Reseña: “Hail, Caesar!”

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El cine de los hermanos Coen seguramente sea de los más reconocibles dentro de la industria actual. Hollywood tiene escasos autores, y de esos minúsculos ejemplos aún es inferior el caso de aquellos que presentan rasgos tan distintivos que resulta imposible confundirlos.

El recorrido de los Coen es ecléctico, en su filmografía hay películas de casi todos los tipos y géneros posibles, pero lo que siempre se puede ubicar con facilidad es el modo que tienen de construir a sus personajes. En una película de los Coen todo es exagerado, caricaturesco. Puede ser cruel, gracioso o patético pero nunca es real. Los personajes están completamente desfasados de una interpretación naturalista, sin embargo generan un verosímil muy sólido. Esta paradoja creo que es el punto central para identificar el cine de los Coen, y en “Hail Ceasar!”, su film número diecisiete, aparece como un elemento central de composición cinematográfica, en términos autorales claro.

Erroneamente catalogada como una declaración de amor al Hollywood clásico, “Hail Caesar!” es una comedia (marxista) que utiliza al género para ridiculizar a todo un sistema de producción y pensamiento dado.

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El relato tiene como protagonista y principal hilo conductor a Eddie Mannix (Josh Brolin en un nivel superlativo) que se desempeña como “Arreglador” figura que se utilizaba para definir a aquellas personas contratadas por los estudios para “cuidar” a las estrellas de sus escándalos públicos (una suerte de Ray Donovan de los 50’).

El trabajo de Eddie consiste entonces en ser un policía moral de las principales figuras del estudio, evitando que se difundan noticias que vayan en contra la moral del “American way of life” que el Estado impone a través del cine.

Si bien los hechos que ocurren en el film no son estrictamente reales, la película cuenta con múltiples alegorías a anécdotas y personajes de la época dorada de Hollywood. Desde un Channing Tatum en plan Gene Kelly, a Scarlett Johansson homenajeando a Esther Williams.

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Sin perjuicio de estos guiños y anécdotas divertidas, el eje central de la película -y su lectura más interesante- es la mirada política y social que los Coen hacen sobre esa industria cinematográfica en el contexto de guerra fría y la persecución macartista.

Dentro de todas las historias que nos cuentan los directores en la película, hay una que más o menos es la que tiene un desarrollo más extenso. En esa línea un actor estrella del estudio, Baird Whitlock (George Clooney), es secuestrado por un grupo de guionistas comunistas. Whitlock, transformado en un personaje arquetípico de los Coen, termina siendo víctima de su propia estupidez y rápidamente escucha a estas personas y, con más convencimiento propio que entendimiento de la realidad, se nos vuelve comunista (al menos por un rato claro).

Hay en toda esa primera parte del secuestro una secuencia hermosamente escrita que permite comprender la premisa de la película y lo que los hermanos Coen quisieron hacer: En la primera escena en la que Whitlock se encuentra con los guionistas marxistas, estos le hacen un comentario acerca de cómo han ido filtrando pequeñas enseñanzas y doctrinas comunistas con mucha sutileza en sus guiones. Esto es ni más ni menos lo que hacen los directores de Barton Fink en “Hail Caesar!”.

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Parten de un discurso nostálgico y divertido para, en apariencia, homenajear y un poco reírse con cariño de una industria pasada. Pero esa comicidad no es más que un ejercicio crítico de una de las etapas más oscuras de los Estados Unidos donde los servicios de inteligencia operaban en búsqueda de la destrucción del enemigo interno a través de la utilización de las conocidas Doctrinas de Seguridad Nacional que luego aplicarían en todo el continente.

La mirada que los realizadores hacen sobre la URRSS también es más que ácida e irónica. De algún modo en la película se reproduce esa visión estereotipada de la Europa del Este comunista, esa idea de una inteligencia y despliegue de recursos superiores a los norteamericanos operando para el mal. Una visión tan clásica y cliché como la que vemos en la mítica secuencia de entrenamiento de Rocky IV.

Pasan los años, pasan las películas, por suerte nos quedan los Coen.

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