Arco: un futuro posible

Arco e Iris charlan, ambos sentados en un banco al aire libre. El niño del 2932 habla con la niña del 2075 sobre el futuro de él, uno en donde la humanidad dejó descansar a la Tierra en el evento conocido como la “Gran Inactividad”, mientras los humanos viven en torres y vuelan y viajan en el tiempo utilizando trajes circenses, de colores vívidos y radiantes. Él le enseña el idioma de las aves. Ella le pregunta qué significa lo que dijo en aquel lenguaje. Él le responde: “Me gustás”. Ella se sonroja. Las aves surcan el cielo, y ambos se miran.
Arco de Ugo Bienvenu se compone más de aquellos momentos, de quietud, de palabras y de silencios, que de explosiones rimbombantes o de diálogos explícitos. No hay un villano claro y la estructura reiterada hasta el hartazgo del Camino del Héroe se tuerce y alterna por una más cercana a la Teoría de la Bolsa, en la que el conflicto tradicional se vuelve uno más interno. Y es que Bienvenu es tal vez el heredero más legítimo de los mundos de Hayao Miyazaki y Moebius, casi como si el cruce de ambos en 2004 en París hubiera producido algún efecto colateral en el artista francés.

La imaginería versátil del director ya se había hecho materia en cómics como Preferencias del sistema, publicado por Hotel de Ideas en el país. Y se podría decir que comparte un mismo universo estético con la película, uno de líneas definidas y sutiles, de cierto futurismo embebido tanto de la revista Metal Hurlant como de aquella estética pulcra de 2001: A Space Odyssey, de un clima contemplativo y esperanzador, pese al desastre y la hecatombe.
Si en aquel cómic la humanidad está preocupada por la cantidad limitada de espacio de almacenamiento que posee, por lo que procede a eliminar películas, libros, música, y cualquier reservorio cultural que no sea imprescindible para cierto poder, en Arco la humanidad está casi encerrada en hogares cubiertos de cúpulas, con familias capturadas por el trabajo y apenas presentes en la vida de sus hijos (apenas, mediante hologramas) y robots que se encargan de todas las tareas. Mientras, incendios feroces y tormentas devastadoras conforman la cotidianidad de un mundo lentamente arrasado.
Pero aquel futuro más inmediato contrasta con uno aún más lejano, el del año 2932. En él la humanidad volvió a sus raíces y dejó descansar al mundo de su mano. En él no hay hologramas, ni robots, ni escudos protectores; solo hay torres repletas de verde, en donde las personas se encuentran más conectadas con las aves que con la tecnología, y en donde el avance más grande está reflejado en los trajes multicolor y los pequeños diamantes posados en las frentes de quienes los portan, tan aerodinámicos como los pájaros que imitan, y capaces de viajar en el tiempo.

De aquella utopía es Arco, que se perdió en el tiempo a causa de lo más netamente infantil: incumplir la ley del viaje a partir de los 12 años para conocer a los dinosaurios. Mientras que Iris, una niña que debe vivir sin la cercanía de sus padres, es de la distopía más cercana en el tiempo, y pronto debe cargar con todas las responsabilidades de su hermano menor y de proteger a aquel otro niño.
Es en ese juego doble de futuros donde Bienvenu coloca una tesis: hoy son necesarios los relatos utópicos. La última Superman triunfó gracias a eso, una visión colorida y esperanzadora (y no por ello desprovista de gesto político) en medio de un presente descarnadamente distópico, y es en ese terreno donde nace también una obra con un gesto a lo Ursula K. Le Guin, ya que, como Bienvenu dijo en una entrevista reciente a Animation Magazine, “quizá sea nuestro turno de contar mejores historias e imaginar un final mejor y un futuro más positivo. Porque si seguimos imaginando cosas malas para el futuro de la humanidad, eso es lo que obtendremos”.
El viaje en el tiempo, un suceso normalmente envuelto en estruendo y en épica, en Arco tiene la forma de un jardín lleno de rociadores y almohadas, en donde el niño del futuro debe intentar volar. El único villano del relato (al principio, un grupo de tres hombres en busca del chico perdido; al final, revelados como buscadores de un sueño, tres personas torpes convertidas luego en aliadas) es en realidad el tiempo. La incapacidad de Arco para poder volver al futuro se trasluce en intento tras intento fallido, en la persecución de todo un pueblo en pos de capturar a alguien que no pertenecía a su época, en la nula escucha de los padres de Iris a lo que ella expresaba. La trama se desarrolla a contrapelo de lo esperado, con un conflicto que nace en verdad de la simple desobediencia infantil o de, al fin y al cabo, poder volar.

Ese componente emotivo atraviesa toda la obra con una inteligencia y sensibilidad notorias, canalizado por una animación de trazos fluidos y dinámicos, personajes definidos y una construcción de mundo detallada y viva, sincronizada con la magistral banda sonora de Arnaud Toulon, que les otorga peso y profundidad a las secuencias, tal como Joe Hisaishi lo infunde en Ghibli. El arco emotivo llega a su pico con la llegada de los padres, de un realismo doloroso; él nunca iba a poder volver, por lo que ellos debieron buscarlo por años. Enfrentarse a sus rostros avejentados fue enfrentarse a todo un tiempo perdido de su infancia sin ellos.
Pero en ese tiempo también conoció a Iris, con la cual Arco teje un puente vivo. Y si algo habita en ella es la imaginación; su dibujo, en base a las palabras de Arco, comenzó a imaginar todo el futuro que haría posible, más tarde, ese mismo encuentro. Y el dibujo que el robot hizo sobre la piedra de la caverna permitió que la familia pudiera encontrar a su hijo. En definitiva, el arte posibilitó un mundo, así como Bienvenu, con su obra, posibilitó un futuro tal vez algo más luminoso.



