Reseña: Dear White People Season III

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Hace unos días, en mi reseña de Glow dije que aquella serie está en un hipotético top de series originales de Netflix. Otra de las series que entra, pero con un margen menor, sin duda es Dear White People. La tercera temporada, sin embargo, con ausencia de un hilo conductor claro, baja unos puntos su nivel y nos deja preguntando si el mensaje urgente era más relevante que lo construido a lo largo de dos temporadas brillantes.

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Justin Simien, creador de la serie y probablemente “Lionel”, es una suerte de Sam Esmail (el creador de Mr. Robot) para Dear White People. Omnipresente en el guion y en buena parte de la dirección (y la fotografía que es superlativa), maneja con gran destreza lo que quiere hacer con los personajes que creó para una película y terminó extrapolando a una serie. Cada uno es, en parte, una vertiente ideológica exagerada (y por supuesto, en casos, burlesca) y contemporánea de EE. UU.

En el último capítulo de la temporada se nos hace evidente que la posición ideológica de Simien, para variar con los escritores de series yankees, es más cercana al nihilismo que a lo que parecía proponer en temporadas anteriores. Se nota que sigue siendo complejo jugársela a pleno y tal vez ese camino sea el que la sociedad americana está más dispuesta a aceptar. Pasa en Mr. Robot (no hice la comparación por nada), pasa en Los Simpsons, y hasta en Rick & Morty o incluso en 13 Reasons Why o la excelente The Society.

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Los que desafían al sistema proponiendo otro del todo distinto son mostrados casi siempre como personajes obsesivos, gritones e intensos al punto de ser insufribles para el resto. Y es lo que sucede medianamente en la línea argumental de Gabe, que es una de las más interesantes de la serie (aunque no la que genera más intriga).

La tercera temporada arranca después de donde nos había dejado el inmenso cliffhanger de la segunda. Sam y Lionel están en el campanario con el representante de la Orden X, el ¿club? secreto de Winchester. El hombre parece desvariar a los ojos del dúo, que en cinco minutos se lo sacan de encima y tiran por la borda, al menos de forma momentánea, todo el hype construido en base a esta trama.

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En un chiste que repiten dos veces en el mismo capítulo, “parece que estuviéramos en la tercera temporada de una serie de Netflix”, los protagonistas nos dan a entender que en este tramo de la serie van a poner al Falcon en GNC. Y eso es lo que sucede. La comunidad negra de Winchester enfrenta la disgregación porque cada uno –y sobre todo los cabecillas del movimiento– está bastante en la suya. Troy aliado con los blancos rancios de “Pastiche”, la revista humorística de la universidad. Sam con su tesis documental. Y Reggie ayudando a su héroe, el profesor Moses Brown (Blair Underwood) con el desarrollo de una app. El personaje de Brown es lo más excitante de la serie porque es el que propone un muy complejo laberinto ideológico a sus alumnos. Un profesor de izquierda, que apoya a sus alumnos y los incita a organizarse y a actuar pero que ha sido acusado de propasarse con una alumna. Este debate no se termina de resolver y no es lo único inquietante de Brown, que aparte parece ser parte de la Orden X.

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Las diferentes tramas confluyen en algún sector, siendo las de Joelle y la de Coco –que es un personaje genial y que no deberían descuidar– las más endebles y con conflictos más mundanos pero no por ello menos interesantes. No obstante, son las que parecen sufrir más la falta de un hilo claro, entonces sus tramas ocurren por cercanía a otros personajes (Muffy y Reggie). Termina siendo un subproducto negativo que se arrastra de las temporadas anteriores donde cada capítulo se centraba en un único personaje, tendencia que se eliminó en esta temporada aunque cada episodio tenga de alguna manera una referencia.

Repito, cada personaje está bastante en la suya y no hay un conflicto evidente, sino varios que se intercalan. No parece bien manejado.

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Mad Men, menos clara desde lo ideológico (o cero clara), ha sabido coordinar las tramas en un punto difuso común desde el inicio de cada temporada porque a pesar del estilo coral, tiene un protagonista muy por arriba del resto. Dear White People, cuya supuesta protagonista excluyente es Sam, prefirió un camino con más bifurcaciones y, por lo menos en esta temporada, afectó bastante a la narrativa.

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Para los nerdos de la “cinematografía” queda encontrar la toma por episodio donde el DF nos regala una puesta hecha con un “split diopter” (busquen en Twitter ‘split diopter alert’). No es el único recurso cinematográfico que se utiliza a lo largo de la serie. Por el contrario, por momentos, e imagino que a propósito, la serie parece filmada por estudiantes de cine que intentan tirar a la cancha todos los trucos posibles. Pero sale bien, y es muy entretenido de ver y de descubrir.

La tercera temporada de Dear White People pierde un poco el rumbo, más que nada en su ecuador como muchas otras series de Netflix, y aun así, es genial y superior a bastante de lo que hay para ver en cualquier otro lado. Tal vez se están aventurando, buscando dónde encallar.

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