The Square: Una noche en el museo

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En 1917 Marcel Duchamp presentó una obra ante la exposición de la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York. Dicha pieza consistía en el famoso mingitorio conocido como la fuente, de modo histórico señalado como uno de los hitos del dadaísmo, en pleno apogeo de las diferentes vanguardias.

Aunque se suele mencionar esta corriente como antiartística, en realidad esto no es del todo así. Más que despreciar el arte, el dadaísmo –y las vanguardias en general– apuntaba a la ruptura de la razón artística y la construcción de sentido a través de un método científico en cualquiera de sus variantes. De este modo, el dadaísmo podría emparentarse más con la escuela cínica griega y la búsqueda del escándalo y las excentricidades públicas como método de ruptura del status quo.

Esta búsqueda, eminentemente política, aparecía como desideologizada. No se trataba de una construcción marxista que buscaba destruir la superestructura capitalista ni mucho menos. Era una suerte de rebeldía sin propósitos, más que los efímeros de la acción performática. No buscaba para sí la construcción de una reflexión como un fin, sino que se veía acabada en el escándalo.

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Es probable que esa falta de una ideología o finalidad que le diera sostén a todos estos movimientos sea lo que explique cómo las vanguardias quedaron absorbidas por el establishment del arte y hasta incluso lo redefinieron. No en vano, figuras tan opuestas como Dalí y Buñuel comenzaron juntos para luego distanciarse cuando el compromiso político así lo exigió.

Lo interesante entonces de toda esta reflexión radica por ahí en pensar cómo desde los albores del siglo XX la sociedad y la cultura se cuestionan la idea de arte: ¿qué es?, ¿quién dice que lo es?, ¿cuándo lo es?, ¿en qué lugar lo es? Todos estos interrogantes no pueden ser respondidos, aunque sí, reflexionados. Eso es justamente lo que hace The Square, la película del sueco Ruben Östlund que se alzara con la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes.

Resulta un poco contradictorio que una película “cuestionadora” (sostengamos las comillas) del arte moderno gane el festival más snob e históricamente considerado como la cuna del establishment cinematográfico. La contradicción es aparente, porque, como parece explicar la historia, las rupturas o críticas suelen apoyarse en una suerte de afuera-adentro necesario para generar cierta contención y reproducción. Y es esto lo que hace tan hermosamente bien The Square: marcar y visibilizar las tensiones; caminar, en definitiva, una delgada línea que le permita insultar a un cierto público, pero con tal elegancia que parezca una broma.

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La premisa del film, casi como un correlato del gran documental de Banksy, Exit Through the Gift Shop (2010), aparece enmarcada en discutir qué es el arte y cómo este puede apreciarse en un mundo tan caótico y al borde del colapso como el nuestro.

Si en su momento una pregunta fundamental para la humanidad era cómo sería posible hacer arte después de Auschwitz, Östlund nos deja en claro que ese interrogante está sepultado en la actualidad. Nos olvidamos, no nos importa, están pasando cosas más graves todos los días y, aun así, sigue sin importarnos.

De este modo, el relato se concentra en la figura de Christian (Claes Bang), un curador de un museo de arte moderno que planea su próxima exhibición The Square, una instalación que se supone se enfocará en la cualidad humanitaria de los visitantes.

Con este disparador, surgirán un montón de ideas disparatadas y situaciones hilarantes que el protagonista irá viviendo en una espiral de incorrección política y acidez que escalará hasta tener como epicentro y clímax una secuencia demencial que incluye la realización de un video con una niña pobre para testear la apertura de la muestra.

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Si bien por momentos la película cae en las críticas obvias y los clichés habituales con relación a estas temáticas, subrayando un poco la invisibilidad de la pobreza y la miseria actual, esto no impide que la fuerza de la reflexión se diluya, porque, justamente, el encanto de la propuesta reside en el propio pensamiento y la formulación de interrogantes más que en brindar respuestas. Es probable que se acuse al film de pretencioso o de ser un capricho burgués acomplejado. Creo que esa visión sería un poco lineal y obtusa, por más que no esté tan alejado de lo real.

Lo cierto es que el film propone risas, muchas muy incómodas y desafortunadas, pero sin juzgar a sus personajes. Los muestra con sus contradicciones y les permite desarrollarlas. No solo a Christian, sino también el resto del reparto que incluye a Dominic West y a Elisabeth Moss como las figuras descollantes. Mención aparte merece Terry Notary –reconocido stunt e intérprete de CGI de la escuela de Andy Serkis– que brinda la mejor escena de la película y, quizá, uno de los registros fílmicos más icónicos del 2017.

En lo técnico, la película es impecable. Todo ese registro de un mundo tan bello que resulta decadente es acompañado de una elegancia en la fotografía y los movimientos de cámara que asemejan a la película que tranquilamente podría haber filmado Buñuel en línea con El discreto encanto de la burguesía (1972).

No sé si The Square es o no una buena película, si es “arte” o si tiene algún valor. Lo que sí sé es que merece ser vista y conversada. Para los tiempos que corren es un montón.

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