Send Help: Alegría con fin

En una escena de ¡Ayuda! (Send Help), vemos a Linda (Rachel McAdams) tomar de rehén a Bradley (Dylan O’Brien), al que ha paralizado con la toxina de un pulpo. La mujer le explica a su jefe (su antiguo jefe, en verdad) que ella es ahora quien tiene el poder entre ambos, mientras finge que va a castrarlo. Antes de esto, habíamos visto cómo ella lo había abandonado por dos días, dejándolo sin agua, hasta que el tipo estaba por caer desmayado. Lo que Linda le dice remarca a través del diálogo lo que hasta el momento ya venía decantándose solo por el desarrollo de la trama.

Sin embargo, lo cierto es que en el contexto de una película como ¡Ayuda! este subrayado no resulta molesto. Más bien, sirve para otra cosa: mostrar el orgullo y la satisfacción de un personaje que hasta el momento se hallaba en un lugar de sumisión y ahora ha logrado invertir la lógica de dominación por completo. De modo que les echa en cara este cambio de roles, tanto a Bradley como al espectador.

Ese momento forma parte de una película donde sus personajes gustan todo el tiempo de refregarle al otro que se tiene poder sobre él. Y este ida y vuelta entre Linda y Bradley ocurre de forma desaforada, con un sentido de la comedia que oscila entre el humor negro, basado en la ridiculización y la crueldad, y el humor físico (lo que en inglés se conoce como slapstick). Es el universo de ¡Ayuda!, pero también el de Sam Raimi, director que, en sus películas más personales, gustó de filmar a personajes caricaturescos, salidos de una historieta o un dibujo animado (Ash, de la trilogía Evil Dead como ejemplo más claro), con un estilo visual dinámico que privilegia planos y movimientos de cámara tanto o más extravagantes que ellos.

Si menciono que esto ocurre en sus películas más personales, se debe a que Raimi es antes un director de oficio que un “autor”. O sea que en su filmografía conviven films con una mirada y una estética que le son más propias, con otras hechas por encargo, e incluso con otras por encargo en las que de todos modos aporta cierta personalidad (fue contratado por Marvel para dirigir la secuela de Doctor Strange una vez que Scott Derrickson renunció a ella, y le incorporó elementos de horror que son marca registrada de su cine). Raimi es, en suma, alguien parecido a los antiguos directores del Hollywood clásico, que podían combinar en su filmografía proyectos personales con otros a pedido de los estudios.

En ¡Ayuda! vuelve al terror mezclado con comedia, el híbrido que lo hizo famoso con Evil Dead y que retomaría años más tarde con la maravillosa Arrástrame al infierno. Pero su estilo visual acelerado va a estar al servicio de una historia mucho más reducida que en otras de sus películas. Después de todo, lo que hizo acá, en líneas generales, es poner a sólo dos protagonistas aislados durante su mayor tiempo en un único exterior, teniendo que sobrevivir con los menores recursos posibles.

De ahí que, en alguna medida, Send Help pueda verse como una película que combina la desmesura caricaturesca de su director con cierta austeridad.

¡Ayuda! es también una película en la que su director no se asienta en lo sobrenatural (Drag Me to Hell, Evil Dead o Premonición) ni en los componentes tradicionales de un género (como pasaba con el western en la brillante e infravalorada Rápida y mortal, con el cine negro en Un plan simple, o hasta con el subgénero de superhéroes en Darkman) para contar su relato.

Supongo que, al no tener estos anclajes y poseer un costado de crítica social bajo una forma satírica, ¡Ayuda! es también su película más cínica hasta el momento.

A través de la historia de la empleada y su jefe perdidos en una isla, despojados de todo y traicionándose de forma mutua, Raimi va a mostrar que detrás de la estructura jerárquica propia del entorno laboral corporativo, lo que se esconde es una estructura de dominación atávica. Por eso, lo que nos dice la película, con una comicidad despiadada y brillante, es que las formas de opresión propias del humano primitivo se replican en las formas burocráticas del mundo del trabajo.

Claro que, al sentirse Linda atraída por Bradley, y al estar ambos varados en un lugar remoto, está latente la posibilidad de que entre ambos surja un romance. Sin embargo, esto no sucede. Más bien, el director hace que cualquier posibilidad de amor entre los dos se agote. La escena que mejor representa esto es la cena entre ambos, cuando los personajes ya se tomaron cariño. Ahí vemos a Bradley servirle a Linda una cena que preparó, de noche, con una fogata y una iluminación que deja a sus personajes en claroscuro. El momento amaga con dar lugar a una escena amorosa entre ellos. Sin embargo, esto queda interrumpido cuando Linda empieza a marearse luego de comer unos frutos del bosque envenenados. Veremos luego que Bradley quiso dejarla morir para escaparse en una balsa. Toda reconciliación y convivencia pacífica se frustra, y lo que va a quedar, entonces, es un escenario de supervivencia del más apto.

Pero, así y todo, este cinismo no corresponde tanto a la mirada del director sobre su universo (como sí sucede con el cine de los Coen –amigos y colaboradores de Raimi– o de Todd Solondz), como sí a la mirada de su personaje. Lo que va a terminar por ocurrir es que Linda pasa de ser una trabajadora naif y un poco patética para transformarse en un personaje terrible e inmoral. Raimi no va a juzgar a su personaje. Por el contrario, va a jugar con el espectador de la forma más hitchcockeana posible, haciendo que uno como espectador quiera que a su protagonista le salgan bien sus planes más retorcidos. En efecto, esto es lo que termina pasando: Linda no sólo no es castigada, sino que alcanza el éxito bajo los medios más siniestros posibles.Su final, hermoso y a contrapelo de cualquier moralina, es de una notoria ambigüedad. Ahí vemos una muestra de afecto genuino por ella de parte de su director, pero también un carácter aterrador: un personaje que antes era dócil, y ahora se ha convertido en un verdadero hijo de puta, logró salirse con la suya. En todo caso, es bueno ver a Linda y a Raimi en plena forma, que con ¡Ayuda! trajo alegría cinematográfica, esta vez en forma de veneno.