13 de noviembre: terror en París

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El viernes 13 de noviembre, ocho personas perpetraron diferentes actos terroristas en París que se sucedieron con diferencia de pocos minutos entre las 9 y 11 horas de la noche. Las primeras explosiones suicidas se dieron en lugares cercanos al Estadio de Francia, continuaron luego con tiroteos y otros actos kamikazes en distintos bares. Finalmente, un grupo ingresó al teatro Bataclan, donde la banda de metal Eagle of Death Metal estaba tocando esa noche. Fusilaron a más de ochenta personas, tomaron rehenes, para finalmente detonar bombas suicidas que llevaban en sus cuerpos cuando la policía había ingresado al lugar.

Estos hechos son reconstruidos en el documental 13 de noviembre: terror en París (que estrenó el 1° de junio en Netflix), a través de relatos de víctimas de los distintos atentados, de forma cronológica pero con la espontaneidad que cada unx de ellxs elige para contarlos. Los relatos se complementan con algunas imágenes reales, tanto de las noticias como de celulares particulares que recogieron lxs ciudadanos en el momento. No hay relatores externos a los atentados; todas las personas que hablan estuvieron presentes, de alguna manera u otra. Desde aquellas que sintieron las detonaciones a pocos metros suyos, quienes estuvieron encerrados en el Bataclan, los bomberos que actuaron en el lugar de los hechos, hasta los funcionarios que estaban al mando como el presidente de la República, el ministro del Interior y la alcaldesa de París.

La narrativa del documental, dividido en tres capítulos de cincuenta minutos cada uno aproximadamente, es simple y austera. No hay grandes efectos y la música es olvidable. Los relatos son los que apuntan a generar todas las emociones, en especial, la transmisión del dolor de las víctimas. Tampoco hay menciones al contexto político, la pertenencia de los terroristas a organizaciones ligadas a la yihad o la vinculación de Francia con ataques a países islámicos.

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El documental se centra solo en la perspectiva de la historia de quienes sufrieron los ataques ese día, sea quienes estuvieron en los lugares o quienes ayudaron. Podría decirse que la premisa de la película parte de la pregunta: ¿te acordás qué estabas haciendo ese día a esa hora?

A partir de esto, se construye el relato de aquellas personas comunes que salieron un viernes a ver un partido de fútbol, a tomar algo con amigxs o a escuchar a una banda de rock y se vieron inmersas en una situación extraordinaria. Una de ellas cuenta que esa mañana había enviado mensajes a sus amigxs para ir a ver la banda de metal, que decían “do you wanna rock?” (¿quieren rockear?). A pesar de las diferencias, todxs coinciden en ciertos aspectos de esa noche, especialmente en los aspectos sensoriales, que nos ayudan a recrear parte de la escena con el mero discurso: la distorsión del tiempo al momento del ataque con frases como “fueron unos segundos pero parecieron horas” o “vi todo en cámara lenta”; los cambios en el sonido, al explicar que, a pesar del caos, no había ruido, “excepto por los gritos de la gente” o “si el infierno tuviera un sonido sería el de una Kalashnikov” y la evocación del recuerdo a través de los olores: ese olor “pólvora mezclado con metal y sangre”.

Con esta mirada acotada y simple, los directores, Jules y Gédéon Naudet (autores también del documental ganador del Emmy 9/11), describen por un lado, lo que vivieron las víctimas durante esas horas, por otro, la sensación que buscan generar los actos terroristas; es decir que las personas comunes sientan miedo en su vida cotidiana, que no se sientan seguras donde sea que estén. Y por último, nuevamente, en base a la mirada de estas víctimas y sobrevivientes, buscan resaltar la resiliencia que ellxs mismos destacan. El poder sobreponerse y continuar con la vida a pesar del trauma generado por las situaciones, como estar a la defensiva o no poder (ni querer) borrar ciertos recuerdos de sus mentes.

Muchos de los relatos coinciden con las palabras pintadas en los muros de París, pocos días después de los atentados: “batida por las olas, pero no hundida”. La alcaldesa cuenta que el sábado siguiente a los atentados, la ciudad estaba vacía y se había “teñido de gris”; sin embargo, al día siguiente, el domingo, muchísimos parisinos salieron a la calle para reivindicar su “estilo de vida”, sin resignarse a dejarlo por el terror implantado. “No podía dejarlos ganar”, dice con seguridad uno de los que perdió a su pareja. “Estamos vivos, ¡carajo!”, expresa otra de las víctimas que se niega a autocompadecerse por respeto a lxs que no volvieron ese día. Una sobreviviente que es madre está conmovida por poder transmitirle a su hijo los valores de compasión y humanidad y expresa que “el amor siempre vence”. Otra persona dice que fue una “experiencia de aprendizaje”; si bien hay quienes pueden irritarse por esa expresión, ella remarca que esa es su realidad, quien no quiera oír su testimonio que no lo haga. Uno de los sobrevivientes habla de las “burbujas de humanidad” que se formaban entre quienes estaban esa noche tratando de salvarse en el teatro Bataclan; son las mismas que vio surgir nuevamente en el primer concierto que volvió a dar la banda que tocaba esa noche, después del atentado.

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Quizás estos dos últimos testimonios sean los que resuman el tono del documental o su recorte narrativo. Los hermanos Naudet no hacen un documental político en el que se exponen ambos lados del conflicto, ni las causas iniciales o las consecuencias posteriores al ataque de política de defensa o internacional de Francia. Tampoco es una película social que hable acerca de los vínculos de la comunidad, previos y posteriores al atentado; ni uno antropológico que busque describir la idiosincrasia de la sociedad parisina; no describe perfiles de lxs ciudadanos que profesan diferentes religiones, ni de lxs inmigrantes. En suma, el documental cuenta, a través de miradas particulares, un pedazo de historia. Un pedacito.

La mañana siguiente a los atentados de París, en Bariloche, una persona llevó a una chica que “hacía dedo” en la ruta, en su auto. La mujer en cuestión era parisina y, cuando se le preguntó acerca de lo sucedido en su ciudad, hizo referencia directa a la responsabilidad del gobierno de Hollande por haberse involucrado en la guerra contra países islámicos.

Ese tipo de testimonios no aparecen en el documental. Quizás si esa mujer hubiera estado presente en uno de los bares, hubiera terminado hablando de “burbujas de humanidad” o del triunfo del amor. Quizás siguiera responsabilizando al gobierno. No lo sabemos. Sin embargo, los directores eligen esos testimonios y no otros para pintar el cuadro pero, tal como dice una de las sobrevivientes, “si a alguien le irrita mi testimonio, que no lo escuche”. 13 de noviembre: terror en París es un documental dedicado a las víctimas de ese día. Eso resume quién es el emisor y quién el receptor del mensaje.

Entendiendo el mensaje y tono de la película, que apunta a lo “humanitario” y no a lo político, quizás se le pueda pedir una mirada más global dentro de ese humanitarismo.

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En una entrevista de un medio alemán, le preguntaron al Dalai Lama acerca de su postura ante los atentados en París y se refirió a la frase que se había hecho tendencia por esos días: “Recen por París”, diciendo que no podemos resolver estos problemas a través de las plegarias. “Yo soy budista y creo en la oración. Pero los seres humanos hemos creado este problema y ahora le pedimos a Dios que lo resuelva. Es ilógico. Dios diría: soluciónenlo ustedes mismos porque ustedes lo crearon en primer lugar”. Agregó “Necesitamos promover de manera sistemática los valores humanos de unidad y armonía (…) entonces, trabajemos por la paz dentro de nuestras familias y sociedades y no esperemos la ayuda de Dios, Buda o los gobiernos”.

A diferencia de la “burbuja de humanidad”, ese mensaje apunta a un valor humano total, de unidad, que involucra a todxs y nos hace cargo a cada unx de lo que nos toca, desde el lugar en el que nos encontremos; a través de valores pero sin dejar de reconocer que es un problema que nos implica como responsables también.

Mirándola desde esta perspectiva, podríamos decir que, 13 de noviembre: terror en París, tiene una visión acotada para quienes, sin buscar necesariamente un análisis integral de los acontecimientos, quieran encontrar un mensaje más amplio.

No obstante, el documental se destaca por rescatar los aspectos positivos de la experiencia y por atraparnos con algo tan simple como la narración de algunas pocas personas, acompañada por imágenes que, a diferencia de cierto tipo de documentales, no son efectistas. Las palabras de quienes vivieron eso en primera persona tienen suficiente drama y grafican de buena manera los hechos, dándoles un agregado especial gracias a su espontaneidad. Esta elección hace que el documental, cuyas tres partes se entrelazan de manera perfecta, tenga un tono íntimo que transmite una sensación de cercanía.

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