Reseña: “The Revenant” (El Renacido)

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Desde hace varios años que tengo una teoría con relación a Iñárritu: Creo que es uno de los realizadores más egocéntricos que existe en toda la industria cinematográfica.

Siempre se lo puede observar con ese aire sobrador, canchereando la situación. Si existe una persona con la que no me comería un asado, creo que esa persona es Alejandro González Iñárritu. Y los que me conocen saben que soy un hombre de muchos asados.

El problema de fondo no es el ego, todos conocemos personas así;  en particular el mundo del cine es un núcleo de estas cosas. Lo que me pasaba hasta hace poco con Iñárritu, y quizá lo que más me irritaba, es que no era un virtuoso ni mucho menos.

A lo largo de toda su filmografía este muchacho parecía empecinado en arruinar sus películas, siempre la misma metodología: Poniendo su persona por encima de la obra. Casi como si necesitara instalar un cartel con luces de neón que en vez de “maxikiosco” diga “Hola, soy yo Iñárritu y estoy dirigiendo esta película”.

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Recuerdo una conversación hace ya algunos años en la escuela de cine. Un profesor ponía el ejemplo de 21 gramos, comentaba sobre este ejercicio que había realizado de editar toda la película en forma lineal. El resultado había sido una película mucho más lograda.

Esto no es algo novedoso, ni mucho menos. Si uno observa 21 gramos entiende que la fragmentación y la alternancia es caprichosa, no parece tener ningún sentido más que un director con muchísimas ganas de llamar la atención y decirte que él es lo mejor de la película y no Benicio del Toro.

Todo esto generaba que una película de Iñárritu no fuese nada motivador para mí, más bien todo lo contrario. Por suerte esto cambió.

En algún momento de su vida, el bueno de Alejandro, resolvió que la coralidad no era un gesto con el que podía seguir mostrándose y resaltando su figura. Decidió entonces acercarse a su compatriota Alfonso Cuarón – el mexicano bueno – e intentar ser un virtuoso, y la verdad es que lo consiguió. El Iñárritu de Biutiful, Birdman y ahora The revenant es un virtuoso, de los que ya no hay.

The Revenant es una película increíble, de esas que se estrenan contadas con los dedos de una mano durante todo el año.

Como las grandes obras maestras lo hacen, la historia toma una premisa muy sencilla, simple y lineal como motor de toda la trama: La venganza. Tan básico y universal como eso.

A su vez Iñárritu toma otra decisión de esas que te aseguran el éxito: Poner a Leonardo DiCaprio a pasarla muy mal durante más de dos horas en pantalla. Pero mal en serio eh.

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El relato – adaptación de la novela homónima de Michael Punke nos presenta a un grupo de cazadores que son emboscados por un grupo de aborígenes en un Estados Unidos a principios del 1800.

Luego del brutal ataque algunos hombres consiguen escapar, entre ellos está Hugh Glass (Leonardo “esta vez no se me escapa el Oscar” DiCaprio),  el único hombre de todo el grupo de sobrevivientes que sabe como regresar al campamento sin ser emboscados en el camino. El problema es que en el mientras tanto el bueno de Hugh tiene la buena suerte de cruzarse con un oso grizzly que lo deja gravemente herido.

Luego de una discusión, el grupo decide avanzar camino al campamento con la idea de regresar más adelante a buscar al herido Glass, para ello el capitán de la operación (Domhall Glesson) decide dejar al herido bajo el cuidado de John Fitzgerald (Tom Hardy), un ex militar con dudosa moralidad. A su vez  el hijo de indígena de Glass, Hawk, y otro joven del grupo también deciden quedarse para proteger al herido DiCaprio.

La cosa se complica cuando Fitzgerald decide asesinar al hijo de Glass, esconderlo en la nieve, y simular un ataque aborigen para escaparse, dejando a Glass en el medio de la nada, dándolo por muerto. Nuestro protagonista observa todo lo ocurrido atónito, sin poder realizar movimiento alguno debido a la gran cantidad de heridas que posee.

A partir de allí comienza entonces una lucha interna de Glass por recuperarse y perseguir a Fitzgerald para vengarse por destruir lo poco que le quedaba de su familia.

Teniendo una historia tan sencilla y lineal como la que posee, el fuerte en The Revenant pasa por su construcción visual. Acá es donde entra el gigantesco trabajo del Chivo Lubezki, demostrando una vez más por qué es uno de los mejores directores de fotografía del momento, y probablemente de la historia del cine.

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Lubezki trabajó casi en su totalidad con luz natural, en muy pocos pasajes de la película hay agregados de iluminación artificiales. Esto supone una gran cantidad de complicaciones con relación a cómo filmar todas y cada una de las secuencias de la película. Todas esas complicaciones son salteadas con maestría por Lubezki, quien dota a la película de una naturalidad en cada plano abrumadora.

Creo que uno de los mayores méritos de Iñárritu como realizador debe ser su amistad con el Chivo (por favor, entren al perfil de INSTAGRAM de este animal).

The Revenant es, indiscutiblemente, el mejor film del año. Ese que aparece una vez cada tanto. Y sí, Iñárritu sigue siendo un canchero insoportable, pero ahora por lo menos hace algo por nosotros y nos regala películas hermosas. Lo cual no es algo que podamos decir de la mayoría de los realizadores actuales de la industria.

 

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