Esto no es un golpe: Una épica de la democracia

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La última película de Sergio Wolf (Viviré con tu recuerdo, El color que cayó del cielo, Yo no sé qué me han hecho tus ojos) se estrenó en el BAFICI en abril de este año y en las salas lo hará en noviembre. Se trata de un documental que explora los hechos sucedidos durante la Semana Santa de 1987, cuando un grupo de militares tomó Campo de Mayo al mando de Aldo Rico en un episodio confuso que osciló entre el alzamiento, el motín y el intento directo de golpe de Estado. La democracia argentina, que llevaba poco más de tres años luego de los oscuros y sangrientos siete de la dictadura militar, vivió un verdadero calvario en esos pocos días en los que se celebra para el catolicismo la muerte y resurrección de su hombre-dios. A la mirada alejada por los años la impacta la analogía religiosa, pareciera haber sido realmente una posible muerte de la joven democracia, que terminó viva contra todo pronóstico. De igual manera, no es lo que la película de Wolf propone, o, en todo caso, si hay una fuerza sobrenatural asociada a la divinidad en esta historia, es la voluntad del pueblo argentino y su presidente por no perder lo recientemente conseguido: la libertad.

El tono épico con que se muestra la gesta del presidente Alfonsín llega al punto máximo con el pueblo argentino que sale espontáneamente a la calle, dispuesto a enfrentarse contra los amotinados de ser necesario. Se une a ese tono uno intimista, hogareño, que muestra a este hombre, en ese momento el más poderoso del país, el presidente Alfonsín, y su enfrentamiento con el otro hombre, el que puso a ese poder en jaque en unos pocos días, el en ese momento teniente coronel Aldo Rico.

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No es casual que el afiche del Esto no es un golpe muestre el rostro de estos dos hombres “cara a cara”. Uno de los desafíos de la película es recuperar la voz de uno de los protagonistas, Raúl Alfonsín, ya fallecido, para hacer contrapeso a la de Aldo Rico, que aparece en un sillón de su casa conversando con el propio Wolf. “No fue un golpe” repite el militar, reforzando la idea guía del documental que muestra que, mientras la democracia argentina era amenazada por un grupo de militares amotinados en Campo de Mayo (los “carapintadas”), era el jefe de estos mismos el que una y otra vez se manifestaba públicamente afirmando que eso no era un golpe (de Estado); de ahí el título de la película. El desafío es doble para recuperar la voz de Alfonsín, no solo porque no tenemos su presencia física sino porque la que ha quedado grabada en los documentos audiovisuales afirma lo mismo que Rico, que eso no había sido un golpe. El material documental de la película es excelente y muy completo, nos permite recordar, revivir o conocer lo que sucedió en esos agitados días.

La mirada de Wolf pregunta a esa afirmación durante toda la película ¿fue o no fue un golpe? El presidente Alfonsín, asegurando que la “casa” estaba en orden luego de obtener la rendición de Rico, dejó un sabor amargo en quienes formaban parte de ese pueblo plantado en la Plaza de Mayo, entre los que se encontraba un joven Wolf. El recorrido por los testimonios que hace el director nos permite, también a él, comprender esas últimas y famosísimas palabras de Alfonsín, dichas luego de las también famosas “Felices Pascuas”. Hay tres cuestiones para pensar aquí, a las que la película hace el espacio necesario. Luego de que Alfonsín cumpliera con su promesa de campaña de juzgar a las Juntas militares por los crímenes cometidos durante la última dictadura, el malestar entre los militares, sobre todo los de bajas jerarquías, fue creciendo. En la pantalla, Rico explica a Wolf y al espectador que “nadie lo paró”, nadie lo detuvo. En las sombras se arma un plan que pone a Rico al mando de la toma de Campo de Mayo. Sus superiores no lo acompañaron, pero tampoco lo frenaron. No era un golpe, pero podría haberlo sido. Supuestamente, los “carapintadas” no iban a rendirse hasta que se cumpliera una serie de demandas que habían escrito en un pliego. Entre ellas, Rico pedía una amnistía a todos los militares (aunque en pantalla diga eso y también lo niegue). Poco tiempo después de ese domingo de Pascua en el que se “resuelve” el conflicto y Rico y sus hombres dejan Campo de Mayo, se ponen en marcha las leyes de Obediencia Debida y Punto final, que desembocarán de forma directa en los indultos de Menem en 1989.

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Esas leyes fueron la gran derrota de Alfonsín y tiñeron amargamente la mirada de quienes lo esperaron ese domingo de Pascua en la Plaza de Mayo. El recorrido que hace Wolf, lento, profundo, detallado, llega a la “casa está en orden” y propone una posible comprensión de esa frase. Alfonsín no solo había juzgado a las Juntas militares a meses de recuperar la democracia, sino que fue el presidente que pidió a un pueblo autoconvocado en la Plaza de Mayo que lo “esperara” mientras se subía a un helicóptero para ir a Campo de Mayo a conversar con el líder de un levantamiento militar armado, amotinado. La actitud es heroica, épica, es el presidente que sube al helicóptero para resolver el problema que angustia a la gente en la Plaza, no para huir. Es el presidente que pone en riesgo su vida y pide que lo esperen, porque está dispuesto a todo para que la Argentina no tenga que perder una gota más de sangre. La heroicidad del jefe de Estado es la justa para la épica del pueblo, que no solo se reunió en la Plaza y esperó, sino que también se agrupó en las afueras de Campo de Mayo y se mostró dispuesto a enfrentarse con los carapintadas armados. En nuestra historia argentina no son muchas las escenas en las que el pueblo y sus representantes se encaminan con valentía a enfrentarse a la amenaza en común. La democracia, en 1987, era un tesoro recién recuperado que no podía volver a perderse. La secuencia emociona.

Pero después de resolver el conflicto, Alfonsín vuelve a la Plaza y le dice a la gente que eso que la había mantenido todos esos días en un nivel de angustia insoportable no había sido un golpe. No fue un golpe, y no lo fue porque Alfonsín tuvo que sacrificar parte de esa democracia épica y renovada que había conseguido la Argentina, tuvo que decretar la Obediencia Debida y el Punto final, y perdonar a Rico y a sus carapintadas. La democracia no volvió a ser lo mismo, los juicios a los militares, sabemos, no pudieron reanudarse sino hasta el kirchnerismo, y Alfonsín dejó el poder antes de terminar su mandato, agobiado por los graves problemas económicos que asolaron su presidencia.

Sin embargo, la película termina ahí, ese domingo. Y termina con Sergio Wolf “que comprende” las palabras que lo decepcionaron treinta y un años atrás en la Plaza, la decisión que Alfonsín había tomado, esa decisión que fue básicamente conservar una democracia fallida antes que perderla. Y si bien la película nos hace escuchar a Rico y su versión de los hechos, la negación de sus verdaderas intenciones: “no fue un golpe”, la voz que verdaderamente oímos es la de Raúl Alfonsín, desde el más allá de la historia. “Esto no es un golpe” porque el pueblo y yo lo evitamos, pareciera decir.

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La película emociona, los testimonios de los actores reales de esa Semana Santa casi trágica (no hubo muertos, heridos, enfrentamientos armados) despiertan en los espectadores que conocemos la historia argentina bronca, admiración, y hasta risa. La mirada de Wolf logra humanizar hasta a Aldo Rico, y eso es una virtud a la hora de contar una historia desde ese deseo de que “se escuchen todas las versiones”. La presencia de la cámara en los espacios vacíos hoy pero que estuvieron ocupados por los protagonistas de los hechos, la banda de sonido sobria que acompaña, la narración y puesta en contexto con la voz en off de Wolf, con su tono parsimonioso y explicativo, hacen del film de 120 una pieza muy disfrutable. La cámara nos permite esa intimidad en los espacios de la Casa Rosada y Campo de Mayo, que también aparecen en escena como maquetas, cuyas miniaturas nos hacen pensar en la posibilidad de analizar objetivamente los hechos de nuestra historia.

La película pregunta, y yo creo que responde, y responde con esa voz lejana de ese presidente que fue y volvió a la Plaza para garantizarle al pueblo que no había “sangre en la Argentina”. Si no fue un golpe, fue por la épica de la democracia.

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