The French Dispatch: qué viva para siempre el arte de contar

Y Wes lo hizo de nuevo. Tres años después de su film precedente, The Isle of Dogs, ha llegado con otra película –esta vez live action– The French Dispatch.

En un pequeño paréntesis de conciencia, hago presente mi voz en primera persona para contar un par de cosas: en un primer borrador de este artículo, me sorprende la ausencia de nominaciones para Wes Anderson, The French Dispatch y sus actores en estos próximos Golden Globes y en lo que por ahora se conoce de los Óscar. No porque sea muy adepta ni porque me interesen demasiado los premios en general, sino porque es una situación difícil de ignorar, siendo que cuando hablamos de Wes estamos, por supuesto, hablando de cine de autor, pero también de tanques, de películas que gastan, venden y ganan.

Mi hipótesis sobre esta situación es la siguiente: puede ser que, para algunos, la película sea un poco rara. Tanto desde su modelo de narración no hegemónica como en comparación a los anteriores trabajos del director, y quizás sea eso lo que hace que no se la tenga en cuenta esta vez.

Quizás con un poco menos de hype que otros estrenos del director, de todos modos la crítica y los espectadores parecían concordar en su agrado general por el film. Esto sigue en parte siendo así, pero no del todo.

Tres breves asuntos para remarcar: primero, a mí, la película no me pareció buena; me pareció excelente. Segundo, han llegado a mis ojos varias críticas argentinas y extranjeras que vuelven más fuerte mi hipótesis y que, además, han herido lo más profundo de mi corazón. Dicho dolor me obliga a tomar la ofensa como personal en una eterna batalla contra la idiotez del otro.

Tercero y último: teniendo en cuenta los dos puntos previos en amalgama con el tema de la película vista, me parece importante escribir sin tapujos y con todo corazón. Porque la última de Wes Anderson no es sino una oda a la escritura, a las historias y al periodismo.

Pero, por favor, no quiero ahuyentarlo querido lector, solo me he desviado por un poco de contexto. A partir de ahora comienza, de forma totalmente convencional, lo que usted vino a buscar. Una crítica de The French Dispatch.

The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun es el suplemento francés de un periódico estadounidense en el que se habla de arte, de cocina, de turismo, de sociedad, de política, de mundo. Mucho se habla de la comparación –tácita y explícita– con The New Yorker pero la verdad es que estamos ante un formato de revista que es más que común. Para poner un ejemplo local, podríamos habar de Radar, el suplemento del Página 12, creado por las brillantes manos de Juan Forn. O de un montón de publicaciones más a lo largo de todo el mundo y toda la historia. La verdad, incluso en un mundo en el que la publicación y el consumo de estos formatos mengua, el concepto es muy entendible.

Volviendo a la ficción, el creador de The French Dispatch fue Arthur Howitzer Jr., hijo del dueño del Liberty Kansas Evening Sun, que se radicó en Francia en su juventud y decidió fundar el anexo con un montón de otros expatriados.

Décadas y éxitos después, Howitzer falleció de un repentino ataque cardíaco, y su testamento es estricto: a partir de ese momento, The French Dispatch deberá preparar un último número antes de cerrar de forma permanente. Este número incluirá la republicación de artículos de previos números y un epílogo de finalización.

Con este pie comienza la película que, dividida en capítulos, funciona además de relato coral como antología de crónicas ficticias. Un recorrido por la ficticia ciudad que acoge a la editorial; un preso que pinta cuadros abstractos del desnudo de una guarda y un marchante de arte que lo descubre y lanza al estrellato; el romance entre una periodista y un líder de revuelta estudiantil que no hace más que jugar al ajedrez y escribir un manifiesto, pero que se convertirá en mártir; una cena gourmet en la estación de policía local que se transforma en la epopeya de resolver un secuestro. Cada uno de estos sucesos unidos entre sí por nada más que haber pertenecido a la redacción del mismo diario.

Las elecciones de dirección de la película son de carácter fuerte e intensas como siempre. Pero, incluso desde el guion, empiezan a verse algunas sutiles diferencias con respecto a los otros trabajos del director.

Es interesante el principio utilizado como gatillo para mostrar las historias. Wes Anderson elige trabajar con la voz en off como tantas otras veces y utiliza el recurso del libro en cuadro, cuales páginas omniscientes en las que se imprime tal discurso. Pero en vez de quedarse con esas dos nociones de siempre, añade un detalle nuevo: cada crónica que comienza a visualizarse es en realidad un flashback a un momento en el cual el escritor cuenta la crónica. Esta justificación añade una capa más a la línea dramática y condimenta de forma justa el ya clásico recurso del director.

Con respecto a la estética, esta cuestión del estilo clásico madurado también está presente. Ya no hay un abuso de la exageración del sí mismo –que por más bella y elocuente que sea sigue siendo un poco sátira–, sino una elección equilibrada, que mantiene lo inconfundible del realizador pero pule fino los bordes que quedaban ásperos.

El predominio de blanco y negro es ideal para remarcar esto. No más encanto en colores pastel, no más perderse en una imagen hechizada de cuento de hadas solo porque sí, no más relevar la atención del texto al artificio. El color, en los tonos de siempre, aparecerá cuando sea necesario que aparezca y la decisión no tendrá que ver con una serie de reglas paramétricas, sino con una necesidad dramática y en transiciones tan sutiles que pueden hasta parecer caprichosas, pero que una visión aguzada descubre que no lo son.

Los encuadres pictóricos son cada vez menos reminiscentes del dibujo animado y evocan cada vez más a un museo de bellas artes en sus composiciones intrincadas pero balanceadas con la belleza.

El arte, inefable como de costumbre, no hace aguas a la hora de efectuar su siempre tan creíble y necesaria parte del worldbuilding de Wes.

Y no hago referencia a ningún tipo de naturalización en la puesta: el estilo de Anderson es y será intrínsecamente artificial. Las manos del titiritero son parte de la obra y su importancia es vital, y por supuesto que el titiritero jamás permitiría que los niños del público lo olvidemos. Además, dicen presente los paneos y zooms, la dirección de actores un poquito Ed Wood un poquito Fellini –toda cuerpo, toda drama–, los angulares a la cara y la elección de planos y cortes que no siguen quizás las progresiones más clásicas del medio. Pero todo es más fino.

Dichos planos, dichos cortes, la manera en la que Anderson puede manejar el lenguaje cinematográfico sin perder esencia, pero volviendo su arte cada vez más refinado, son planos que un fanático seguirá adorando, pero contra los que un detractor no podrá embestir jamás. Es cine. Puro cine como el que hacían los maestros, como el que está en los libros de aquellos a los que además de artistas hay que llamarlos artesanos, porque, aunque con mucha más rimbombancia, Wes Anderson hace un cine que puede hermanarse al de Sidney Lumet o al de Alfred Hitchcock en su técnica y su manualidad.

Y el que crea que la palabra artesano es denigrante es porque es un snob. Lamentablemente no se puede, ni siquiera si se quisiera, suavizar estas palabras.

Muchos juzgan a The French Dispatch de ser una exposición de virtuosismos inconexos. Son los mismos que la acusan de ser dos cortos y tres medios combinados de forma azarosa para que el director pudiese despachar sus ideas sin tener que pensar realmente un largometraje. Se equivocan.

The French Dispatch no descansa en el hilo conector de sus capítulos porque no lo necesita. No hay por qué ni para qué.

El personaje de quienes escriben se construye por las historias que cuentan. La figura del director se construye a partir de cómo interactúa con las notas y su staff. El espíritu de la revista se construye por las crónicas que compila.

Es el arte de conectar contando. De las historias narradas, escritas o filmadas. De encontrar la constante que vuelve todo a los fragmentos. Es el arte del contar.