Análisis: The Last Jedi

JEDIFIN

Spoilers. obvio.

LA FUERZA EN SU LABERINTO

Tardé bastante en poder ir a ver The Last Jedi al cine. Esa situación me hizo esquivar las balas, los spoilers y las discusiones. Fue dificultoso, pero lo conseguí. Entré al cine sin contaminarme. Por supuesto, no pude evitar saber que había controversia, ni ahora, luego de verla, puedo evitar ver a los mejores de mi generación convertirse en los viejos cascarrabias que hace 20 años criticábamos. A cada chancho le llega su San Martín. A cada joven, su conservadurismo: “Si la música está muy fuerte, es que estás muy viejo”

The Last Jedi es una película que quiere ser compleja. Lo busca. El laberinto, la paradoja, es la renovación. Rian Johnson, que escribió el film además de dirigirlo, plantea un pasaje de antorcha. En lo nuevo, entonces, tenemos el salto al vacío. Y es por el público, y no por necesidades de la trama, que necesitaba este golpe. Pero la paradoja es que la renovación debe necesariamente arrasar con el pasado, pero solo es significativa si ese pasado nos importa tanto, que nos duele dejarlo atrás. Quemar el árbol Jedi. Y Luke ,que nunca tuvo entrenamiento formal de Padawan, no puede hacerlo sin el beneplácito del Maestro Yoda.

Yoda, un viejo personaje, y el que tiene más edad en la saga, le dice a Luke : terminemos esta etapa, avancemos. Y nos lo dice a nosotros, los espectadores: “esos viejos libros están llenos de sabiduría, pero no eran muy entretenidos”. Se refiere a la historia pasada. Se refiere a los episodios anteriores, del I al VI. Ya murió Han; C3PO y R2D2 son figuras decorativas, Leia es una llama que se apaga, Vader, Palpatine, el Imperio, Tatooine, todos forman parte del polvo de la historia. Es hora.

En The Force Awakens se genera un crescendo en cuanto al mito Jedi: Han Solo les dice a Rey y a Finn “es todo verdad, los Jedis, la fuerza”. Esa película termina con la toma soñada: Rey llega al refugio de Luke y extiende su mano con el mítico sable.

Entonces pensamos que, si The Force Awakens era la renovación del Episodio IV: A new hope, era lógico pensar en The Last Jedi como The Empire Strikes Back. Rian Johnson, que no es ningún tonto, sabe esto. Y va para el otro lado. Toda vez que puede. The Last Jedi es, entre otras cosas, una negación del camino prefijado. El villano supremo muere, en manos de su discípulo. Kylo Ren quiere gobernar la galaxia, pero el solito. Por supuesto, en la ambigüedad que se le ha inyectado al personaje, esto sucede cuando Snoke, interpretado por Andy Serkis, lo fuerza a acabar con Rey. Pero de cualquier manera, esto es una novedad. Ni Darth Vader, ni Darth Maul ni el Conde Dooku habían tratado de gobernar la galaxia solitos. Discípulos, y nunca maestros. Buenos segundos, no jefes. Este recurso era es muy interesante, ya que resolvía, persé, un problema general de toda la saga: ¿qué diablos quieren los villanos?

Si nos centramos en el segundo a cargo, el vice, el ayudante del que manda,  las motivaciones no son tan importantes. Tiene redención, tiene vuelta atrás. Obedeció la orden. Fue tentado. Si toma el trono, si se convierte en el primus interpares, no hay posibilidad de que esto ocurra.

Cuenta la leyenda, relatada por el propio Steven Spielberg en el documental Spielberg (HBO 2017), que George Lucas les paso el primer corte de A New Hope, sin efectos, a un selecto grupo de amigos: Coppolla, Scorsese, Spielberg y Brian De Palma. Al parecer, se criticaban constructivamente cada una de sus obras. Después de la proyección, durante la cena, Brian De Palma estalló contra la película y le dice a George Lucas: ¿Quienes son estos personajes? ¿Qué es el Imperio? ¿qué es la fuerza? ¿que quieren?. Necesitas lo que tenían los viejos seriales, una suerte de prefacio, que te diga que estas viendo, te sitúe y puedas disfrutar la película.”

Ese fue el nacimiento del rolling title que funciona de prefacio en cada entrega. Una respuesta inteligente a la absoluta falta de contexto

Contexto es la palabra importante aquí. Si nos centramos puramente en las películas, el único contexto se esboza en Episodio I: Phantom Menace y no nos gustó nada. De hecho, las cargadas que se comió el tío George con La Federación de Comercio, el Senado y demases enredos políticos fue mayúsculo, y no resolvía la cuestión central: el conflicto Jedi / Sith, pero la saga planteaba que el Imperio nacía como respuesta al caos ocasionado por la Guerra de los Clones, propiciada desde las sombras por el Senador Palpatine. 

En esta tercera trilogía, esa falta de contexto, tan avanzada la trama, condiciona la creación de los personajes. Kylo Ren es un adolescente colérico y sin rumbo, encerrado en el cuerpo de Adam Driver. Hubiera tenido más sentido, gravedad y peso si hubieran elegido a un puber real, digamos Finn Wolfhard, Mike en Stranger Things, para interpretarlo. Entendemos que es poderoso, pero su comportamiento es errático. La sombra de Vader, presente en The Force Awakens, es pulverizada temprano en The Last Jedi: “Quitate esa máscara ridícula” le espeta Snope, y Kylo Ren se libera de su yugo ancestral.

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No tiene mejor suerte el otro villano, el General Hux. Domhnall Gleeson es un gran actor, perdido en un rol extraño. No se sabe porque es General. No tiene la edad, ni parece tener las capacidades. Y de hecho, es un broma andante. Incluso para los Rebeldes. Por supuesto, en el extenso universo de Star Wars – que abarca novelas, comics, juegos y demás – se encontrará una explicación que tendrá que ver con el linaje. Pero no se refleja en las películas, que es lo único que importa. Ni siquiera funciona como una suerte de Goebbels, un fanático. No anda, ni tampoco funciona la explicación de Snoke sobre su naturaleza de “perro rabioso”. Lo que si funciona son los celos adolescentes que se tienen con Kylo Ren. Pero incluso en ese sentido era mucho más interesante la relación de respeto que se tenían en A New Hope Darth Vader y Grand Moff Tarkin, no por nada interpretado por un actor – mito, como era Peter Cushing.

Más tarde, en la segunda Saga, Lucas se daría el gusto de poner a Christopher Lee a interpretar al Conde Dooku. Nuevamente, un actor que con su sola presencia proveía de una historia tácita al personaje.

Incluso en Rogue One, el responsable de la Estrella de la Muerte, Director Orson Krennic, es uno de los malvados más conflictuados del Imperio, del que se sospecha una relación más que amistosa con Galen Erso.

Kylo Ren y el General Hux resultan entonces la dupla de villanos más peculiar de los tiempos modernos. No tienen matices, ni se contrastan entre ellos. Ambos coléricos, celosos, y subyugados hasta la genuflexión ante el Lider Supremo Snoke. Con la desaparición de este último, nos resta saber que pasara con la Regla de los Dos, esa que dicta que en la Orden de los Sith, siempre hay un maestro y un aprendiz. O tal vez ni siquiera sea el caso: es Ren quien dice que nos olvidemos de la Primera Orden, los Sith, y los Jedi. Que empieza todo de nuevo.

Es justamente con Hux con quien tenemos la primera muestra de que Rian Johnson iba a hacer algo distinto. El chiste que le gasta Poe Dameron está afuera de la saga, más propensa siempre al gag físico del cine de aventuras, que al humor cuasi satírico. Esto se replica en la continuación de la toma final de The Force Awakens. Rey extiende su sable a Luke. Y este lo tira por sobre su hombro.

No obstante eso, es en estas escenas en donde se cuenta la resolución de la película. Luke aparecerá sobre el final, solo frente al Imperio, tal como Poe Dameron lo hizo al inicio, con el mismo objetivo: ganar tiempo para el escape. Y al mismo tiempo, Luke tira el sable al inicio. Y jamás lo tuvo en la mano al final. No pelearon. No enfrentó a su discípulo.
Decía entonces que el humor resulta raro. Sobre todo porque ante la presencia del mismisimo Luke Skywalker esperabamos solemnidad. Y no es que estuvieramos esperando nada raro. A menudo Star Wars fue solemne; veníamos de Rogue One, que fue demoledora, triste, dramática. Un film bélico y trágico.

Luke aparece agotado, con la cara hinchada. El director se regodea en primeros planos del viejo Jedi. El otrora rostro juvenil de Mark Hamill, es ahora un mapa. No es un viejo sabio. Es un hombre maduro y cansado. Sin embargo, sus enseñanzas son importantes. Dan por tierra con el desastre que hizo el propio Lucas en el Episodio Uno: Phantom Menace. Recordemos: para ser Jedi, controlar la fuerza y esas cosas, a George Lucas se le ocurre que uno debe tener un conteo de Midiclorianos alto. Un poco de ciencia a la espiritualidad, y por supuesto, la destrucción de la fantasía: Soy uno con la fuerza y la fuerza está conmigo. Resultaba que los Jedis eran superiores genéticamente. Una locura.

Luke enseña 2 lecciones (aunque dice que son 3). En ellas se vuelve al camino místico y humilde, mucho más acorde al monje Chirrut que interpretó Donnie Yen en Rogue One que la burocracia Jedi de Mace Windu en The Phantom Menace. Los Jedis no son los dueños de la fuerza, ni de la luz, y su legado es el fracaso. Han fallado una y otra vez. Su veneración al balance en la fuerza los convirtió en fríos. La fuerza solo significa algo si es esperanza para los oprimidos, como se muestra con el niño que al final juega con muñecos y es capaz de atraer la escoba.

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“La fuerza no es levantar rocas” dice. Pero al final, si lo es. Abandonada la senda genética, es el misticismo el camino para el uso pragmático de la fuerza. Para que no haya pibes esclavos, y los vendedores de armas no puedan jugar en lujosos casinos. La fuerza debe ser un elemento de justicia social, y no de equilibrio de poderes. Eso es lo que aprendió Luke. Y eso es el legado que Yoda lo autoriza a dejar: destruir el viejo orden, que no sirvió. Destruir la vieja modalidad de los Jedis, para inaugurar una nueva, alejada del equilibrio.

En ese orden, el de los legados, es que encontramos el juego de replicas. Luke y Rey, Leia y Poe Dameron, Han Solo y Finn, R2D2 y BB8. Cada personaje viejo va dejando su legado al nuevo. El curso de liderazgo que Leia y la Vicealmirante Holdo (Laura Dern) le dictan a Poe Daemeron en base al ejemplo, más que al pizarrón, sirve como espejo del que Luke le dicta a Rey.

Soy Rey” dice la joven Jedi con las rocas en el aire, y Poe Dameron dice: “Ya lo sé” emulando a Solo en el final del Imperio Contraataca. Estos personajes sin linaje, ni sangre poderosa, son el futuro de la Alianza Rebelde, que ya no tiene que ver con quien es hijo de quien, ni tiene grandes secretos que contar, sino que preparó el asfalto para la larga ruta del futuro, que empezó hace muchos años, en una galaxia muy lejana.

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