Moacir III: Con la nostalgia del tango y la alegría del carnaval

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Moacir III es un viaje cálido entre la fantasía y la realidad, guiado por esta persona y personaje, Moacir Dos Santos, junto con un director (Tomás Lipgot) que, siendo a su vez protagonista, ayuda a borrar aún más los límites entre lo guionado y lo real.

Esta película es la tercera y última parte de la “Trilogía de la libertad” que Lipgot comenzó hace siete años con Fortaleza (2010), en la cual muestra la vida de Moacir Dos Santos, entre otras personas internadas en el Hospital Pisquiátrico Borda, para continuar con la segunda parte, Moacir (2011), una vez que este había salido de la institución.

Moacir III fue estrenada hace algunas semanas en las salas argentinas, si bien ya había sido presentada en el BAFICI 2017. El documental muestra el detrás de escena de la película, así como la película misma que quiere filmar su propio protagonista.

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Moacir Dos Santos nació hace setenta años en Santos, Brasil, en una favela, criado entre sambas y carnavales. Lleva la música en la sangre y la reparte adonde vaya, para quien quiera oírla. En los años 80, vino a vivir a Buenos Aires y pasó internado diez años en el Borda. Este entrañable personaje tiene canciones de su propia autoría, donde refleja sus deseos, frustraciones e historias imaginadas. Él es cantante, actor, transformista y se toma su arte de manera muy seria, a pesar de lo que pueda parecer.

Este es el documental de una película: Moacir quiere filmar una ficción sobre su propia vida, con retazos de fantasía. Los actores son personas cercanas a él y cada escena remite a algo que le sucedió o le gustaría que sucediera (como aquella en la que decide perdonar a un muchacho joven que quiso robarle). De forma constante, Moacir III nos muestra el tras bambalinas, así como la ficción misma. Lipgot no teme mostrar los hilos, ya que pueden ser, por momentos, tan interesantes e increíbles como lo imaginado por el protagonista.

Moacir mezcla en su mente las escenas de ficción con la realidad de su vida, y nosotros, como espectadores, no podremos saber si es su vida real o aquella imaginada por él. Por ejemplo, el protagonista cuenta que tuvo una novia con ojos verdes y desea representar esta historia en su película. Estas escenas son representadas por su amiga Noelia, de quien también está enamorado. Según relata, Moacir no pudo casarse con la mujer de ojos verdes, porque ella tenía otro novio y esto mismo impidió, según sus argumentos, que se pudiera filmar la escena del casamiento de ficción. En otro momento, Moacir quiere representar su muerte, aclarando al público que es una muerte de mentira; sin embargo, se las ingenia para que el engaño esté presente también en la escena inventada. Todo se mezcla de una forma armónica. Realidad e imaginación, finalmente, se unen en las canciones que acompañan cada uno de los momentos retratados.

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En la última entrega de esta trilogía, el dúo Lipgot-Dos Santos, quienes ya se tienen confianza y cariño mutuo, nos llevan por la historia que el protagonista quiere contar. El tono es una mezcla de arrabal y carnaval que remite a una nostalgia alegre o quizás mejor a la verdadera saudade: por la vida que fue, por la que no pudo ser, por los deseos pendientes.

Uno de los aspectos más lindos de la película es la mirada que tiene sobre el protagonista. Lejos de burlarse, tampoco lo enfoca de forma condescendiente ni lastimosa. Moacir es quien es, con su fortaleza, su locura encantadora y sus verdades mezcladas con fantasía. Lipgot se involucra y lo confronta con parte de sus contradicciones, pero con el cariño de un amigo. El encanto de esta unión trasciende todo cuestionamiento sobre lo que es real y lo que no, que luego llega con calidez a los espectadores, sin ser empalagoso.

 

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