El sabor de las margaritas: no hay margaritas en Twin Peaks

No hace muchos días, fugando de una mala pasada que me dio la vida, me puse a ver la serie española El desorden que dejas, una serie original de Netflix, estrenada en diciembre del ingrato 2020. Se trata de una adaptación de la novela homónima de Carlos Montero, excelentemente protagonizada por Inma Cuesta y Bárbara Lennie. Serie y actrices de las que hablé de forma extensa en una nota reciente para la Revista 24 Cuadros que les invito a leer, por si no lo hicieron hasta ahora.

Contento con el resultado, acerqué mi crítica como telespectador argentino a unas amigas que tengo en España, para consultar cuál era la sensación que ellas tenían desde el propio país de origen de la obra.

Como respuesta recibí de vuelta buenas opiniones sobre la serie, entre las que me llamó la atención la de Lucía: “Hola Néstor, la serie está bastante bien ambientada y atrapa desde el primer minuto. ¡La recomiendo, aunque tiene un cierto parecido con otra serie que se desarrolla en Galicia y personalmente me parece muchísimo mejor! ‘El sabor de las margaritas’. Eso sí Bárbara Lennie e Inma Cuesta excelentes actuaciones”.

Fue leer este mensaje y sentir un irrefrenable impulso de ver esta otra serie gallega. Dificultades de índole personal me demoraron, pero finalmente y por lo que significa de vida, para mí, el cine (incluyendo este tipo de series) y la Revista 24 Cuadros, tomé coraje, recuperé fuerzas y aquí les comparto lo que me quedó de la experiencia.

Dirigida por Miguel Conde, responsable de Bajo sospecha o Gran Reserva, y con Ghaleb Jaber Martínez, Raquel Arias y Eligio Montero a cargo del guion, la primera temporada de El sabor de las margaritas presenta una historia que, si bien resulta asequible por el verosímil sembrado por series antecesoras que se disparan a partir de la misteriosa desaparición de una joven y la posterior investigación de su destino, ha conseguido zafar de las consecuencias de sus fallidos, logrando finalmente, armar un rompecabezas conclusivo eficaz.

Uno puede afirmar, sin temor a equivocarse, que no hay originalidad en eso de buscar una joven mujer que se ha visto sometida a situaciones traumáticas o violentas. Sin embargo, en el caso de El sabor de las margaritas, el desarrollo de esta premisa se nutre con un recurso narrativo inteligente. Este recurso consiste en hacer de la búsqueda de la chica desaparecida el centro de la trama, y al mismo tiempo, parte de su contorno. En este marco, el personaje protagónico, una teniente novata de la Policía Judicial de la Guardia Civil que llega al pueblo desde A Coruña para esclarecer el caso y encontrar a la chica, consigue distinguirse de cierta forma, y en algunos aspectos, del resto de detectives y policías de la ficción de este tipo de series. Se trata de una investigadora de la Guardia Civil que tiene un particular encuadramiento en el clásico rol de todo film noir: generalmente con un pasado oscuro, una personalidad compleja y una cierta incapacidad para relacionarse con los demás, incluidos, sus propios compañeros de la fuerza.

En sus aspectos básicos, El sabor de las margaritas mantiene la esencia de esas historias pueblerinas, en comunidades cuyos secretos más retorcidos están enterrados bajo la capa densa de una vida mediocre y rutinaria, pero que pueden filtrase repentinamente hacia la superficie, en cualquier momento, si alguien se decide a rasguñar las piedras de esa pestilente sepultura. Aunque también se apoya en la perversa dualidad de estar poblada de seres que aparecen como extraordinariamente cándidos. De cualquier manera, la primera temporada no hace con ello nada extraordinario, no inventa nada, pero convence.

En tren de dar algunas referencias que ilustren aquello con lo que va a encontrase el espectador, hay que mencionar que hay quienes sugieren cierto parecido con Twin Peaks, aquella serie de televisión estadounidense creada por Mark Frost y David Lynch, estrenada en 1990 y clausurada en 1991. Recordemos que trataba sobre la investigación del asesinato de una joven llamada Laura Palmer. Esta es la premisa básica de las dos historias, pero no la única coincidencia; se nos presenta un pueblo pequeño que esconde muchos secretos. A lo largo de sus capítulos, fuimos conociendo a los habitantes del lugar, descubriendo sus miserias y dudando de su inocencia. En este sentido, la trama de El sabor de las margaritas tiene más puntos de coincidencia con la serie norteamericana que con El desorden que dejas, como sugirió mi amiga Lucía, y con eso me echo al ruedo.

En este caso que estamos comentando, la investigación que lleva adelante la teniente de la Guardia Civil, llegada desde La Coruña, comienza a descubrir un mundo sórdido que incluye un club nocturno de mujeres y copas, en el que obligan a adolescentes a prostituirse, también, fiestas sexuales organizadas por hombres poderosos e, incluso, ritos satánicos.

Hábilmente, el guion explota en esta oportunidad lo local desde un punto de vista lógico y tradicional, trazándose sobre el dibujo de un pueblo normal y corriente, pero con demonios encubiertos. Una comunidad chata, puesta en crisis por la desaparición de esa joven mujer, que se extralimitó en su suerte, por la llegada de una investigadora policial con una situación personal en desorden, y en un contexto sociocultural en el que el concepto de religión intenta servir como malla de contención frente al riesgo de desequilibrio que supone la inevitable convivencia entre el bien y el mal, circunstancia coronada por la contemporánea visita del Papa a la capital gallega.

La descripción de este perturbado mundo y la evolución del personaje principal pueden señalarse como los máximos activos de “O sabor das margaridas” (nombre gallego de la serie). Con una puesta en escena tan sobria como natural (que algunos comentarios atribuyen a la escasez de su presupuesto) y un arranque in medias res, ofrece en cada comienzo de capítulo una parte del clímax para dar paso a la cabecera y unas oportunas palabras del infierno, el purgatorio y el paraíso de los cantos de “La divina comedia”, el poema de Dante Alighieri, que parecen guiar las acciones, pasiones y pulsiones de la protagonista y anticipan los pecados de Murias, la aldea gallega donde se desarrolla la historia. Con todo ese valor agregado, esta serie, rodada en lengua gallega, llegó a colocarse como la séptima de habla no inglesa de Netflix más vista en el Reino Unido e Irlanda, y esto creo que habla muy bien de su funcionamiento.

Palabras finales:

La estética como capacidad y la belleza como cualidad visual relativa a las emociones tienen una fuerte presencia, siempre positiva, en la ambientación que proporcionan los disfrutables paisajes naturales gallegos, mientras el juego de subtramas va configurando un escenario final que, si bien no resulta demasiado sorprendente, es coherente con lo sembrado a lo largo del relato y deja satisfecho al espectador. Adicionalmente, los giros en el guion que sazonan una receta simple pero efectiva y una sencillez destacable en los diálogos (mérito poco frecuente) hacen su aporte a la propuesta, consolidando, en conjunto, un nivel de intriga aceptable que conserva el interés del espectador hasta el final.

De A Coruña llega esta protagonista, la teniente de la policía judicial de la Guardia Civil, Rosa Vargas (con la destacada actuación de María Mera), para enfrentarse a su primer caso y abrir muchos frentes, diseccionando con su accionar la moral de la comunidad de Murias, mientras, poco a poco, va exteriorizando que hay otro motivo para su presencia en la villa. Un motivo tan o más importante para ella que la desaparición de la joven Marta, pero esto lo dejo reservado para no spoilear una serie que vale la pena que vean.