logra hacer bien todo lo que Ayer hizo mal. Los personajes funcionan, toda la incorporación de estos villanos de la B es buenísima y hace que uno quiera seguir viendo más cosas de Polka-Dot Man o de Ratcatcher 2. Mención aparte para el Bloodsport de Idris Elba y el Peacemaker de John Cena, que tienen muchísima química entre ellos. En el caso de este último, tendrá una serie para HBO Max que ya está filmada. No esperaba nada y ahora me muero por verla.

Creo que es de las mejores cosas que el cine de superhéroes tan exprimido y agotado tiene para ofrecer en el último tiempo. No es poco.

Un poco de polémica no hace daño: de la abyección (de la historia)

Hace unos días, como adelanto de su nuevo número, la gente de La vida útil publicó una entrevista a Paula Félix-Didier, una de las personas más importantes para pensar la cinefilia argentina contemporánea gracias a su trabajo como directora del Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken.

Escuchar lo que Paula tiene para decir sobre su historia personal del y con el cine argentino es muy interesante y siempre vale la pena, pero también hay algo más.

Quienes entrevistan, quiero creer que por desconocimiento y no por maldad, aunque de todos modos ese desconocimiento es imperdonable por ofensivo, deslizan todo el tiempo con las preguntas la idea de una tabula rasa en el cine argentino previo al Nuevo Cine Argentino (NCA).

Esto no es casual, se trata de toda una construcción cultural que se impuso de forma deliberada y con objetivos concretos durante los 90 en la Argentina. Es el eje central de la nota que escribí para el próximo número de la revista y que se compartió como adelanto en la columna anterior.

La idea de que la FUC y el NCA vinieran a fundar lo que no existía no solo es mentira, sino que también es un insulto para muchísimas personas e instituciones que estuvieron allí antes. Por supuesto, como egresado, docente y militante del IDAC me ofende en primera persona. Pero, además, me preocupa. Es un tanto alarmante que gente joven, uno quiere creer que con mayor capacidad crítica para reponer ciertas ideas, adopte como dogmas nociones tan absurdas.

En una de las preguntas que le hacen a Didier, los entrevistadores dicen: “En los tempranos 90 diste clases en todas las facultades de cine, las conocías de adentro. ¿Cómo fue para la primera camada estudiar cine? ¿Qué veías? ¿Cómo era el estudiante promedio?”.

“Todas las facultades de cine”, ¿cuáles son?, ¿incluyen a la UNLP, al Instituto Superior de Cine y Artes Audiovisuales de Santa Fe, a la Escuela Universitaria de Cine, Video y Televisión de Tucumán o al IDAC, instituciones preexistentes por muchísimos años a la FUC o al CIEVYC?

¿A qué se refieren con “primera camada”?, ¿a los primeros estudiantes de la FUC?, ¿creen que acaso antes de los 90 no se estudiaba cine en la Argentina?

Después de eso hablan de como la FUC tuvo docentes de primer nivel y preguntan “¿Por qué la FUC se destacó en eso y otras escuelas no han sabido hacerlo?” El ninguneo y la falta de conocimiento es asombroso. Si van a decir una barbaridad semejante, quizá deberían tener un poco más de idea de cómo estaban conformados los planteles docentes de las escuelas por aquellos años.

Aunque no haya mala leche, la actitud es totalmente abyecta. Si hay un mayor y genuino interés en repasar la historia de nuestro cine y sus condiciones de producción, habría que pensar algunas cosas con cierto cuidado y precisión. De lo contrario, solo se está repitiendo sin cuestionar aquello que ya se dijo antes.

¿Qué estoy leyendo? Fabricante de sueños, de Héctor Olivera

Algo que no es tan habitual en esta sección, pero efectivamente voy a recomendar una lectura en proceso y que todavía no terminé. Fabricante de sueños es un libro que editó Sudamericana a comienzos de este 2021 y que me regaló Castaño a propósito de mi cumpleaños hace unas semanas.

Se trata de las memorias de Héctor Olivera, que con sus 90 años decide revelar muchísimos recuerdos e historias sobre su carrera como hombre de la industria cinematográfica.

Entre los relatos más interesantes del libro está el que se hizo viral en redes luego de su salida, gracias a la nota de Diego Trerotola: la historia de amor oculta que mantuvo Olivera con Fernando Ayala, su mentor, amigo y socio.

No hay tantos libros así en nuestro acervo, que recorran en primera persona la historia de una figura del cine nacional, en un correlato directo con los diferentes contextos históricos y de producción del país.

Vale mucho la pena.

Y bueno gente, eso fue todo por esta semana. Nos vemos la que viene o la próxima, quién sabe.