The Cloverfield Paradox: un experimento fallido

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The Cloverfield Paradox (Julius Onah, 2018) se une al universo inaugurado hace diez años con Cloverfield (Matt Reeves, 2008) y que expandió su panorama con 10 Cloverfield Lane (Dan Trachtenberg, 2016). El elemento que enlaza las tres historias es la presencia de un monstruo gigantesco y devastador presentado en la primera película, cuyo origen se pierde en especulaciones a partir de elementos crípticos sembrados en todas ellas, campañas de marketing que multiplican hipótesis en millares de foros de internet y conexiones remotas con otras realizaciones de J. J. Abrams quien, en este caso, ejerce de productor. The Cloverfield Paradox surgió como una historia que atrajo el interés de Abrams. Paramount decidió financiarla, aunque parece ser que el resultado no acabó por convencer a la factoría fílmica. Este hecho puso en peligro el estreno de la cinta. Netflix sacó provecho de la situación y decidió adquirir sus derechos. Luego, mediante un tráiler presentado la noche del 4 de febrero en el famoso Supertazón (gracias, Simpsons, por resumirme el sinsentido del revuelo en torno a ese estadio), la productora de streaming anunció su estreno sorpresivo en ese mismo momento.

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Hay que reconocer que The Cloverfield Paradox tenía buenas intenciones. Su estética se inspira en los clásicos del género de ciencia ficción en los que una tripulación se lanza al espacio a cumplir una misión que, como bien sabemos, no saldrá como debe. Cuenta con un plantel de actores que cumplen dentro del espectro que les ofrecen las motivaciones estereotipadas de sus personajes. Están Hamilton, la heroína (Gugu Mbatha-Raw); Schmidt, el tipo de fierro (Daniel Brühl); Mundy, el alivio cómico (Chris O’Dowd); Jensen, la figura misteriosa (Elizabeth Debicki) y unos pocos personajes más que otorgan a la historia el relleno suficiente como para extender su metraje. Todo transcurre en torno a una misión para salvar el destino de la Tierra y cuyo fallo provoca reacciones inesperadas que la tripulación intentará solucionar para no empeorar las cosas. Surge de este modo un esbozo de relato que parece un intento de combinar Event Horizon (Paul W.S. Anderson, 1997) con Sunshine (Danny Boyle, 2007), es decir, el cruce de una historia sobrenatural con un drama. El producto es un híbrido que, dentro de lo trillado, sabe proveer algunos momentos de entretenimiento pero que en general abunda en situaciones previsibles. Las escasas veces que procura introducir algo innovador, cae en el ridículo o en el disparate. Vaya como ejemplo todo el episodio de la mano amputada: puro surrealismo pop.

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Me considero un seguidor del universo Cloverfield. Recuerdo haber entrado con cierto escepticismo en la película de 2008 y salir hora y media después enteramente maravillado. 10 Cloverfield Lane me resultó magistral no sólo por ese duelo claustrofóbico entre Michelle (Mary Elizabeth Winstead) y Howard (John Goodman), sino también por el volantazo final que viene como a coronar aquella pugna. En este sentido, The Cloverfield Paradox calza para mí en esta suerte de continuidad como una obra menor que pretende resolver algunos de los enigmas en torno al monstruo, pero cuya trama carece de la jerarquía de sus precedentes. No funciona más que como un experimento fallido que ojalá pueda servir de referencia para futuros ensayos sobre el tema.

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