Nunca nadie se arrepiente de ser valiente: sobre Luis Miguel, la serie

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Desde hace algunos meses me invitaron a realizar una columna semanal sobre cine y series en una radio amiga. Es un trabajo un poco engorroso si no te dedicás a eso de forma exclusiva dado que se complica ver una gran cantidad de películas por semana y seguir qué es lo que está pasando en la televisión y en las plataformas digitales. Lo bueno de aquella tarea es que me obliga a tener que hacer ese ejercicio. Más que un realizador yo soy un cinéfilo, me gusta hacer películas casi tanto como me gusta verlas, analizarlas y escribir sobre ellas. Esto me lleva a un segundo punto: el prejuicio del especialista. Ya lo hemos comentado aquí varias veces, en el mundo del cine existe una gran sobredimensión de la academia, hay un cine que se enseña, un cine que está bien. También está lo otro, lo que está mal, lo que es despreciable. Esto, si bien es muy característico de nuestro microclima por supuesto no es exclusivo, la lucha antagónica entre lo “popular” y lo “correcto” ha sido moneda corriente a lo largo de la historia del arte.

En esta revista tenemos una postura tomada desde su fundación: Todo es objeto de análisis. De Godard a McTiernan, de Ozu a Cameron. Es con esa filosofía que puedo escribir este artículo y decirle a todos nuestros lectores sin ningún tapujo que Luis Miguel, la serie es el unitario del año.

Cuando hace meses se estaba por estrenar, había visto los trailers y las imágenes previas. Esperaba lo peor. Cuando tuve que comentarla en la columna de la radio debo decir que no imaginaba nada bueno. Es sabido que no todo lo que hace Netflix es bueno, menos que menos en nuestro continente (recuerden la experiencia local de “Edha”, intenten no vomitar mientras lo hacen) y la verdad que la vida de Luis Miguel a un fanático de los Ramones no podría interesarle menos. Bueno, nunca estuve tan equivocado en mi vida.

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Es cierto que a veces el fanatismo desmedido no tiene demasiada explicación. Vivimos en un mundo donde las redes sociales intensifican y exageran todo. Todas las semanas se estrena la mejor película del año y la gente explota de odio o emoción por todos lados. No es el caso, el éxito desmedido de la serie de Luis Miguel tiene explicación y son todos méritos audiovisuales.

Veamos:

La dirige casi en su totalidad Humberto Hinojosa Ozcariz, un ignoto por fuera de méxico pero un auspicioso director local. Su primera película, “Oveja Negra”, como sucede casi siempre fue una suerte hit indie a partir del cual desarrolló una carrera al interior del cine industrial, con películas flojas de papeles en los guiones pero con un gran despliegue visual. Hinojosa demuestra entonces ser un artesano, alguien que sabe lo que hace, con mucha destreza para acomodar la puesta en escena de la mejor manera al servicio del guión, que en este caso es infalible.

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Desde ahí en adelante el resto de las decisiones son magistrales. Si hay que tomar una lección del maestro americano de las biopics y la construcción de personajes, Aaron Sorkin, creo que es la siguiente: la mejor manera de contar personas reales es tomando como eje dramático una contradicción universal y fundamental en su vida y exprimirla al extremo. Por ejemplo, en “Red Social” se nos cuenta la historia de una persona incapaz de mantener cualquier vínculo social que termina creando la herramienta que más personas conecta en el mundo actual; o en Jobs, donde vemos cómo una de las mentes más revolucionarias de la tecnología en realidad estaba más inmiscuido en los vínculos humanos. En el caso de Luis Miguel, la serie, una de las claves del éxito radica en que se establece algo similar. El argumento toma como eje la historia de un hombre que tiene casi todo pero que le falta lo único que quiere en realidad: una familia.

Con esa premisa la serie establece una estrategia de estructura dramática que organiza todo la historia. Con seis años de diferencia entre cada momento, se establecen dos líneas temporales: 1981, con un Luis Miguel niño y el comienzo de su carrera y 1987 con un Luismi adolescente cercano a cumplir los 18 años, momento que sería fundamental para él dado que se alejaría de su padre como manager. Por último, hay un tercer momento que solo vemos al comienzo del primer episodio y que será el punto final del recorrido de esta primera temporada, el año 1992 donde un ya consagrado cantante está a punto de dar un show en Asunción cuando es anoticiado de que su padre se encuentra enfermo de modo terminal. Bajo esta premisa con el correr de los 13 episodios, como si fuese un racconto, las dos líneas de tiempo irán avanzando hasta cruzarse, la línea de 1981 avanzará hasta 1986, mientras que la de 1987 irá creciendo hasta encontrarse con la primera escena del capítulo inicial, para luego avanzar apenas un poco más en la trama. Esta estrategia es sumamente efectiva desde lo narrativo.  En una suerte de relato con estructura Lostiana, cada capítulo funciona como un efectivo ida y vuelta en el que a través de vivencias del pasado se nos explica el comportamiento del protagonista en el presente.

Esto me lleva a de forma obligada a hablar de otro gran elemento que posee el programa: la construcción de los personajes. Todos los intérpretes están al servicio del argumento y tienen un nivel de complejidad en su armado que los hace creíbles y entrañables.

las mejores fotos de Luis Miguel la Serie

Diego Boneta, protagonista indiscutido de la serie, hace un trabajo de interpretación y caracterización tan bueno que logra hacernos olvidar que no se parece en nada al verdadero Luis Miguel. Por su parte, las dos versiones jóvenes del cantante, Izan Llunas y Luis de la Rosa, tienen un parecido que asusta. Mérito doble tienen Llunas y Boneta dado que ambos cantan imitando de forma notable al Sol de México, quien se negó a que se hiciera playback con su voz original. Un dato de color aquí es que el niño al parecer lleva el canto en los genes, dado que es el nieto del famoso cantante español Dyango.

El catalán Óscar Jaenada se lleva todas las ovaciones dándole vida al villano del año: Luis Rey, el padre de nuestro protagonista. Jaenada se encarga de construir un personaje brillante, malo como él solo pero con los matices suficientes como para no caer en un cliché insoportable. Junto a Boneta logran construir de gran manera el conflicto principal de la serie entre un padre abusador y machista y su hijo, víctima de un sinfín de malos tratos que lo marcarán de por vida.

Entre los secundarios se destacan de sobremanera los argentinos César Bordón y César Santa Ana, quienes dan vida a Hugo López y Alex McCluskey respectivamente, los managers de Mickey luego de que este abandonara a su padre. En el caso de Bordón hay que destacar que tiene muchas de las mejores escenas de la serie y una frase que resume de alguna manera el concepto de todo el programa y que ilustra esta nota: nunca nadie se arrepiente de ser valiente.

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Para finalizar, el elefante la habitación, Anna Favella, la actriz italiana que da vida a Marcela Basteri la madre del Sol de México cuya desaparición y posterior búsqueda serán el misterio y principal conflicto que atravesará toda la primera temporada. La construcción de este personaje y su desarrollo es maravilloso. Favella interpreta a una madre enamorada de un hijo por el que soporta todos los abusos que le propina su esposo hasta que, de un día para el otro, desaparece. Los flashbacks y los saltos temporales no hacen más que explicar esa ausencia inicialmente incomprensible. El misterio es llevado capítulo a capítulo con tanta maestría que desafía la propia realidad, generando en los espectadores una esperanza de resolución imposible.

En este sentido, otro de los méritos del programa aparece en su propia autoconsciencia. La serie sabe que es un producto de ficción y no le tiembla el pulso al momento de alejarse de la historia real y construir su propio universo. La vida de Luis Miguel pasa a ser secundaria, los conflictos se vuelven universales y deja de importarnos demasiado si conocemos o no a quienes aparecen representados en la pantalla. Insisto la vida Mickey no podría importarme menos y así y todo la narración audiovisual es perfecta. Paradójicamente se plantan de vez en cuando hechos reales o que se presumen reales a modo de easter eggs que generan un atractivo adicional a la trama (recordarán por ejemplo la presunta aparición en la serie de un joven Alejandro González Iñárritu). Lo anterior se refuerza desde lo técnico, donde el diseño de producción es impecable. Las diferentes etapas en la vida del Sol de México son ambientadas con mucho detalle y se evidencia un esfuerzo gigante por recrear a la perfección entrevistas, videoclips y momentos públicos registrados de la vida del cantante. El nivel de detalle es tan alto que cuesta por momentos diferenciar las cosas que son aditivos de la historia real y aquellos sucesos que ocurrieron de verdad. Si buscan en internet encontrarán comparativas que son brillantes, mencionaré aquí solo dos de tantas: primero una entrevista que le hace Verónica Castro a Luismi en su programa donde de prepo lo comunican con su hermano Alex y luego una secuencia en Argentina en la que un Mickey adolescente sube a su madre al escenario para dedicarle una canción.

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En definitiva, Luis Miguel, la serie logra alejarse de la parodia, del lugar común e incluso del personaje que retrata. Intenta y consigue en todo momento ser una pieza audiovisual autosuficiente, que no hace más que relatar con una maestría envidiable la vida de un chico que tiene todo excepto lo que quiere o, mejor dicho, a quien quiere. Se transforma en consecuencia en un relato tradicional sobre qué significa ser exitoso y cómo la fama y sus beneficios no son nada si no se tiene con quien compartirlo. Esto claro está que es cliché y muy trillado, aunque no por eso menos efectivo y disfrutable, más aún cuando detrás hay un trabajo audiovisual brillante. No por nada existe esa famosa frase que dice que siempre contamos las mismas historias.

Me gustaría hacer una salvedad sobre la última escena de la temporada. No planeo aquí spoilear, pero sí creo que es necesario detectar un detalle: es obvio que la serie terminaba de otra forma y ese final se cambió cuando todo se convirtió en un éxito inesperado. Se nota mucho, tanto que en el contraste entre el resto de los episodios y esa escena la torpeza es notable. Está mal resuelta, con un cliffhanger de dudosa procedencia. Es inexorable luego del último capítulo la llegada de una segunda temporada. Es muy probable que todo esto hermoso que se ha construido se arruine entonces. Por más fe que uno pueda depositar estas cosas suelen ser una única bala de plata, pregúntenle a los creadores de 13 Reasons Why si no me creen. De igual manera no nos amarguemos de forma anticipada, disfrutemos mientras podamos que estamos ante la serie del año, les doy mi palabra de honor.

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