Marty Supreme: diamante en bruto

Es tan difícil envejecer sin un motivo, no quiero perecer como un caballo moribundo
La juventud es como diamantes al sol, y los diamantes son eternos…
«Forever Young», Alphaville

Las películas de los hermanos Josh y Benny Safdie generalmente responden a patrones que se van reiterando conforme a la historia propuesta y los personajes que la integran. Considerando los últimos trabajos que dirigieron en el circuito mainstream, podemos definir a sus figuras estelares como meros antihéroes tragicómicos. Tanto el criminal incompetente que personifica Robert Pattinson en Good Time (2017), como el joyero ludópata que compone Adam Sandler en Uncut Gems (2019), proyectan a un arquetipo de ciudadano sistemáticamente despreciable, el mismo que también puede rastrearse en el deportista arrogante que encarna Timothée Chalamet en Marty Supreme (2025), la segunda aventura en solitario de Josh; luego de desvincularse de su asociación con Benny, quien por su parte dirigió en simultáneo The Smashing Machine (2025).

Estos ejemplos son agentes de un caos suscitado por decisiones puramente amorales que corrompen su identidad y contaminan al entorno social y familiar en el que prevalecen. Claro que en el caso de Marty Supreme subyace una salvedad al momento de su desenlace, la cual se contrasta con dicha metodología para concederle una redención a medias a este joven atleta judío inspirado en el campeón de tenis de mesa Marty Reisman. El entramado de la historia va recorriendo los obstáculos que debe ir superando un vendedor de zapatos que aspira a convertirse en un jugador profesional de ping pong para consagrarse en el circuito de campeonatos internacionales. Chalamet logra una personificación remarcable como ese manipulador sin escrúpulos que no solamente se va devorando a los más dóciles, sino que incluso se permite rebajarse a la humillación para alcanzar su meta final (derrocar a su némesis japonés Koto Endo en su tierra natal).

Josh arremete con una rara avis para los estándares comerciales. Marty Supreme es en parte un coming of age disfrazado de melodrama deportivo que propone centrarse en la urbe judía de una Nueva York de los 50 pero reproduciendo canciones de los 80. Puede ir de una secuencia intensa con mafiosos liderados por Abel Ferrara a una exhibición apasionante de ping pong amistoso en Japón. Dimensiona el tenis de mesa como una especie de subcultura clandestina con sus jugadores profesionales, sus apostadores cancheros y escenarios de competencia. El desfiladero de instancias no solamente es atractivo, sino que mantiene una adrenalina efervescente (sea con una bañera que se desploma en una habitación de hotel o el rescate de un perro en un caserón de las afueras). Los secundarios de Odessa A’zion, Kevin O’Leary, Tyler Okonma y Fran Drescher también se destacan.

Marty Supreme mantiene ese recorrido asfixiante donde el montaje se siente como un cóctel adulterado de diálogos acelerados y situaciones excesivas. Tal como nos tiene acostumbrados el cine de los Safdie, la cámara sufre de ansiedad y se manifiesta a través de una dinámica frenética. Dado que pisa el acelerador desde el arranque, la ambición desmedida del Marty Mauser que diagrama Chalamet va orquestando un periplo que inevitablemente debería colapsar (las convicciones del sueño americano solamente funcionan para los puristas según las reglas del Hollywood clásico), aunque sus intenciones parecen ser otras. La proporción se desnivela cuando el contrapunto de Milton Rockwell, el empresario que sponsorea a Marty, se transforma en un antagonista aún más detestable que el narcisista de Chalamet. Así es como Josh termina apuntando su película a un terreno más iluminado (accesible para la media) de lo que podemos suponer. Tal vez la marca Safdie empieza a ablandarse. Lo que tampoco debe considerarse como un aspecto negativo.