La fiera y la fiesta: la nostalgia de los vampiros kitsch

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Laura Amelia Guzmán conoce casi que de casualidad la historia de su tío Jean Louis Jorge, uno de los cineastas de culto más grandes de la República Dominicana.

Emprende, entonces, un viaje de búsqueda por los recovecos de su identidad, investigando vida y espíritu del realizador, contactando a los pocos amigos vivos de su círculo y ojeando aquellos proyectos que su muerte prematura –Jean Louis Jorge fue asesinado en el año 2000– dejó inconclusos.

Es justamente sobre estos proyectos sin terminar que Guzmán se apoya para, junto con Israel Cárdenas, dirigir La fiera y la fiesta.

Aun así, decir que la película es una reconstrucción de los trabajos inconclusos de Jorge –tal como lo enuncia una placa a su comienzo– es quedarse cortísimo.

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Protagonizada por Geraldine Chaplin, La fiera y la fiesta es una mamushka de realidades y ficciones entramadas entre sí tan sutilmente que le permiten al film pasar por delante de nuestros ojos con la naturalidad de lo onírico, dando a la cabeza la diversión de desenmarañar los hilos de la trama, de distinguir qué sucede en la realidad de la diégesis, cuál es la fantasía. No contentos con la meta-película, los realizadores usan los diálogos como anecdotario de lo real, ponen a amigos de Jean Louis a actuar y desentierran material de archivo de los 70, creando una estética preciosa, kitsch y singular.

Vera llega a Santo Domingo vapuleada por la vida, la industria cinematográfica y la muerte de su íntimo amigo Jean Louis Jorge, a quien le dedica, en francés, hondos pensamientos que la película refleja en una voz en off más que acertada.

Vera llega a Santo Domingo con la intención de protagonizar y dirigir “Water Follies”, un guion sobre vampiros y vedetes que Jean Louis escribe antes de su muerte.

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Es en esas circunstancias que se reencuentra con Víctor, el productor, Martín, el director de fotografía (ambos interpretados por los reales amigos y compañeros de equipo de Jorge), y Henry, actor y coreógrafo amigo.

Con ellos se cargará al hombro el proyecto y enfrentará también la incomodidad de la muerte, el olvido y la vejez en escenas de un tinte, quizás, pasado de dramático, pero… ¿acaso no somos los cineastas y los actores gente pasada de dramatismo? Descanso mi caso, Señor Juez, y zanjo que las actuaciones de La fiera y la fiesta van a tono con lo que cuentan.

La belleza de la narrativa se acompaña con la belleza estética del audiovisual. La fotografía vira desde un naturalismo con metida de mano (altos contrastes y colores saturados) a la explosión de las luces de neón en contextos a veces justificados y otras no, creando la atmósfera del terror kitsch que identifica a la película. Esa atmósfera que, podría imaginarse, crearía Jean Louis Jorge de estar vivo hoy.

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A su vez, dichos cambios de iluminación ayudan al efecto mamushka de las ficciones dentro de la ficción que vuelven a La fiera y la fiesta la joya que es.

El clímax se alcanza cuando en medio de la preciosa confusión, de una toma a la otra, el asunto se pone siniestro; la nostalgia pasa a un segundo plano, el vampirismo toma presencia y esta meta-película finaliza con un sabor dulce, místico y humano.

La fiera y la fiesta es el sueño de una noche de verano que corre puro, bello, poético y paranormal frente a nuestros ojos obnubilados por colores y simbolismos. Los paisajes de República Dominicana se vuelven escenario perfecto para homenajear a un realizador muerto, filosofar sobre el cine –el amor al cine, a los lazos que nos crea– y, por qué no, filmar una peli de putas y vampiros.

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