El otro hermano: documental sobre la vida salvaje

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Al pensar en El otro hermano (Israel Adrián Caetano, 2017), la palabra que de inmediato se me viene a la cabeza es sordidez. En efecto, la película es el acceso a un universo opresivo, putrefacto, donde la única ley que existe es la misma que enseñan los documentales sobre la vida salvaje que los protagonistas miran en la televisión: la ley de supervivencia del más apto. Las primeras escenas constituyen, en este sentido, una declaración de principios. Ni bien Cetarti (Daniel Hendler) llega en su Fiat Duna destartalado a Lapachito, el suboficial retirado de la Fuerza Aérea, Duarte, lo acompaña a la morgue del pequeño pueblo chaqueño para reconocer el cadáver de su madre y de su hermano. Antes de descubrir los cuerpos, Duarte le recomienda a Cetarti que agarre un balde. En gran medida, esta sugerencia se puede interpretar también como un aviso al espectador. Porque lo que seguirá después, en las casi dos horas de metraje, será un policial duro, revulsivo, violento, no apto para estómagos sensibles.

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El otro hermano encaja en el género del policial negro, en el que lo que manda es el crimen y no el orden jurídico. Las muertes con las que arranca la película funcionan como una suerte de McGuffin. Frente a este hecho de sangre, Cetarti no manifiesta ningún deseo de justicia. Al contrario, se convierte más bien en una circunstancia de la que él buscará sacar ventaja. Así es como Cetarti entra en una relación más cercana con el suboficial retirado Duarte y con Danielito, ayudante de Duarte y hermanastro de Cetarti. Todos ellos, en mayor o en menor medida, intentarán obtener algún beneficio de aquellas muertes. Y, de este modo, se establecerán alianzas que, como es de esperarse, no seguirán ningún código de cortesía ni de fidelidad.

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Además del argumento, el desarrollo de los personajes es uno de los ingredientes más potentes de la película. Las criaturas de este mundo caído en desgracia se parecen a depredadores taimados, pacientes, calculadores. El débil no es más que una presa y el fuerte mantiene su status hasta que se equivoca o demuestra una debilidad: de allí en más se convierte en víctima de este insaciable afán de depredación. Leonardo Sbaraglia compone con colosal virtuosismo el personaje del militar retirado de andar erguido, de paso a la marcha, de pelo corto y de bigote prolijo. A esta apariencia –que se suele relacionar con el orden, la legalidad, el estatuto moral–, Sbaraglia le añade el tono canchero en el habla, los dientes ennegrecidos (como los de un animal carnicero) y una velada ferocidad que se manifiesta en ciertos chistes, en cierto gusto por las fabulaciones, en cierto orgullo sobre su pasado en “la Fuerza” cuando, en el monte tucumano, estuvo “mirando que todo estuviera limpito” (metáfora que uno asocia de manera inevitable con los años del Proceso). Daniel Hendler, por su parte, compone con su Cetarti la contracara de este personaje. Con su estilo monocorde, parco, de maneras más o menos aprensivas, Hendler elabora el disfraz perfecto para las motivaciones de Cetarti, a la vez que equilibra la imponente presencia del Duarte de Sbaraglia. Alian Devetac aporta una formidable intensidad a su personaje Danielito, quien de un lado, se halla sometido a la influencia tiránica del suboficial retirado y, del otro, siente cierta afinidad con el hermanastro a causa de la consanguinidad. Pablo Cedrón se luce encarnando a Enzo, el dueño de la chacarita con quien Cetarti regatea los objetos que el hermano fallecido acumulaba. En medio de la depredación, Enzo aparece como el animal carroñero que vive al margen de la lucha entre los más fuertes y preserva así algo de nobleza al lucrar solo con las sobras de ese mundo.

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El otro condimento fuerte del film lo constituye la composición de la imagen. Cuando uno piensa en el policial negro, suele imaginar espacios poblados de sombras alargadas, rostros tallados por penumbras, tajadas de luz de las que huyen los objetos y los personajes. El otro hermano, sin embargo, es una película plagada de una luz aplastante: un policial negro que se sumerge en una luminosidad ubicua y opresiva. Por consiguiente, todo está a la vista. Nada se puede esconder, salvo lo que no se dice (el silencio de Cetarti) o se tergiversa mediante la mentira (la locuacidad de Duarte). Los objetos, desnudos bajo esa luz tremenda, se acumulan por doquier, se herrumbran, se resquebrajan, se descomponen sin que nadie se preocupe por apartarlos de la mirada, por hallarles algo de utilidad. Caetano muestra las casuchas del pueblo, inclinadas bajo el peso de los techos, que se desperdigan en medio de pastizales duros y ladridos de perros. Muestra los espacios desolados del monte chaqueño, aptos para la locura, para la violencia, para el crimen. De este modo, Caetano prueba su buen arte para la construcción de una atmósfera cargada de un aire que, aunque inundado de luz, es turbio e irrespirable.

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Luego de salir de la morgue, al arribar a la casa de su hermano fallecido, Cetarti descubre en el interior de ese rancho un cambalache laberíntico. Entre las torres de manuales de Derecho, los pilones de revistas de viajes, los frascos atiborrados de clavos y de tornillos, el cementerio de extinguidores de fuego, Cetarti encuentra una pecera mugrienta en la que sobrevive, como puede, un axolotl. En cierto sentido, todas las criaturas que habitan el ambiente salvaje de El otro hermano son como ese axolotl: sobreviven como pueden en medio de un mundo inundado de porquerías.

 

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