Por tu culpa, por tu gran culpa: If I Had Legs I’ d Kick You

If I Had Legs I’d Kick You / Si pudiera te patearía (Mary Bronstein, 2025) es una de esas películas chicas en producción, que llegan a los Óscar a fuerza de una buena historia, una forma curiosa de contarla y una actuación merecedora de, al menos, una nominación.

En este caso, es la de Rose Byrne, que encarna el papel de Linda, una madre colapsada a cargo de una nena con algún tipo de condición gástrica que debe llevar una suerte de sonda en el estómago, también tener cuidados especiales, asistir a consultas médicas continuas y que obligan a Linda a formar parte de un grupo de apoyo para madres (porque no vemos padres) en situaciones similares, como parte del tratamiento de la niña.

La cámara se posa sobre ella en planos cerrados y gran parte del resto de la escena y de los personajes quedan fuera de campo; en especial, la niña a quien no vemos nunca, solo escuchamos su voz que es, en muchos momentos, molesta y en otros tantos, perturbadora.

Con esta premisa, seguimos a Linda yendo de un lado a otro, con su hija, alojadas ambas en un motel de poca monta, ya que su departamento está en arreglos por un enorme hueco en el techo, que opera como amenaza, latencia del colapso total de la vida de estas mujeres y como agujero negro de recuerdos que procesa la protagonista.

La historia se centra en ella y en el calvario que implica cuidar a su hija enferma en este contexto, sumado al hecho de que el padre (Christian Slater) esté de viaje por trabajo y cuya presencia también es presentada como una voz fuera de campo que alterna entre un pedido de orden en la vida de Linda y un lugar donde ella pide ayuda, infructuosamente.

La forma caótica de presentar a los/as protagonistas en la pantalla acompaña al momento que transita Linda. El agobio del primer plano respira en las escenas nocturnas, en las que la vemos de cuerpo entero alejándose de la habitación donde la niña duerme y del babycall por el que puede escucharla. La vemos despeinada, tomando en exceso, fumando, peleándose con la chica que atiende en el motel en el turno nocturno y negando la compañía de James (A$AP Rocky).

Esta última no es la única ayuda que niega o no puede alcanzar. Una de las claves de la película está en el estallido de Linda en el grupo de padres con la Dra. Spring. Luego de semanas de evitar asistir al grupo de ayuda organizado por el servicio médico a cargo del tratamiento de su hija, se sienta en la mesa para escuchar, otra vez, a la médica decirles a las madres que esto que les pasa a sus hijos/as no es su culpa, a lo que Linda responde:

Seguís diciéndonos que no es nuestra culpa. Mmm… pero… pero sí lo es. O sea, si no es nuestra culpa, entonces estamos jodidos de verdad. Andamos por ahí fingiendo que tenemos el poder de cambiar algo que ni siquiera entendemos, porque no es nuestra culpa, pero sabemos cómo cambiarlo, aunque no sea nuestra culpa. No es justo, pero es nuestra culpa. Así lo veo yo. Eso es todo. De eso se trata todo esto, de nuestra culpa.

Ya lo sé, y no necesito verte porque sé lo que vas a decir: que ella fracasó… Y que yo fracasé porque nos preparaste para el fracaso. Nadie se esfuerza si tiene una red de seguridad. Nadie, ¿entiendes? Voy a estar aquí el resto de mi vida tirando mierda por ese tubo. Todas las noches hasta que me muera. Y nada de esto nos ayuda a ninguno. Nada de nada.

Es en esa escena en la que empezamos a comprender algo de lo que desordenadamente se nos muestra. Una mujer que no se esfuerza lo suficiente, que falla todo el tiempo; un escenario en el que todo lo que sucede es su culpa pero pareciera que ella se esfuerza por arruinar.

No es su culpa pero es ella la que tiene que ir al grupo terapéutico y llevar a su hija al médico y esforzarse porque coma, porque duerma y salga todo bien. No es su culpa pero lo es. Falla como madre y falla en todas las otras dimensiones, como profesional psicóloga, incluso como paciente, como cuidadora de un hámster y como adulta a cargo de una propiedad, como vecina, como casi amante.

También falla el cuidado hacia ella. No hay remanso, y las redes que se le ofrecen o que están ahí cerca para que ella eche mano no atrapan ni atajan. No sé bien si no atajan porque hay demasiadas aberturas en ellas o si la protagonista busca (y logra) escaparse de esa red. Como sea, no la atajan. Nadie la ataja. Ella se mueve y esquiva todo. O quizás es porque “nadie se esfuerza si tiene una red de seguridad”, como ella dice. El problema central es que ella se esfuerza, pero fracasa.

El fuera de campo es una manera de remarcar que el resto está ahí al lado, sin poder acercarse de forma eficiente o asertiva. Incluso, cuando ella intenta acercarse, consigue alejar al resto, como a su psicólogo (Conan O’Brien) o a James que ni siquiera busca solucionar alguno de sus problemas sino acompañarla en sus momentos de escape. Nada ahí afuera logra intervenir o entrar. Incluso, eso falla.

Linda logra eliminar una de las amenazas sacando el tubo de su hija y el marido vuelve para tapar el agujero en el techo y anular ese otro peligro. Sin embargo, frente a esto, tampoco hay lugar para la redención, el disfrute, o el descanso. Abierta la posibilidad de salir del agobio, Linda solo puede estrellarse. Pero también ahí falla porque ese estrellarse no la destruye para dejar de padecer. Tampoco es un estallido completo que reparte esquirlas a su alrededor. Es un colapso que queda en la costa, sin siquiera hundirse.

If I Had Legs… es un acierto que se destaca por presentarse como una peli más sobre la maternidad, pero que nos deja tirados/as y agotados/as sin poder cerrar con un aprendizaje que nos calme. Estamos echado/as en la costa, queriendo que la pantalla se funda a negro para descansar.

Una de las mejores películas de la temporada y merecedora de todo premio que haya a la mejor actuación femenina para la grandiosa Rose Byrne que pasó de las comedias románticas a esta comedia negra sin redoblantes ni maquillaje para convertirla en un monstruo.

Vayan a verla en cuanto puedan.