La Quietud

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Antes de ver La Quietud, me puse a pensar en que había visto todas las películas de Pablo Trapero a la fecha. Parece una pavada pero si lo piensan, no deben tener tantos directores respecto de los cuales hayan visto absolutamente todo lo que hicieron, incluso sus cortometrajes. El caso es un poco más extraño aún porque Trapero no me mueve mucho la aguja que digamos; tiene películas excelentes (Nacido y criado, El bonaerense) y otras menos destacables (Elefante blanco, Familia rodante). No podría decir ni por asomo que es un mal cineasta y sería bastante pretensioso si la persona que lo dijera fuera alguien que tiene bastantes problemas para mover una cámara.

El tipo sabe y entiende muchas cosas; el problema pasa por otro lado, radica en una suerte de pose y posicionamiento personal que en los últimos años ha ido ganando más y más presencia en sus películas. Trapero se cree inteligente y necesita demostrarlo, asume en ese cometido el rol de darles voces a determinados personajes y cree que de esa forma otorga una mirada sincera sobre esos sujetos. Una suerte de delirio mesiánico en el que muchos directores en la historia del cine, casi todos, suelen caer.

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En esa intención de trascender, sus películas pasan a ser más estilísticas que estéticas. Se fuerzan las interpretaciones, los personajes, las situaciones y se abandona por completo la puesta al servicio de lo que necesita la narración. Se transforma todo en un ejercicio de egocentrismo en el que un ser superior asume la decisión de venir a contarnos cómo son las cosas en una villa o en los submundos de la escena criminal. Por otro lado, se glorifica la crudeza de la marginalidad como un aspecto noble y mítico, despojado de cualquier elemento político. En definitiva, se banalizan los males. Esto ocurre de un modo sutil en Leonera y, de forma más grosera, en Carancho; Elefante Blanco; El clan y, por supuesto, en La quietud.

La película cuenta la historia de dos hermanas con una peculiar relación (Martina Guzmán y Bérénice Bejo) que se reencuentran luego de que su padre sufriera un ACV. La familia pasó un tiempo en Francia en los 80 y, al regresar, una de las hermanas decidió quedarse en París mientras que la más joven volvió a la Argentina y se quedó viviendo con sus padres. El accidente de su padre ocurre mientras él está declarando en el marco de una causa por delitos de lesa humanidad y será el detonante de una comedia negra y grotesca que explorará el pasado de la familia al mejor estilo de una obra de Gregorio de Laferrere.

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El principal problema de la película es que no funciona como comedia, todo desborda solemnidad. A diferencia de Desearás al hombre de tu hermana, filme con el que tiene varios puntos e intenciones en común, La quietud se toma todo muy en serio. La relación entre las hermanas, el vínculo con su madre y sus parejas, todo aparece impregnado de una seriedad que le quita la gracia a lo absurdo. No hace reír casi nunca, no emociona, no se entiende qué quiere decir, todo es un capricho. Eso sí, con mucho dramatismo.

Desde lo técnico, sacando un plano secuencia maravilloso cerca del final, la película parece apurada y filmada para cumplir con un guion técnico bastante convencional. Conversaciones en plano y contraplano, sin demasiada justificación en los cortes o intenciones dramáticas en ellos. En muchos aspectos parece un trabajo hecho por encargo.

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Las interpretaciones también son problemáticas. El personaje de la madre, que interpreta la gran Graciela Borges, está todo el tiempo desbordado y fuera de registro, todo lo que hace bien Andrea Frigerio en Desearás… acá se hace mal y no es un tema de la intérprete. Sin lugar a dudas, es una más de las tantas decisiones erráticas que toma Trapero al momento de confeccionar un pastiche que tiene más intenciones que aciertos. Lo mismo ocurre con Bérénice Bejo, que parece estar casteada únicamente para bancar la coproducción. No tiene una buena dicción en español y se nota demasiado, en algún momento previo al rodaje o durante su transcurso al parecer se dieron cuenta de esto y, en vez de tomar la decisión de doblar al personaje, optaron por limitar al mínimo posible sus diálogos. La que sale más airosa del trío protagónico es Martina Guzmán, que parece ser la única que entendió del todo la idea y el tono de su personaje, es creíble y tiene las mejores escenas.

No me interesa profundizar en la subtrama política. Todo los demás aspectos técnicos y narrativos del film lucen tan apurados y a medio hacer que no es necesario ahondar demasiado en lo burdo, caprichoso y banal que es la incorporación que hace el realizador de los crímenes cometidos por la última dictadura militar en nuestro país al relato. De hecho, todo en la película está tan diluido, que ese elemento casi no tiene ninguna relevancia dramática.

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Si La quietud es una decepción y la película más olvidable en la filmografía de Trapero no es por los reparos narrativos e ideológicos que uno pueda tener. A toda esa cuestión problemática que ya venían padeciendo sus anteriores películas se le suma directamente lo floja que es desde la técnica, lo mal resuelta que está la puesta en escena y lo fuera de registro de las actuaciones, aspectos que Trapero conoce y ha demostrado manejar de forma más que notable en otras oportunidades.

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