Mid90s: la generación del medio

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En Argentina hablar de los 90 tiene connotaciones muy particulares. El 1 a 1; la convertibilidad; las privatizaciones; la pizza con champagne y Córdoba, la estratósfera y Japón en dos horas. Una década de transición, la cinta de video; el formato digital, que todavía era un poco analógico; los videojuegos pixelados; las computadoras gigantes y el dial-up. Si los 80 cambiaron la cultura y en los 2000 la tecnología avanzó más que en el resto de la historia de la humanidad, los 90 son la década intermedia; el hermano problemático, ese que no es tan lindo como el primero ni tan inteligente como el segundo. La resaca del crecimiento. “Yo, cut it; soy un perdedor; I’m a loser baby so why don’t you kill me?”, decía la canción.

La visión de ser joven en esa época y crecer en medio de tanta confusión, tan bien reflejada en el no hay futuro de los adultos de la Generación X y el Reality Bites, no ha sido tan revisitada hasta el momento por el cine. Poco se ha dicho de los 90, menos aún si lo medimos en comparación con la ya hartante explotación cultural de los 80 que se viene haciendo desde hace algunos años.

Por todo lo anterior Mid90s, ópera prima del actor Jonah Hill (Superbad, El lobo de Wall Street, Moneyball), puede significar la apertura de una seguidilla de películas que se encarguen de repasar una década que el cine aún no ha mirado como debería. No será la nostalgia lo que mueva estos relatos sino la incertidumbre y la incomprensión de un mundo que estaba cambiando a pasos agigantados. Esto último en Mid90s se plasma a la perfección.

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El relato nos presenta a Stevie (Sunny Suljic), un pequeño de 13 años que vive con su madre soltera (Katherine Waterston, en un papel maravilloso) y un hermano violento con ciertos trastornos de ansiedad (Lucas Hedges). Stevie deambula por ahí sin muchos amigos, en una ciudad que parece nueva para él. Al parecer se han mudado algunas veces y no conoce demasiada gente, su único vínculo es con Ian, su abusivo hermano mayor. La vida del pequeño cambia cuando observa a un grupo de jóvenes mayores que anda en skate cerca de su casa. Stevie hará lo que cualquier niño tímido de su edad hace en esas circunstancias: acercarse, estar merodeando a los chicos y ver si en algún momento alguien le habla para entonces aprovechar la oportunidad y hacer nuevos amigos.

El primero que se le acerca a Stevie es Ruben (Gio Galicia), el más joven del grupo, que intentará medirse siendo una figura de autoridad para Stevie y así ganarse el respeto de la manada. El resto de la crew la componen Fourth Grade (Ryder McLaughlin), un chico muy retraído que va con su cámara por ahí filmando absolutamente todo; Fuckshit (Olan Prenatt), el niño rico y bardero del grupo; y Ray (el skater Na-kel Smith), el más talentoso y maduro del grupo.

Lo que sigue a este encuentro se corresponde con una típica película de iniciación o coming of age en un mundo donde los adultos están ausentes casi por completo. Stevie irá conociendo las drogas, el alcohol, el valor de la amistad y el sexo, al tiempo que también irá comprendiendo mejor qué es lo que pasa con su vida, con su madre y con su hermano. No es una película sobre el fin de la inocencia, pero sí sobre el crecer en un ambiente un poco hostil.

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Es imposible que una película de este tipo no transpire Linklater en cada cuadro. Jonah Hill exprime eso y genera un relato sensible, maduro y con la suficiente crudeza que, sin caer en golpes bajos innecesarios, funciona de forma perfecta en una duración más que oportuna, apenas 85 minutos.

Desde lo técnico el cinéfilo podrá disfrutar de la hermosa textura del super 16 mm, el formato de excelencia del cine independiente de los 80 y 90, hoy casi extinto. Dramáticamente la película es muy efectiva. Todas las interpretaciones tienen mucha naturalidad y reflejan de forma excelente el espíritu de la época. Mención especial para esa madre desbordada y preocupada que interpreta Katherine Waterston, quizá en el rol más logrado de su carrera hasta el momento. El arte y la ambientación también hacen lo suyo. Desde los objetos y la paleta de colores se logran captar de forma muy precisa los gustos y los elementos de ese periodo histórico, lo mismo ocurre con la música y la ambientación sonora.

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Si Skate Kitchen era una mirada feminista al mundo del skate y las redes sociales en la actualidad, Mid90s ofrece una mirada “fraterna” del deporte en su pico de popularidad. Ambas películas podrían verse en tándem y reflejar con mucha claridad un cambio de paradigma. Si bien es correcto señalar que la mirada del director está puesta sobre “la masculinidad” y que esto es un tema importante en el desarrollo de la trama, Hill se hace cargo del contexto actual en el que su película cobra existencia y, en una escena muy puntual, toma una decisión errada desde la puesta en escena pero correcta desde lo político y cambia de forma brusca la focalización del relato, para equilibrar a los personajes masculinos con los femeninos.

En resumen, Mid90s es un sólido debut con marcas autorales reconocibles que redondean una bella película que, casi con seguridad, inaugurará la revisión cinematográfica de una época que hasta el momento no ha sido demasiado revisitada por los cineastas contemporáneos.

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