La Virgen de la tosquera: cuerpos que arden

Un país a punto de estallar puede tener la forma de un barrio embrujado por una macumba o de una adolescente que experimenta el desamor en carne viva. Porque la transposición de dos cuentos de Mariana Enriquez (“La Virgen de la tosquera” y “El carrito”, pertenecientes a Los peligros de fumar en la cama) por Laura Casabé, en su ya quinto largometraje, captura la esencia más profunda del terror social de la escritora y la combina con una cinematografía que se toma el tiempo de respirar y de construir un coming of age femenino en medio de la crisis del 2001 en Argentina.

“Venía de la esquina de Tuyutí, por el medio de la calle, con un carro de supermercado muy cargado, y todavía más borracho que Juancho, pero se las arreglaba para empujar la basura acumulada, botellas, cartones, guías telefónicas”, narra el cuento de Enriquez. Y el carrito que llega a aquel barrio del conurbano, en Ituzaingó, es uno que parece surgir de las páginas: una montaña de basura, de bolsas sobre bolsas chorreantes, que parecen esconder lo más fétido y monstruoso, transportado por un hombre al cual pegan y es marginado por todos, excepto por Rita y su nieta Natalia.

La maestría del guion de Benjamín Naishtat (Rojo, Puan) radica en el puente orgánico que tiende entre dos relatos, y engarza a Natalia (Dolores Oliverio) de “La Virgen de la tosquera”, junto a su abuela, en aquella casa de aquel barrio de “El carrito”. Desde esa ventana ven cómo el hombre es golpeado por el borracho de la cuadra, y su sangre lo mancha todo. El sonido de los puños es estruendoso, cada uno impulsado por la discriminación, cada uno rasgando aún más un tejido social tenso, a punto de quebrarse.

Pero la primera escena de la película no es esa. Es Natalia, en la pileta, temblando mientras se masturba. Es ese placer previo al estallido de calor y violencia, en un cuerpo que siente demasiado. Como en la obra de Lucrecia Martel, los cuerpos de La Virgen de la tosquera traspasan la pantalla, y lo que puja por salir de ellos es el fuego insaciable de la adolescencia; las hormonas que se entrechocan e irrigan las venas sin importar el sentir o el pensar. “Queríamos a Diego para nosotras, no queríamos que fuera nuestro novio, queríamos nomás que nos cogiera, que nos enseñara como nos enseñaba sobre el rocanrol, preparar tragos y nadar mariposa”, relata el cuento. Y la cámara no se apura en transmitir aquella vivencia, que refuerza con un diseño sonoro impecable y unas interpretaciones sutiles e incisivas, entre las cuales sobresale el potente debut de Dolores Oliverio.

La atracción que siente Natalia por Diego (Agustín Sosa) se emplaza en aquella Argentina en Crisis, en aquellos días de una Internet primitiva, en locutorios y en salas de ICQ o en videojuegos; en gente que emigra a España (la misma madre de Natalia); en locales que se cierran y en saqueos; en cortes de luz que interrumpen el programa de Susana; en plata que no alcanza ni para un pantalón comprado entre tres; en gente que enferma y muere. La época se transmuta en la escenografía cuidada, en los vestuarios y en los signos, pero sobre todo, en la atmósfera, en las cadencias, en los silencios.

Ese clima social, efervescente e iracundo, se concentra poco a poco en Natalia, a medida que aborrece de Silvia (Fernanda Echevarría), que “se robó” a quien le tenía ganas. Y esa misma furia se desplaza por embrujos y violencia: sangre de la menstruación depositada en la taza de Diego, un grito desgarrador dirigido hacia la pareja de su abuela, un papel con un nombre arrojado al fuego, un labio arrancado a un chico, un alarido expulsado hacia su barrio de mala muerte, unas palabras susurradas a la Virgen de la tosquera. Y de fondo, ubicuo, el carrito que nadie se anima a tocar.

En el universo de Enriquez ni entidades lovecraftianas ni zombis ni espectros en mansiones dan miedo, sino los horrores de una sociedad resquebrajada. El prejuicio hacia un “cartonero de la villa” es equivalente a una maldición echada por su boca y las ganas sexuales adolescentes son canalizadas por una bruja que podría ser cualquier chica del conurbano. Lo sobrenatural se cuela por elementos cotidianos, de un realismo casi sucio, y terminan rugiendo a viva voz.

En ese transcurrir de los acontecimientos, hay lugar para retazos cómicos, diálogos achispados y secuencias musicales más que logradas que no solo cumplen la función de sumergirnos en aquel espacio y tiempo, sino también de empaparnos de los mundos interiores adolescentes de la Argentina de principios de los 2000, pero que igualmente son atemporales. El descubrimiento sexual, las salidas con amigos, el masturbarse a escondidas en la habitación, el sentir la crudeza del amor (o la obsesión) no correspondido interpela a cualquiera, en cualquier época.

No es casualidad el estreno de una obra así en este momento: la historia cíclica del país, de crisis y vueltas a la izquierda y a la derecha, de una economía rota y endeble, arremete más que nunca. En ese diálogo aparece una clara postura política. Así como La ciénaga, de Lucrecia Martel, expresaba una clase media en decadencia y un clima caluroso y tenso, el estreno de esta obra ambientada en aquel mismo año y sobre un tópico similar establece un diálogo con nuestro cine y también con nuestra historia.En ese volver hacia atrás, se produce un movimiento para repensar el hoy y el mañana.

La Virgen de la tosquera podría haber tomado caminos más explícitos, diálogos más explicativos y un terror menos sutil, pero no lo hace. Elige contar desde lo inefable, dejar quietudes que requieren de la imaginación activa del espectador, tejer atmósferas de sentidos tan candentes como los vividos durante la adolescencia y durante un país a punto de estallar. Ese tipo de decisiones producen una película que inhala y exhala, murmura y grita, llora y se enfurece. Un cine vivo.