La vecina perfecta: una autopsia al miedo

Qué tal, estuve viendo La vecina perfecta, la propuesta de Geeta Gandbhir que está considerada en la carrera por el Óscar, y me gustaría compartir con ustedes algunas impresiones, en especial, sobre las razones por las que creo que este filme es una obra que trasciende el género documental tradicional. Creo que no estamos ante el típico relato de true crime (crimen real) que suele buscar el morbo, sino ante una disección quirúrgica, casi una autopsia, de la paranoia y el miedo que parecen haber embargado la convivencia en ciertos sectores de la sociedad estadounidense.

La película nos traslada a Ocala, Florida, un barrio suburbano que, bajo la estética de las cámaras de seguridad, proyecta una imagen de orden y paz que resulta, cuanto menos, engañosa.

Debo comentar que, desde un punto de vista puramente narrativo, el documental comienza de una manera un tanto morosa y repetitiva. El planteo del caso avanza con una lentitud considerable, y es probable que el uso extensivo de la estética de los dispositivos portátiles de grabación de audio y video adheridos al uniforme de los policiales genere cierta impaciencia en el espectador.

Al principio, tal vez uno sienta que no está recibiendo nada que no conozca de antemano: la consabida violencia social, el racismo sistémico, la histeria colectiva y esa evidente incapacidad del aparato de seguridad para atender temprana y eficazmente los indicios de una tragedia potencial. En este sentido, el documental expone con crudeza cómo el sistema preventivo se ve limitado en las relaciones civiles, enfocándose casi exclusivamente en actuar sobre las consecuencias, una vez que el hecho ya está consumado.

Sin embargo, esta sensación de estancamiento se revierte de manera virtuosa hacia el final. La estructura de «olla a presión» mencionada al principio de este análisis cobra sentido absoluto en la secuencia del interrogatorio policial previo al juicio. Es allí donde Gandbhir, junto a su editora Viridiana Lieberman, logra que el material de archivo hable con una fuerza demoledora. Al eliminar los artificios y el narrador omnisciente, la técnica de cinéma vérité digital nos convierte en testigos directos de la negligencia y la tensión. Esta decisión estética elimina cualquier distancia de seguridad, situándonos en el escenario del abismo detrás de la cerca, donde sentimos los gritos y el impacto seco de la bala a través de la puerta cerrada.

Lo mejor del documental es cuando deja de lado los trámites de la justicia para mostrar el problema de fondo. Cuando pone sobre la mesa una pregunta incómoda sobre la doctrina «Stand Your Ground» (algo así como: «Defiende tu posición», en español). En este orden de ideas, me surgió la una pregunta: ¿quién tiene realmente el derecho a sentirse amenazado?

Lo que queda a la vista es que la «autodefensa» no funciona igual para todos y suele depender del color de piel, convirtiendo una ley en algo que solo beneficia a una parte de la población.

La figura de Lorincz, retratada en esos interrogatorios finales con una frialdad clínica, resulta perturbadora precisamente porque no se trata de un villano de ficción, sino de una vecina cotidiana cuya paranoia se cultivó con el tiempo en la soledad de su hogar, sin que ninguna “autoridad” advirtiera su posible destino de tragedia y actuara en consecuencia, de manera eficaz y oportuna.

Conclusión

La vecina perfecta termina siendo un ejercicio de justicia visual que no busca la comodidad, sino la confrontación directa. Al finalizar el metraje, queda la amarga sensación de que el «sueño americano» ha mutado en una serie de búnkeres individuales donde la comunicación ha sido reemplazada por el atrincheramiento. Se convierte en un documento valioso para comprender las fracturas sociales del siglo XXI y un recordatorio de que el horror más profundo puede estar ocurriendo a plena luz del día, justo al otro lado de nuestra propia cerca.