Reseña: Arrested Development

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El 2003 cerraba con una serie que abriría los caminos para el humor en materia de series. Arrested Development (A. D.) emitió sus primeras tres temporadas hasta finalizar en 2005, ganando un número importante de fans que la convirtieron en una serie de culto. El absurdo, el humor negro y ácido, el cinismo de la mayoría de sus protagonistas ganaron el corazón de quienes gustamos de reírnos de todo. Sí, porque A. D. tal vez pueda caracterizarse por reírse de todo, sin límites, de ir hasta el fondo con temas difíciles de tratar para el humor y la ficción, como la corrupción, la discapacidad, los matrimonios fallidos, las desigualdades sociales, la paternidad y maternidad, el servicio militar, el fraude, el sistema carcelario, el mundo del espectáculo y del humor, hasta trata tangencialmente el tema de las relaciones incestuosas.

El recurso de la hipérbole o la exageración se usa para llevar al extremo la afectividad de los personajes y su forma de relacionarse. No deja de ser una serie sobre conflictos familiares, pero me arriesgo a decir que es única. Ninguno de los personajes puede ganarse toda nuestra simpatía, todos son en su buena medida lo suficientemente oscuros como para que nos sintamos incómodos al quererlos tanto. Lo inesperado, la apuesta por jamás arrepentirse de ninguna decisión argumental, hacen de A. D. una serie muy disfrutable, de esas que sacan carcajadas en voz alta y alguna que otra lágrima.

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En 2013, Netflix, que no se pierde una, rescató la historia algo trunca de los Bluth y con enormes esfuerzos de producción, ya que la mayoría de los integrantes del elenco estaban en otros proyectos, lanzó la temporada número cuatro. La expectativa era enorme, y la temporada no supo estar a la altura. Si bien la historia tenía más o menos todos los elementos que garantizaban el éxito de la comedia, el hecho de que cada capítulo estuviera enfocado en uno de los personajes le hizo perder fuerza.

En la cuarta temporada hay pocos momentos en los que podemos ver a los Bluth reunidos como debe ser, en esa interacción que, o bien provocaba los mayores estallidos de risa, o bien daba energía argumental suficiente a cada personaje para tener su momento a solas. Pero, al separarlos de esta manera, quedó claro que no a todos los personajes les daba el cuerpo para protagonizar un capítulo que tuviera que ver con un conflicto propio. Indiscutibles son G.O.B. (Will Arnett), George Sr. (Jeffrey Tambor), Tobias (David Cross): no fallan, podríamos verlos durante horas haciendo de las suyas. Pero otros personajes quedan expuestos en su necesidad de interactuar con otros, como Maeby (Alia Shawkat) y su carácter basado en la relación con sus padres.

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De todos modos, la propuesta de ir armando “la historia” de la temporada fragmentariamente dio resultado en cuanto a la intriga y a la complicidad con el espectador. O bien sabíamos cosas que los personajes no, o bien queríamos seguir mirando los capítulos para saber qué había pasado realmente en tal situación. La participación de estrellas como Ben Stiller (encarnando al mago enemigo acérrimo de G.O.B.), Isla Fisher, Seth Rogen (como el joven George Bluth, impecable), hasta el mismo Ron Howard, productor y narrador de la serie, no llega a suplir la falta de encuentro entre los personajes, que, como dijimos, se debió básicamente a cuestiones técnicas. De todos modos, el hecho de que el cast completo haya querido retomar la serie tantos años después, aunque la mayoría había tenido éxito en otros proyectos, habla del deseo y entusiasmo que provoca, no solo en los espectadores al parecer, una serie como A. D.

Más allá de los rumores eternos sobre la película, el 2018 nos depara una quinta temporada que, pese a sus altibajos, nos sigue pareciendo excepcional. Netflix reversiona la temporada cuatro y la sube a su plataforma como un “mix”. Una nueva edición nos pone a los personajes juntos en cada capítulo aunque sigan estando separados. El armado de la trama se va dando con menos intriga pero al menos no tenemos que esperar tres o cuatro capítulos para ver a nuestro personaje preferido. Sí, es de esas series en las que uno tiene un personaje preferido, por supuesto. En mi humilde opinión el mix de la cuarta temporada suma ritmo pero baja el impacto, porque la información dada parcialmente en cada capítulo colaboraba con el efecto cómico. Pareciera que la cuarta temporada cuenta una historia, un poco absurda, a veces graciosa, no muy original.

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Esta antesala y el escándalo alrededor de la figura de Jeffrey Tambor por las denuncias por abuso (tuvo que renunciar a la serie que protagonizaba, Transparent, y recibió críticas de parte del elenco de A. D., como Jessica Walter, por maltrato) más las torpes declaraciones de algunos miembros del elenco que minimizaban la situación, suavizaron la euforia de los fans y, al menos en mi caso, generaron un estado de alerta. ¿Qué voy a ver en la quinta temporada de A. D., una de mis series preferidas, integrante de mi top ten de series de todos los tiempos, con uno de los contenidos que más gracia me causó junto con el histórico Flying Circus de Monty Python y los inmortales Simpsons, que me ha aportado innumerables referencias para hacer chistes o interpretar momentos reales de mi vida (si estoy deprimida, imagino que me tiro al piso como George Michael, por ejemplo)? ¿O un intento algo patético de avivar la llama que agoniza entre las cenizas de lo que fue, como cuando una pareja se va de viaje a Brasil para evitar separarse?

Con un poco de dolor en mi total simpatía por la serie, tengo que decir que la quinta temporada decepciona un poco. El hecho de que Tambor aparezca en escena –haciendo además ese personaje tan desagradable que es el jefe de la familia– como si nada ya hace un ruido en sí mismo. Si dejamos de lado el contexto real, cosa un poco difícil en esta coyuntura, igualmente hay que decir que la quinta temporada tiene gusto a poco. Además, Netflix equivocó un poco la jugada, tal vez, al lanzar esta última temporada en dos partes: quienes esperamos cinco años para seguir viendo a nuestros amados Bluth (aun después de haber aceptado el cambio en algunas reglas del juego de la cuarta temporada) solo pudimos ver ocho capítulos. Menos de 240 minutos en total después de cinco años. Pocos momentos de risa, pocas situaciones hilarantes, en dos días hemos olvidado lo que vimos.

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La verdad, me rompe el corazón. No solo ver al cast envejecido, quince años no es poco, es un recordatorio permanente de lo viejo que nos pusimos, también, los espectadores, sino que otra vez tenemos un elenco dividido (el uso de recursos tan poco elaborados como que a un personaje le pongan una sábana blanca para hacerlo interactuar con otros es hasta un poco ofensivo para el espectador) que no logra dar con la dinámica mítica de las primeras tres temporadas, en las que cada vez el techo de la risa era más alto. A veces se acerca al fuego original, a la risa profunda e incómoda, a la desarticulación total de lo políticamente correcto, pero solo lo roza.

Obviamente, voy a ver los nuevos capítulos a fin de año. Seguramente, me duren dos días como estos ocho. Probablemente, quede triste y culposa como cuando uno ha hecho algo que no debía muy rápido. Pero, de todos modos, cada vez que surja la ocasión (en los momentos más insólitos) recomendaré Arrested Development, cada vez que alguien la nombre me transformaré en la loca que recuerda los grandes momentos (y los narra en voz alta, haciendo que pierdan toda gracia, pero si alguien los conoce se estallará de risa conmigo), cada vez que piense en esta serie agradeceré haberla visto (con una sonrisa en la cara, pegada al momento mítico casi mágico cuando la descubrí) y haberla integrado a mi mundo de referencias, a mi forma del humor. Porque vale la pena, y no me arrepiento de este amor.

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