The Crown

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 Mientras lloras la muerte de tu padre,
tendrás que llorar la muerte de otra persona:
Elizabeth Mountbatten,
porque ahora ella ha sido
reemplazada por la Reina Elizabeth
(La Reina María en The Crown)

 

Siempre gana la corona

A pocos días de la boda real de Harry, el nieto más joven de la actual monarca, Elizabeth II, vuelve a destacarse el alto perfil de las familias nobles de Europa y, en especial, la del Reino Unido, sobre la cual se ha escrito y filmado más que sobre ninguna otra, lo que da cuenta no solo la intención de fortaleza que ha tenido este país imperial sino también la atinada estrategia de supervivencia que esta familia en particular ha tenido, para mantenerse a flote en su propia tierra, a pesar del triunfo de los movimientos independentistas de sus colonias, tras el fin de la era victoriana.

Esta estrategia implica haber sabido mutar de la imagen “aurática” de la familia real a una más mediática y conveniente para conquistar los corazones y simpatía de sus súbditos.

En la línea de aprovechar la comercialización de la vida de la realeza más contemporánea se enmarca The Crown, una de las series originales de Netflix que más se disfruta, tanto a nivel visual, como en el guion, que muestra con la misma intensidad los conflictos del reino y los de la familia.

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No es casual que esta producción, que comenzó en 2016, destaque el nombre de “la corona” y no de la “Reina”, ya que, la primera sobrevive a la segunda. De hecho, la primera frase que se pronuncia ante la muerte de un rey es “larga vida al rey”. Si bien esta historia comienza con la muerte de George VI y la consecuente llegada al trono de su hija Elizabeth, por lo que la historia se centra, principalmente en su vida y reinado, la elección del título enfatiza la idea de que el rol del/la soberano/a está por sobre la persona.

La frase de la abuela de Elizabeth ante la muerte del rey George VI marca la principal regla para sostener la corona. No hay deseo individual ni capricho que pueda primar por sobre el deber de reinar. Por eso, Elizabeth, miembro de la casa de Windsor, casada con Philip Mountbatten, debe morir para cargar la corona y así, dejar lugar a que nazca “Elizabeth Regina”. La reina María completa la idea diciéndole a su nieta (y ahora soberana) que las dos Elizabeth entrarán en conflicto muchas veces pero que, ante todo, debe ganar siempre la corona. Siempre.

Una serie comedida

El creador detrás de esta exitosa y costosa producción (se calcula que tuvo un presupuesto de 130 millones de dólares en su primera temporada), Peter Morgan, ha demostrado su interés por las figuras fuertes y poderosas, como en Frost/Nixon (2008) y El último rey de Escocia (2006). En este caso, narra la historia de la corona británica, centrándose en el reinado de la joven Elizabeth II.

Durante la primera temporada, Morgan se enfoca en las dificultades que atraviesa la nueva monarca al tener que asumir antes de lo pensado. Recién casada, deberá afrontar las contradicciones de vivir en un entorno tradicional, pero en un matrimonio en el cual ella tiene mayor rango que su marido. Elizabeth y Philip deberán ir encontrando su lugar como individuos y en su matrimonio, mientras ella, por su parte, irá aprendiendo a mantener con integridad un lugar que, según la tradición, no es un trabajo ni un servicio, sino “una llamada de Dios”.

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Este periodo de adaptación incluirá la toma de decisiones en torno a cuestiones que, en una vida normal, deberían pertenecer solo al ámbito privado o al entorno familiar pero que, sucedidas en el palacio de Buckingham, deben realizarse de acuerdo con ciertas reglas para no poner en riesgo el prestigio de la corona.

De esta forma, la lucha entre las dos Elizabeth, que auguraba la reina María, se disputarán capítulo tras capítulo, durante los cuales, a pesar de lo anticipado, ganará “casi” siempre la corona mientras, en otras, se irá imponiendo la persona.

Esto se verá con mayor frecuencia durante la segunda temporada, en la que vemos a una reina ya cómoda en su rol, pero lidiando aún con escollos familiares, tales como infidelidades o exposiciones al público riesgosas, así como con cuestiones de orden público y político, como el riesgo de ir perdiendo, aún más, colonias o los cambios frecuentes de primeros ministros.

En general, la historia encuentra un equilibrio ameno para contar una parte del mundo íntimo y secreto de la casa real, lo cual incluye no solo a las personas sino a todo el entorno y protocolo, así como una parte de la historia política que casi todos conocemos.

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El equilibrio se siente también en la posición que toma The Crown en relación con la familia real y la monarquía. Si bien expone la distancia que esta familia tiene respecto de sus súbditos, viviendo en un micro-mundo, rodeados de lujos, así como las ridiculez que implican los protocolos y el sostén de la imagen de la realeza o algunas miserias humanas entre las personas que integran la casa real, no lo hace a través de golpes bajos ni es una crítica mordaz.

Si bien algunos podrían criticarla por ser demasiado benevolente, esta postura más comedida es lo que hace de The Crown una serie amena, fácil de mirar y disfrutar. Por otra parte, no hay que olvidar que, si bien, fue en Inglaterra donde, por ejemplo, nació el punk rock como forma artística de ruptura con las tradiciones, ni los ingleses ni Netflix se caracterizan por ser ingenuos a la hora de vender productos a un público que, sabiendo lo que la monarquía representa, aún quiere consumir parte de ese mundo.

La familia real

Gran parte del éxito de la serie se debe a la creación del ambiente de lujo y tradición pero también a las excelentes interpretaciones de sus protagonistas.

Claire Foy es quien da vida de manera magistral a la reina Elizabeth, por lo cual ha recibido nominaciones a los Emmy en 2017. Su mejor logro es la transición de una imagen de niña asustada hacia una soberana convencida de su lugar en el mundo. Asimismo, se destaca en los momentos dramáticos en los cuales, como buena británica y, en especial por ser reina, no puede expresar todas sus emociones pero logra, no obstante, que estas traspasen la pantalla.

Por su parte, Matt Smith encarna a un Duque de Edimburgo vivaz y un tanto caprichoso. Con mayor libertad para expresarse que su mujer pero con casi nula libertad para hacer lo que le gustaría o lo esperado en esos tiempos en el lugar de un esposo.

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La princesa Margaret, interpretada por Vanessa Kirby, se ganó un lugar especial en esta historia, tras haber protagonizado varios “escándalos” por exposición de su vida privada. Relaciones con hombres casados y excéntricos artistas, robos de cámara y atención de su hermana gracias no solo a la prensa amarillista, sino también a su personalidad fresca y dispuesta a romper con los mandatos impuestos de una familia a la cual, supuestamente, la gente común quiere tener allí arriba para admirar.

Finalmente, John Lithgow, interpreta a un querible y avejentado Churchill que es mostrado como un hombre afectuoso hacia el rey George y cuyo afecto traspasa hacia la reina Elizabeth, a quien guiará al comienzo en sus primeros pasos, sin dejar de exponer sus debilidades por su falta de atención a la política interior y por el inevitable paso del tiempo.

Todos interpretan sus papeles en los escenarios más fastuosos e impecablemente cuidados que ayudan a que nos transportemos a sitios e historias a los que no podríamos acceder de otra forma.

The Crown se destaca no solo por esa impecable puesta en escena e interpretaciones, sino también por la forma en la que nos es mostrada una historia también inaccesible, a través de un tono tranquilo pero interesante. Siguiendo con las tradiciones inglesas, en la serie no se levanta la voz o quizás parezca que solo se habla del clima; sin embargo, siempre se están cocinando otras cosas por detrás y es esa insinuación la que la hace más atractiva.

 

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