Us: Make America Great Again.

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Jordan Peele rompió todo en 2017. Get Out, su ópera prima, era una película de bajo costo para el estándar industrial americano, con actores de televisión (el nombre más resonante era Bradley Whitford, quizá lo tengan de The West Wing o, más reciente, de The Handmaid’s Tale) que llegó a estrenarse en todo el mundo cosechando un éxito inesperado en taquilla y premios.

Al igual que Us, Get Out se estrenó luego de la denominada Season Awards de USA. Esto no impidió que se hablara de la película durante todo el año y que ganara a comienzos de 2018 una tonelada de premios, entre ellos el Oscar a mejor guión original.

Jordan Peele es un actor que proviene del mundo de la comedia, quizá el ecosistema más fructífero y que más ha nutrido a la renovación del cine norteamericano. Es probable que alguno diga que lo sigue desde cemento, es probable también que mienta al respecto, lo cierto es que su figura hasta la salida de su opus uno era prácticamente desconocida y nadie veía en él el potencial que hoy tiene.

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El éxito de Get Out, también fue el reconocimiento para otra de las personas más importantes en el Hollywood actual: Jason Blum, el Roger Corman de nuestra generación, que consiguió su segunda nominación a los Oscars, la primera había sido con Whiplash.

Blumhouse tiene dos o tres lineamientos muy sencillos al momento de producir una película: que valga menos de 10 millones dólares; que la acción se desarrolle en pocas locaciones, si es posible en una o dos; y eliminar cualquier gasto extra sinsentido: actores baratos y lo mínimo e indispensable de fx. Con ese criterio, casi un Moneyball cinematográfico, Jason Blum se asegura en caso de éxito ganar mucho dinero, en un escenario no tan auspicioso ganar poco y, en el más catastrófico de los casos (Jem and the Holograms cof… cof…), perder poca plata.

Si se analiza la factoría Blumhouse no es sorpresivo que en la mayoría de sus películas se traten de producciones de terror. Son, por lo general, las que más personas llevan al cine y en las que menos suelen importarle al espectador promedio y a los mercenarios que las realizan la calidad cinematográfica.

Quizá, como complemento de Blumhouse, es que A24 ha venido a ponerle un manto de decencia audiovisual como sello distintivo a sus películas, con producciones que se manejan con parámetros económicos parecidos a los impuestos por Jason Blum, pero con un enfoque más cuidado, privilegiando lo que podríamos llamar una suerte de “mirada de autor”, un poco menos mercenaria.

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El caso es que Get Out reúne lo mejor que este tipo de películas de bajo costo puede dar: una gran película de terror, muy bien escrita, divertida para el espectador promedio y, además, con grandes muestras del manejo de recursos audiovisuales de puesta en escena y de dirección de actores.

Tan solo con aquellos elementos a Jordan Peele le alcanzó para convertirse en una persona fuerte dentro de la industria actual y, en particular, dentro de la comunidad cinematográfica afroamericana. En muy poco tiempo comenzó a producir películas muy importantes, entre ellas Blackkklansman, y le dieron luz verde a un reboot de la Dimensión Desconocida coordinado por él.

Si Get Out fue suficiente para que Jordan lograra todo esto, yo diría que con Us tendrían que darle las llaves de todo Hollywood y dejarlo hacer lo que quiera.

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Paréntesis antes de entrar en el análisis de la  película. Tuve la suerte de ver el film en el cine Numax de Santiago de Compostela, donde me encontraba de viaje visitando a mi querido amigo Sebastián. Aquella sala, una delicia para los cinéfilos, se encuentra en una hermosa librería. Pequeña pero acogedora, es uno de los lugares más bellos donde pude disfrutar de ver una película, casi como el sueño del propio cine privado. Si alguno que lee esto anda alguna vez por Santiago, le recomiendo mucho la experiencia.

Ahora sí, entrando de lleno en la película la primera toma es la de una niña que se refleja en la televisión. Son los 80’ y todo parece indicar que estaremos frente a un montón de referencias de las que ya estamos cansados. Pues no, grave error. Aquella toma donde la pequeña se mira en el televisor en negro en el que luego se reproducirá un comercial de la campaña Hands Across America es una síntesis y un forshadowing de todo lo que vendrá después. Siempre es bueno recordar lo que dice un querido amigo: los finales de las buenas películas siempre están en su inicio.

La niña va con sus padres a un parque de diversiones, está como perdida. Algo la lleva a una sala de espejos. De repente, se observa a sí misma, pero lo que parece ser su reflejo no lo es. El corte a negro nos trae al presente donde esa niña ahora es una Lupita Nyong’o adulta yéndose de vacaciones con su familia (Winston Duke, Shahadi Wright Joseph y Evan Alex).  De allí en adelante un montón de elementos serán plantados y luego recuperados y resignificados por Peele.

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Suele hablarse en tono despectivo del “guión de hierro” o de la estructura clásica de actos al momento de analizar un film. Yo le diría a toda esa gente que duda sobre la efectividad del método que vea Us. De alguna manera la película es eso. Una estructura de guión clásica aplicada con maestría. Tres actos, detonante, dos puntos de giro, momento oscuro, climax y resolución. Todo pensado y calculado al detalle, como una maquinaria de relojería que hace que lo que va a ocurrir sea inevitable pero aun así nos sorprenda.

Esta sorpresa no está en el “qué”, cualquier espectador avezado podrá adelantar los movimientos en la trama de la película; es el “cómo” lo que hace que la película sea una maravilla. El realizador trabaja un “estilo” de terror, recupera el cuidado en los detalles de las grandes películas de Craven o Carpenter, trabaja esos detalles y hace una amalgama perfecta en la que la ambientación de las locaciones, el vestuario, los objetos con los que se interactúan y la construcción de los personajes se complementan con la elección de los encuadres y los desplazamientos de cámara a la perfección. Una de las cosas que más impresiona de la película es eso: nada parece estar librado al azar, hay una sensación de control que resulta brillante, porque además es narrativa: a un plan tan calculado como el de los antagonistas se le corresponde con una puesta en escena igual de planificada.

No quiero entrar más en la trama, ni develar muchos detalles al respecto, pero hay algunas cuestiones que creo que merecen ser resaltadas. Quien no haya visto la película por favor deje de leer ahora ya que habrá pequeños spoilers de aquí en más.

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A diferencia de Get Out esta película tiene una impronta negra que no viene dada por lo que se cuenta sino por las decisiones políticas que se toman sobre algunos temas. Peele elige poner de protagonista a una familia negra en una historia que le podría pasar a cualquier familia (de hecho le sucede al matrimonio que interpretan Elisabeth Moss y Tim Heidecker). Esto no tiene un sentido en particular para la trama ni mucho menos, es solo una decisión política. Elige poner protagonistas negros donde podría haber blancos. Decide entonces igualar, va un paso más allá y establece que las películas con negros no son necesariamente aquellas donde la cuestión racial juega un papel fundamental en el desarrollo del relato, también pueden ser historias en la que ellos sean solo los protagonistas y no sean los primeros en morir como idiotas. Más progresista que muchos directores aguerridos y combativos de nuestro cine nacional.

Lo anterior no quita que no haya una mirada social en el film ni mucho menos. Es una película con una subtrama política. Ahora bien, como toda gran subtrama, aparece oculta de la superficie; hay que pensar y escarbar un poco para verla. También es ambigua y requiere discutirla e interpretarla, seguir hablando de la película cuando salimos del cine. Por supuesto, si uno no quiere hacer eso -pensar está un poco fuera de moda en los tiempos que corren- puede ir al cine, disfrutar de una película, asustarse, reírse un poco y después ir a comer una pizza por ahí. No pasa nada, Us también es eso.

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Previo a la secuencia inicial de la película Peele pone en una placa dos frases en la que nos cuenta que existen miles de kilómetros de túneles y caminos subterráneos en Estados Unidos. Un mundo sumergido, inexplorado por la cotidianidad de sus habitantes. De aquellos túneles saldrán los malvados Doppelgängers.

Por eso es que Us también se podría llamar U.S (United States) y tendría mucho sentido. La película se desarrolla en los 80’, en pleno neoliberalimo reaganiano y en la actualidad en pleno gobierno de Trump, luego de la crisis de 2008 y la quiebra de Detroit. Sí, la quiebra literal del símbolo industrial más importante que supo tener el país del norte. Miles de personas desempleadas, miles de personas viviendo en la calle, aplicaciones por las cuales les pagamos a otros para que nos vayan a buscar pedaleando rápido un café o un Bigmac. Todo eso dice algo de nosotros, de Us y de U.S. La misma Lupita, en uno de sus personajes lo confiesa cuando Gabe (Winston Duke), asustado, le pregunta What are you guys? y ella contesta We are Americans.

Zygmunt Bauman al momento de analizar las ferias caridad en su libro Trabajo, consumismo y nuevos pobres sostiene lo siguiente: “(…) Pero no es posible reprimir por completo el impulso moral; en consecuencia, la expulsión del mundo de toda obligación moral nunca puede ser completa. Aunque se silencie a las conciencias con el continuo bombardeo de informaciones sobre la depravación moral y las inclinaciones delictivas de los pobres sin trabajo, los empecinados residuos del impulso moral encuentran, de tanto en tanto, su vía de escape. Esa salida la proporcionan, por ejemplo, las periódicas “ferias de caridad”, reuniones concurridas pero de corta vida, donde se manifiestan los sentimientos morales contenidos, desencadenadas en esas ocasiones ante el espectáculo de sufrimientos dolorosos y miserias devastadoras. Pero como toda feria y todo carnaval también esas reuniones cumplen la función de vías de escape, eternizando los horrores de la rutina cotidiana. Esas ferias de caridad permiten, en definitiva, que la indiferencia resulte más soportable; fortalecen, en última instancia, las convicciones que justifican el destierro de los pobres de nuestra sociedad (…)”.

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El acto de caridad nace como un acto de disculpas a Dios, es algo que no se hace por el otro si no para uno. Dando lo que me sobra me despojo de lo innecesario y obtengo la paz con con el ser superior. Bauman va un poco más allá, sostiene ya alejado de la cuestión religiosa que la caridad es una pantalla, una suerte de lentes de sol que me permiten tolerar lo que sería intolerable de otra forma: los lentes son para el sol y para la gente que me da asco.

En ambos cálculos el que es “ayudado” no aparece, sigue invisibilizado, se conforma con las migajas de mi vida, con lo poco que este modelo de organización social les deja: conejo crudo y camas frías.

¿Qué pasaría si se cansaran, si quisieran algo más?.

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