Reseña: “Icarus”

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Cuenta la leyenda que Ícaro había sido encarcelado por el rey Minos junto con su padre, Dédalo, en la isla de Creta. Como Dédalo era arquitecto, logró diseñar unas alas con plumas y cera para que su hijo escapara. Antes de partir, Dédalo le recomendó no volar demasiado cerca del Sol porque sus alas podrían derretirse y él caería al mar. Ícaro no escuchó la recomendación y cayó al mar, y así, desapareció para siempre.

¿Por qué un documental como Icarus recupera este mito? Las respuestas pueden ser variadas. El director, Bryan Fogel, indaga sobre la idea de verdad, desde una perspectiva moral en el sentido idealista trascendental del modelo kantiano. Esa verdad universal que debe ser revelada detrás de una maraña de mentiras, o de una puesta en escena que exhibe lo falso como verdadero.

En el caso del mito de Ícaro, esta falsedad es aquel hombre volador que emula a los dioses con sus alas de mentira. Esas que se derriten por volar demasiado cerca del Sol y que dan cuenta de la soberbia de Ícaro de creerse más que humano. El hijo de Dédalo pensó que podía sostener con la mentira una propiedad humana inexistente.

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El paralelismo de Fogel es claro. Los atletas rusos, que históricamente fueron los semidioses del deporte olímpico de todos los tiempos, se derriten apenas asoma el sol de la verdad: sus alas de cera son los anabólicos.

La verdad oculta por décadas en una de las trampas más elaboradas de la historia del deporte. Icarus cuenta la historia de cómo la Federación Rusa, con el aval del gobierno, tenía un sistema casi perfecto para evitar los controles antidopaje. El documental se focaliza en el propio Fogel, que además de director es ciclista amateur, y su amistad con Grigory Rodchenkov, el Edward Snowden de este caso.

Durante casi diez años Rodchenkov fue director del Centro Antidopaje de Moscú y dirigió personalmente las operaciones de encubrimiento por doping a más de mil atletas rusos. Condecorado por Putin en 2014 antes de contar su historia y dos años más tarde declarado traidor a la patria, Rodchenkov elige el exilio y hablar con Fogel sobre todo lo que sabe.

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El extenso trabajo de archivo y edición hace de Icarus un documento en sí mismo sobre un tema tan complejo que abarca desde los dopings positivos del ciclista francés Lance Armstrong hasta las trece medallas de oro ganadas por la delegación rusa en los JJ. OO. de Invierno de Sochi 2014. Un escándalo que casi le cuesta a la Federación Rusa la inhabilitación para presentar a sus deportistas en los JJ. OO. de Río 2016.

El Rodchenkov personaje se muestra frente a cámara como un exiliado alegre e histriónico que parece feliz con la exposición sobre su persona. Lector de 1984 de Orwell, la novela reconocida como un ícono contras los gobiernos totalitarios, Rodchenkov cita algunos pasajes y el documental lo convierte en mártir. Como un ángel caído de ese Olimpo de mentiras a las que perteneció por años. Esas mismas alas que le permitieron volar, pero que a diferencia de Ícaro, decidió por voluntad propia derretirlas en nombre de la verdad.

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