Reseña: Fue solo un accidente

Las películas de Jafar Panahi suelen ofrecer un cruce muy extraño entre lo cotidiano, la política y cierto absurdo. A veces con mayor calidez, otras con momentos más sórdidos, son películas donde hay situaciones que todo el tiempo tensionan ciertos límites y géneros de la ficción y el documental. Fue solo un accidente, su última película ganadora de la Palma de Oro en Cannes y nominada a mejor película extranjera y mejor guion original en los próximos Óscar, no es la excepción.

La película abre con una secuencia inicial que le da la justificación al título: un pequeño accidente automovilístico en la ruta que genera un desperfecto mecánico y por el cual la familia que viaja en el auto deberá terminar en un pequeño taller local.

A partir de allí se desarrolla una larga secuencia en la que no entendemos muy bien qué está pasando y donde distintos reveladores de información, de a poco, nos permiten comprender de qué se trata todo. Contar más en detalle la trama no tiene mucho sentido, porque justamente el chiste de la obra es no conocer demasiado de antemano y dejarse llevar por lo que va ocurriendo en la pantalla.

Lo que quizá sí se puede comentar, sin arruinar demasiado la sorpresa, es el cruce y la relectura que se podría pensar entre lo que muestra Panahi en Irán y nuestro propio país. Por un lado, aparece una pregunta que ha sido un largo tema de conversación en la Argentina luego de la última dictadura militar: ¿qué ocurre cuando la mano de obra desocupada de la represión se queda sin cobertura y se reintegra a la vida social?; ¿qué pasa si uno se cruza con su torturador en el supermercado haciendo las compras?; ¿cómo es posible recomponer ese vínculo social luego de una tragedia? Algo de eso que se narraba en forma de policial en En retirada (1984), de Juan Carlos Dezanso. Pues bien, en torno a estas cuestiones, Panahi construye una larga tesis y toma una posición muy clara a través de la ética con la que modela a sus personajes. Las últimas dos secuencias de la película son maravillosas en ese aspecto.

Luego hay, para mí, un segundo elemento que siempre me resulta fascinante tanto en su cine como en el de Abbas Kiarostami: la similitud geográfica y, me atrevería a decir, también cultural para con nuestro país que se percibe en la forma de mostrar a Teherán. Al observar la película, resulta impactante pensar que ese relato podría estar ocurriendo perfectamente dentro del conurbano bonaerense y sus adyacencias. Algo similar sucede con los personajes, su idiosincrasia y su manera de comportarse. Resulta llamativo cómo, a pesar de las enormes distancias que separan a ambos países, es muy fácil sentirse identificado con esos paisajes urbanos y con las personas que los habitan.

En resumen, recomiendo ver Fue solo un accidente sin saber ni buscar demasiado sobre la película y dejar que la trama los sorprenda, tanto por lo absurdo como por lo sórdido y pesado. Es un cruce fantástico entre costumbrismo y thriller, y otra gran obra en la carrera de uno de los mejores cineastas contemporáneos.