Los ilusos #62: festividades y contrafestividades

Hola, ¿cómo están? Espero que muy bien.
Lo que no anda muy bien es el cine argentino y esa no es ninguna novedad. El paso de los meses desde la última entrega de esta columna no ha sido muy alentador. Allá por julio el gobierno había dado la estocada final para terminar -por lo menos durante su gestión- con gran parte del financiamiento al cine nacional a través del decreto 662/2024, mediante el cual se volvía a reglamentar la ley de cine, alterando por completo su espíritu y desnaturalizando el sistema de fomento.
No quiero extenderme demasiado sobre eso, primero porque ya está escrito (https://revista24cuadros.com/2024/07/25/los-ilusos-61-que-no-rompan-todo/); segundo porque me enoja mucho; y tercero porque sostengo lo que dije en ese entonces: no hay otra forma de combatir esto que judicializar el conflicto.
Por supuesto, esta insistencia sobre la forma de encarar el conflicto no permeó en ninguno de los sectores de nuestra comunidad. En especial en aquellos que tienen la potestad y la misión de representar al sector: las asociaciones profesionales, que están muy rápidas para escribir comunicados y proclamas, pero muy poco predispuestas a dejarse ayudar.
Lo voy a desarrollar al final, pero vale la pena adelantar la idea: gran parte de lo que está pasando puede suceder por la culpa del propio sector. Un ambiente mezquino, egocéntrico y críptico, donde de fondo no hay buenas intenciones, sino seguir manteniendo un statu quo. Ahora bien, también me permito adelantar una conclusión que llegará más adelante: aunque no quieran, ese estado de cosas determinado está roto. Roto de la peor manera, con los mayores costos posibles, pero roto al fin. Así que no queda otra, no les queda otra y no nos queda otra que aceptarlo y barajar y dar de nuevo.
La continuidad del negocio
Decía entonces que lo que siguió desde julio hasta nuestros días no fue muy alentador. El gobierno tuvo un éxito rotundo en su microestrategia para paralizar y desfinanciar la cinematografía argentina. Lejos de ser un elogio, para una maniobra pergeñada por las personas más estúpidas que alguna vez hayan detentado una función pública, esto habla mucho más de nosotros que de ellos.
Así, luego de la nueva reglamentación de la ley de cine, pasó lo peor que podía pasar: nada. Un poco de pataleo, algunos comunicados, mucha indignación y nada más. Ninguna estrategia más o menos razonable o articulada que tuviese por finalidad detener el industricidio.
Las consecuencias del freno de mano a la industria están a la vista. Escasa producción; mucho desempleo y una actividad funcionando al mínimo, en su mayoría gracias a las limosnas de un aliado impensado: las grandes plataformas, que van a pérdida en el pago chico, pero que buscan sostener un público cautivo en el pago grande.
A este escenario se suma la generalización de un problema que ya venía siendo un emergente y hoy es una realidad: Argentina no es rentable para la producción golondrina del exterior. Gran parte del mercado publicitario se ha ido; las producciones de Latinoamérica que venían a nuestro país ya no lo hacen por el elevado costo en dólares (recordar por ejemplo las alianzas con Colombia, Brasil y Uruguay); y se ha consolidado un esquema de producción nefasto para los intereses nacionales en el que cada vez más seguido las grandes producciones de streaming local prefieren contratar técnicos argentinos e ir a filmar a Uruguay, limitándose a tener algunas jornadas de exteriores en nuestro país. Respecto a esto último, el caso Cromañón es un ejemplo paradigmático.

Quisiera detenerme solo un poco sobre la situación de Uruguay. La elección del paisito no es solo una cuestión de costos locales, también obedece a una política de incentivos fiscales y subsidios que genera la propia Agencia del Cine y el Audiovisual del Uruguay (ACAU). Una política que, más allá de lo que pueda corregirme algún amigo uruguayo, ha sido bastante transversal entre los gobiernos zurdos empobrecedores del Frente Amplio y el liberalismo con modales de la otrora Coalición Multicolor que liderará por unos meses más el Cuquito Luis Lacalle Pou. Diferencias entre nuestro impulso refundacional constante y la razonabilidad de un Estado que a lo mejor funciona un poco más del modo en el que debe funcionar un país: con ciertos consensos básicos, políticas de Estado, una defensa de la soberanía nacional y la búsqueda constante del privilegio de los intereses de los capitales locales.
Volviendo a este lado del Río de la Plata, la cosa no pinta bien. Al parate letal de los primeros siete meses de gestión se le sumaron algunos anuncios que, por el momento, son más protocolares y para simular una continuidad que otra cosa:
- En agosto se abrió la convocatoria para el concurso Raymundo Gleyzer (no le cuenten a Juan Doe o a TraductorTeAma quién fue Raymundo porque le podría costar el cargo a Pirovano y el concurso se podría renombrar). El premio total, contando los doce proyectos de ficción y los doce proyectos documentales, asciende a la suma de setenta mil ochocientos dólares (USD 70.800).
- También durante agosto, unas semanas más tarde, se convocó a un concurso de guiones terminados de ficción y de animación. El premio total, a razón de diez mil dólares para cada proyecto ganador, asciende a la suma de cien mil dólares (USD 100.000).
- En septiembre se anunció un concurso para la producción de 10 largometrajes, 8 de ficción y dos documentales. El premio total para financiar las 10 películas es de un millón ochocientos mil dólares (USD 1.800.000).
- .En octubre se lanzó un llamado para premiar la producción de dos proyectos de series cortas de ficción. El premio total asciende a la suma de novecientos mil dólares (USD 900.000).
- El último concurso, publicado a fines de octubre, es un llamado a historias breves, por primera vez bajo un género determinado, el terror. El premio total, contando los seis cortometrajes ganadores asciende a la suma de ciento cincuenta mil dólares (USD 150.000).
La suma total por estos concursos le da al instituto una erogación en fomento de poco más de tres millones de dólares. Cabe destacar que el 9 de abril, mediante la Resolución 27/2024, se frenaron por 90 días las presentaciones de proyectos de ventanilla abierta y también se dieron de baja aquellos que ya estaban presentados. Esta situación, que debería haberse regularizado en julio, sigue sin haber vuelto a la normalidad. Esto es importante porque quiere decir que, más allá de este dinero y los “supuestos préstamos” en dólares que el instituto estaría entregando en concepto de anticipo de rodaje, no habría más dinero del presupuesto destinado al fomento de la producción nacional.

La maniobra, para cualquiera que no quiera ponerse muy despierto, es clara: este “aluvión” de concursos, con premios en dólares que, en principio, son relativamente adecuados para los costos de producción en el mercado local, sirven como una cortina de humo que pretende instalar que en realidad el INCAA no ha dejado de existir, que está en proceso de reestructuración y que es falso que el gobierno planea un ataque generalizado contra el sector como quieren instalar los mandriles nostálgicos del Muro de Berlín. Sin embargo, como muchas cosas en la vida, hay que prestar un poquito más de atención.
Hagamos tan solo una pequeña cuenta, muy a vuelo de pájaro, con la mínima información que hay disponible para cotejar.
Según admitieron el propio vocero presidencial y algunos referentes del gobierno, y tal como surge de la partida presupuestaria 2023, el presupuesto del INCAA en dicho año fue de entre 25 y 30 millones de dólares tomando el valor del dólar oficial (aproximadamente $200 a enero 2023) y algo cercano a los 15 millones de dólares tomando el valor del dólar informal (346 aproximadamente a enero de 2023). Como no se sancionó ley de presupuesto para este año, más allá de que el INCAA es autárquico, supongamos que le correspondería la misma partida asignada a 2023. No es estrictamente así pero, a falta de información pública disponible, es algo razonable para considerar como parámetro, más tomando en cuenta algunas fuentes que indican que lo recaudado por el instituto durante el primer semestre de 2024 rondaría los 13 mil millones de pesos, algo parecido a 13 millones de dólares tomando el valor oficial. A esa cifra -los 22/26 millones de dólares del presupuesto esperable para el 2024- habría que quitarle 10 millones de dólares, que son aproximadamente los 2 mil millones de pesos que el Estado le dio al instituto en concepto de Aportes discrecionales del Tesoro de la Nación para solventar su déficit en 2023. O sea que el presupuesto total del instituto para 2024 debería estar cerca de los 12 o 16 millones de dólares.
Soy de boca, pero síganme despacito con este razonamiento para que no queden dudas. De los 5 mil millones de pesos a enero de 2023, tendríamos que tener 3 mil millones de pesos a enero de 2024 para todo el ejercicio de este año. Si ese dinero se actualizara por la inflación acumulada en 2023 debería dar más o menos 11 mil millones de pesos. Ese número, tomando el parámetro del dólar oficial, daría, a ojo de buen cubero, entre 11 y 12 millones de dólares. De nuevo, no es exacto, pero si miramos los números de la recaudación a junio, tiene cierto sentido: 13 millones dólares para el primer semestre. Si eso se mantiene estable en este segundo tramo del año (que usualmente funciona mejor en términos de rendimiento de las salas, ya que incluye las vacaciones de invierno y los estrenos comerciales más relevantes del año), como mínimo debería arrojar un número similar, lo que nos daría, algo entre los 22 y 26 millones de dólares. Eso, menos los 10 millones de dólares que el estado debe recuperar del ejercicio anterior por los ATNs, nos deja en un número que está entre los 12 y 16 millones de dólares de libre disponibilidad, sin déficit, para que gaste el instituto .
La ley de cine y sus decretos reglamentarios establecían hasta los últimos cambios impuestos que el 50% de la recaudación del Instituto debía estar destinada al fomento de la producción y el otorgamiento de subsidios. Eso nos da que, un INCAA saneado, sin déficit y que le había devuelto al Estado lo que le pidió prestado en 2023, podría haber designado un número de entre 6 y 8 millones de dólares para impulsar la producción cinematográfica. El doble o más de lo que está determinando Pirovano. Esto es “coherente” con el recorte planteado en el decreto reglamentario 662/2024 que topea al 20% el gasto en fomento.
Ahora bien, en todo este industricidio no estamos contando el sinfín de actividades que el INCAA dejó de realizar, la enorme cantidad de despidos y el vaciamiento de muchas áreas de gestión. La decisión está clara: al no tener -por el momento- los votos para derogar la ley, la idea es funcionar al mínimo y subejecutar el presupuesto. El ataque no es una fantasía, es real y está a la vista.

Mientras tanto, Pirovano parece estar viviendo su momento de estrellato en la gestión libertaria. Hace poco dijo barbaridades en un stream oficialista, para luego admitir que no sabe nada de cine y que agarró el cargo “para no quedarse afuera” del gobierno.
En el medio de este panorama desolador sucedieron también algunas cosas. Veamos.
Festividades y contrafestividades
La última vez que conversamos parte de las noticias tenían que ver con el alejamiento del Juez Fernando Juan Lima como presidente del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Dicha renuncia se coronó luego, tan solo unos días más tarde, con la salida de Pablo Conde, un histórico del equipo de programación del evento y quien había asumido su dirección artística durante las últimas ediciones.
https://x.com/generacionvhs/status/1819402566586826949
La salida de las cabezas del evento venía de la mano de un recorte en los empleados del festival y también el cese de otros miembros del equipo de programación, que finalmente quedó acéfalo por completo. La dirección del festival terminó en Jorge Stamadianos y Gabriel Lerman, dos personas con presunta trayectoria en su haber, pero totalmente desconocidos para la cinematografía local y con escaso conocimiento de la tradición e historia del Festival. Uno de ellos hasta confesó que nunca había asistido al evento.
Sin embargo, huelga decir algo: la devaluación del único festival Clase A de la región no es algo que empezó con el gobierno de Javier Gerardo Milei. Las últimas ediciones del evento ya venían siendo muy reducidas, con mucho menos personal y con un esfuerzo titánico por parte de la dirección artística y el equipo de programación que intentaban asegurar lo mínimo e indispensable como para que la cosa pueda funcionar. Mar del Plata era algo que “sucedía” y nada más.
Por eso, con la vara por el piso, la primera sorpresa para mí fue que, en principio, la cantidad de películas y los nombres de los títulos que integraban las diferentes competencias del festival no devaluaban, por lo menos no más que años anteriores, la programación oficial. Sí, es cierto que a diferencia de lo que venía ocurriendo muchas de las películas programadas ya se encontraban disponibles en internet y que eso sugiere un menor cuidado de la curaduría del catálogo, sobre todo en el tema vinculado al “prestigio” del festival, pero en mi opinión es un aspecto bastante menor y poco relevante.

Por supuesto, después vienen las cuestiones operativas y un detalle considerable que es el elevado costo de las entradas, que pasaron de costar 400 pesos a 4000. No pude asistir al festival este año, en parte por compromisos laborales, en parte por una falta de motivación en acompañar el evento, pero los mensajes y comentarios han sido lapidarios. Una pésima organización, un desconocimiento por completo de cómo funciona un festival de cine y algunos pasos de comedia y cuestiones hilarantes por parte de sus directores como estas:
https://twitter.com/jtripodero/status/1861821838973653264
Digamos que Mar del Plata ocurrió, fue algo que “sucedió” y eso, a lo mejor, dado el contexto y la situación de los años anteriores, ya es mucho decir. El tema será el año que viene, cuando esta gestión ya tenga en su totalidad el diseño del evento y, a su propia inutilidad, le sobrevenga un contexto de escasa producción industrial o protoidustrial nacional. No parece que la cosa se vaya a poner mejor.
Pero más que en el festival me interesa detenerme en otra cosa, y esa otra cosa somos nosotros. Quienes amamos las películas, quienes tratamos de que el cine forme parte de nuestra vida y quienes lo ejercemos de alguna forma ya sea haciendo películas, estudiando, dando clases, yendo al cine, escribiendo, etc.
Además del festival tuvo lugar un encuentro de cine nacional denominado “Contracampo”, en alusión a una mítica revista de crítica nacional surgida desde la Universidad Nacional de la Plata a fines de los 50 y a una sección que tuvo el Festival Internacional de Mar del Plata cuando volvió a realizarse durante la década del 90.

De manera acertada, Contracampo no fue un contrafestival. No se trató de un boicot al evento oficial, sino que ofició de complemento de discusión política a un festival despolitizado. Además, el espacio fue una muestra de la potencia que tiene el cine argentino, sus realizadores, su variedad y el amplio recorrido de nuestras películas a lo largo del mundo.
Ahora bien, Contracampo no está exento de los problemas que tiene nuestra comunidad cinematográfica y de los propios vicios que nos han traído hasta donde estamos. Sería un error caerle a los organizadores y enarbolar una crítica mala leche contra quienes tomaron el valor y el coraje de hacer algo en estos tiempos. A su vez, Contracampo no es un evento oficial. Cualquiera puede juntarse y hacerlo. Además, por las cosas que pude leer y las grabaciones de las conversaciones que circularon, está claro que resultó una iniciativa más genuina y preocupada que la otrora proclama de “Cine argentino unido” (un espacio obsoleto, que solo sirvió como bandera para desfilar por Europa y que nunca se planteó discutir de verdad los problemas que enfrenta en nuestro país la producción cinematográfica).
Entonces, creo que más como un aprovechamiento de que haya sucedido Contracampo que para criticarlo, quizá resulte importante pensar y polemizar sobre aquellos aspectos que no discutimos, que siempre quedan en un segundo plano cuando hay un ataque, pero que entiendo son centrales para explicar por qué estamos donde estamos.
Romper la rueda
El cine argentino atraviesa, desde su pretensa y falsa refundación en los 90, serios problemas. El mal llamado “nuevo cine argentino” creció bajo un sistema de legitimación a través de pequeños públicos especializados. Esa lógica es la que persiste hasta el día de hoy. No voy a extenderme mucho más, porque en su momento lo escribí en extenso aquí: https://revista24cuadros.com/2021/08/04/los-ilusos-35-una-cierta-tendencia-del-cine-argentino/.
La “renovación” de nuestra cinematografía de la mano de la FUC que se apoyó en la creación de El amante generó un discurso sobre cuáles eran las películas que se hacían, quiénes las hacían, dónde se hacían y por qué eran importantes. En un país quebrado y sumido en la pobreza, filmar en determinadas condiciones era un privilegio y la crítica que apoyó estas películas forjó lazos con los festivales internacionales, siempre ávidos por mostrar las miserias y vicisitudes del tercer mundo. Así, en apretada síntesis, el éxito para nuestro cine se constituyó sobre la base de hacer una película para dársela algún crítico y conseguir un viaje a Europa.
Esa lógica de pensamiento se extendió a lo largo y ancho del país y es la que opera sin grandes matices hasta el día de hoy. Quienes estudian buscan y creen que el éxito es hacer un corto para llegar a un festival. Quienes escriben sobre cine, en épocas de redes sociales, creen que lo importante es mostrarse en el circuito de la cinefilia, sacarse un par de selfies y formar parte de un entourage.
La estructura del financiamiento hizo que el público nunca importe. Y no hablo de que las películas son malas porque no las ve nadie, sino desde una circunstancia muy determinada: el modelo productivo y el modelo de negocios, para las productoras, nunca tuvó un clivaje en los espectadores. La cuenta siempre cerró con un estreno técnico, y por eso la lucha por la exhibición, en un contexto donde las majors y las grandes cadenas se comen todo el mercado, nunca fue más que una proclama.
Ni quienes estudian, ni quienes enseñan, ni quienes filman, ni quienes escriben pensaron nunca en la conformación de un verdadero público nacional, ni en que las películas lleguen a los espectadores en las mejores condiciones posibles.
Nuestra cinematografía se consolidó como un cine boutique. Hecho por pocos y pensado para pocos. La importancia de las películas está dada por si quedan en los festivales más importantes del mundo y por el valor que le dan quiénes ven esas películas. Y esa es justamente una de las razones cruciales por la que se lo pueden llevar puesto: no nos preocupamos de que le importe a nadie.
Y aquí aprovecho entonces y retomo ciertas cuestiones que me hacen pensar en Contracampo y en cómo continuar la discusión. El primer paso, creo, es entender que vivimos en una ilusión que se tiene que terminar. No existe el reconocimiento. No existe formar parte de algo. No existe la búsqueda del prestigio. No existe tu carrera profesional. Si tenés plata la vas a seguir teniendo y si te falta plata el cine no te la va a dar. Lo único que existen son las películas.
Una vez roto nuestro techo de cristal, la segunda discusión, casi en términos de Daenerys, sería plantearnos romper de una vez por todas nuestra rueda. Dejar de pensar en los circuitos de legitimación que queremos habitar. Dejar de creer que es importante programar a fulano o a sultano porque me va a dar una mano después. Dejar de pensar que tengo que escribirle o saludar comiendo unos canapés a esta persona que es delegado de tal festival para que vea mi película y me ayude.
Y por supuesto, desde mi lugar, no me sacó de la discusión. No escribo en tercera persona. Todos, de alguna u otra forma, contribuimos a que la rueda siga girando. Pero la única forma de hacer algo diferente es cambiar la perspectiva. Hay que entender que cuando defendemos a nuestro cine nacional en una movilización el gran porcentaje de personas que está ahí está marchando en defensa de una élite; casi en continuidad con el falso imaginario de la teoría del derrame o bajo la superstición de que se concretará el eslogan del “Telekino”; y eso ya no puede pasar más. Esta semana no te va a tocar a vos, la que viene tampoco y la otra tampoco. No es un tema de cómo se juega el juego. El problema es el juego. Y no hay que jugarlo más.
Lo único bueno que puede provenir de este terror que es el retiro del Estado de la vida cotidiana y la destrucción del fomento público es la oportunidad de discutir todo de nuevo otra vez durante el tiempo que sea necesario. En la nada, volvemos a ser todos iguales. Y ahí es donde tenemos que empezar a pensar con otras lógicas, que se apoyen más en preguntarnos por qué y para quién hacemos las películas y en entender que esa respuesta no puede ser para pegar un viaje a Europa o comer un canapé en un evento de alguna embajada. Hay que entender que lo único que importa es tener algo para expresar, hacerlo para saciar un impulso irrefrenable que se impone como pulsión de vida y que no hay nada más milagroso y misterioso en ese acto que la posibilidad de que eso le llegue a una persona que no conocemos y que jamás vamos a conocer.
Uno de los mejores poetas vivos de nuestro país escribió lo siguiente: tener vergüenza, perder la calma, / pero nunca, / jamás / de los jamases, / escribir / para escritores.
La situación es la peor, pero la oportunidad es única. En algún momento esta pesadilla va a terminar y la forma en la que salimos, lo nuevo que vamos a construir, esta vez puede depender de nosotros.



