El hijo: de la estética impecable, los pifies narrativos y la misoginia subyacente

 

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Esta nota tiene spoilers; bastantes.

Si se tratase de estética únicamente, El hijo, segundo largometraje de ficción del director Sebastián Schindel, estaría aprobadísimo.

Con estas primeras líneas entonces, ya se entiende que, por lo menos en lo que a mi parecer respecta, la película se queda corta en todo lo demás. Hasta me atrevo a decir que navega por los caminos incorrectos en cuestiones con las que no puede permitírselo.

Empecemos por decir que la falla garrafal de la película está en el guion, eximiendo a la dirección de todas las cosas cuestionables que hallo en este.

El relato nos cuenta la historia de Lorenzo (Joaquín Furriel), un pintor cincuentón bastante bohemio y no tan exitoso que, acechado por su aparentemente trágico pasado, está al borde de dejar su condena atrás con un nuevo comienzo brindado por el embarazo de su mujer, Sigrid (Heidi Toini).

Pero, como nos enteraremos a los primeros 15 minutos de película (que está estructurada a base de saltos del pasado al presente de forma continua), las cosas no van a marchar para nada bien.

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Lorenzo pelea con su mujer por la constante exclusión a la que es empujado por ella y la partera (Regina Lamm), a quien su mujer ha escogido para poder parir a Henrik, su hijo, en casa.

Eventualmente, las cosas estallarán y culminarán cuando el protagonista jure que Sigrid ha reemplazado al bebé por otro y que hay un plan maquiavélico desarrollándose en su contra. Serán Renato (Luciano Cáceres) y Julieta (Martina Guzmán) los dos amigos que lo van a bancar durante todas sus idas y vueltas psiquiátricas y policiales, poniendo a Julieta en un rol principal como abogada de Lorenzo.

¿Cuál es el problema de todo esto? Tengo unos cuantos, pero me voy a quedar con uno sólo.

No voy a meterme con el hecho de que, si bien el final nos confirma que Lorenzo tenía razón en todas sus conjeturas, todo el asunto de las noruegas secuestradoras de bebés está tiradísimo de los pelos.

Tampoco me voy a meter con la inverosímil escena final en la que (dos años después de los sucesos principales), Martina Guzmán casualmente ve, en medio de la multitud de un paseo de compras, a la matrona fugitiva y decide seguirla a escasos metros por las calles, hasta adentrarse en un bosque (sí, un bosque en Capital Federal) lleno de hojas secas que parecen no hacer mella en el asunto del ruido (¿me estoy poniendo muy quisquillosa? Quizás, pero es que todavía me tiene mal el asunto del bosque oculto en medio del Patio Bullrich), y llega al final a un caserón abandonado en el que ve que también está Sigrid y del que salen balbuceos de niño. Misterio resuelto. Wow.

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Estas y otras cosas, que son las que rompen el clima y arruinan lo que podría haber sido un thriller excelente, me duelen porque en los últimos años el cine de terror empezó a pelear por salir del lugar al que había sido relegado; el de llenar salas a base de jumpscares vacíos; y bien que el cine nacional estaba agarrando eso. Pero, de nuevo, no me voy a meter con qué es lo que podría haberse hecho distinto para poder sumar una película nueva al listado de buenas obras nacionales. No porque no valga la pena (que en realidad tampoco), sino porque lo que en realidad me hizo salir cruzada de la sala es que las situaciones y los personajes están dibujados de tal manera que no sólo Sigrid es la villana absoluta del cuento, sino que Lorenzo se corona como el héroe trágico de su propia epopeya.

¿Era Sigrid una perversa? Totalmente, pero eso y que el padre de la criatura sea un violento miserable no son hechos excluyentes.

Sabiendo la importancia que tienen las palabras, reconozco que muchas de ellas son polémicas, pero me encuentro ante una situación tan ominosa que no hay otra forma de calificar el fenómeno que aquí describo.

El guion de El hijo está evidentemente escrito por un hombre.

El guion de El hijo está cargado de male gaze.

El guion de El hijo esconde una subtrama que no puede más de misógina.

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Detrás de las secuencias de misterio y ansiedad, se aloja el mensaje de que la justicia está para tornarse siempre en favor de la mujer, cosa injusta siendo que también hay mujeres malas: miren qué mala que es Sigrid. Miren.

Miren qué mala que es Sigrid y miren qué desdichado que es Lorenzo, que sólo quiere lo mejor para su bebé. Bullshit.

Lorenzo es un alcohólico que ya perdió relación con sus dos hijas mayores por antecedentes de violencia (información que se da hablando mal de su primera mujer, que “se llevó a sus nenas a Canadá”) y que, ante la primera reclusión de Henrik, busca apropiarse de él con una posesividad igual a la de su madre.

Las discusiones de la primera etapa cronológica de la película nacen de los deseos de la madre de otorgarle a su hijo una infancia (desde el embarazo inclusive) lo más naturista y carente de estímulos dañinos posible. Y por más que algunas decisiones sean polémicas, nada alzaba una bandera maliciosa.

Aun así, las reacciones del marido ante estas pequeñeces ya son agresivas; se ve la tendencia a la victimización tan claramente que no puede echársele la culpa a la presión de las posteriores situaciones mayores para justificar los comportamientos enfermizos de Lorenzo.

Dale, ¿qué clase de persona le apunta a su mujer con una escopeta con el mero objeto de usar la mirilla como binocular? Flaco, sos un freak, no hay mucha más vuelta que darle.

Porque si tu mujer no deja salir de la casa a tu pibe, que ya tiene como 10 meses y nunca fue a un pediatra, vos no te escapás con la guagua y en el camino le reventás la jeta contra el suelo a la madre. Llamás a un psiquiatra, a un amigo, a un juez de menores, a alguien. Lo que definitivamente no hacés es ser un espectador pasivo que no para de lamentarse de su propia existencia para explotar finalmente en una secuencia sin sentido.

Pero bueno, está bien: Lorenzo le estrola el marote contra el parqué a Sigrid con tal de llevarse a su preciado Henrik al médico, y encima pretende que su accionar le merezca una corona de laureles. Digamos que lo más grave no es eso, que lo más grave es cuando vuelve a la casa y se encuentra con uno de los momentos más inverosímiles e indignantes de todo este mar.

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Él llega y la policía está en la puerta, le arrebatan al niño y le dicen que no puede entrar al hogar porque tiene una denuncia por violencia doméstica y, por ende, una perimetral.

La persona que escribió esto no tiene ni la menor idea de lo que es el proceso de conseguir una perimetral. O quizás lo sepa y simplemente se re contra cagó en ello de pies a cabeza.

No puedo creer que tenga que escribir cosas que deberían ya estar completamente claras. Que la policía no atiende las llamadas por violencia de género; que para que una mujer consiga una orden de alejamiento primero debe pasar por declaraciones y evaluaciones que, créanme, tardan bastante más que una horita y media.

Y por si esto no era suficiente, cuando Julieta increpa al protagonista sobre el golpe a su mujer, este responde: “pero no es que le pegué”. Como si importara mucho la diferencia.

En lo que queda del film (y queda bastante) estas situaciones se repiten durante todas las instancias judiciales, psiquiátricas y sociales. El truco está en que, cuanto más avanza la historia, más vemos que Sigrid es realmente una amenaza para Henrik y a Lorenzo lloriquear.

Nos pintan un cuadro binario del bien y el mal, cuando el retrato real era el de dos locos megadañinos que lo único que harían con un niño en su resguardo sería desgarrarle la cordura y quemarle la salud hasta la raíz. Y ese tendría que haber sido el productor del miedo: la angustia de que, con cualquiera de los dos polos, Henrik hubiese estado en peligro de igual manera.

El truco (que menciono antes) es por completo miserable, porque lo único que me parece primordial exigir siempre es la frontalidad.

Morir con las botas puestas.

Hacerse cargo de las propias decisiones y los propios discursos.

El que se la banque en la posición del hijo de puta tiene mi respeto. Muchas veces también mi repudio. Pero si por lo menos no se escuda tras el manto de lo sutil, no tira la piedra para después esconder la mano, un mérito tengo que darle. No es el caso del guionista de El hijo y este modus operandi totalmente cagón.

¿Cuál es el elemento del film que lo vuelve tolerable? (a pesar del male gaze; a pesar de la trama ineficiente).

Su dirección.

Una de cal, una de arena, quizás la virtud más grande del film sea que el combo arte-foto está tan bien ensamblado que da gusto verlo.

La foto es naturalista, con un estilo bien reminiscente a los clásicos policiales argentinos, pero con elementos (como las puestas de cámara) hiperligados al terror.

Como en la mayoría de las películas del género, se labura casi todo en clave baja, lo cual otorga la atmósfera opresiva que sostiene el relato, pero cuando las tomas tienen que ser luminosas, la característica se explota: clave alta y a jugar a que las figuras se prendan fuego, rayando la sobreexposición. La luz nos encandila y, junto con la cámara en mano, nos acelera el pulso tal como se debe para poder empatizar con la situación del personaje.

Además, la dualidad fría-cálida que se usa respecto a los personajes, espacios y situaciones no sólo funciona, sino que es realmente bella.

En cuanto al arte, las paletas de color son una locura.

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Tanto los personajes como los espacios son en su mayoría rojos, azules y verdes. Su uso y progresión a lo largo del relato no son para nada complejos (el azul de la soledad, que inunda como si fuera un océano; la obvia simbolización de la pasión y –sobre todo– la sangre en los rojos; y los verdes, que sólo aparecen en sus tonos más claros y que se usan como alivio del encierro y como conexión con la realidad), pero son efectivos a la hora de sostener una historia que no puede por sí sola.

Tampoco está demás decir que todas las actuaciones están más que bien. Joaquín Furriel, Martina Guzmán, Luciano Cáceres, Heidi Toini y Regina Lamm encarnan sus papeles sin esa característica afectada y falsa del dramón policial argento. Y eso es un montón.

El trabajo de Schindel en El Hijo es un trabajazo y se merece todas las rosas. Tanto, que se vuelve una pena no poder pasar por alto que los cimientos de la cuestión estaban completamente corroídos.

La representación que escoge el guionista es terrible, porque hasta la más ficcional de las ficciones lleva consigo una responsabilidad ética. Porque en los tiempos que corren, hablar de los hombres maltratados por mujeres es descarado y malicioso; porque decir que la policía y la justicia protegen a las mujeres es falaz; porque escribir a un personaje como Lorenzo para subirlo al pedestal del héroe es peligroso.

La sociedad aprende de la cultura. Chupamos como esponjas lo que se nos pone frente a los ojos.

Es por eso que hoy, lo que nos cuenta por lo bajo El Hijo no puede sino asquearme.

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