Blue Moon: lo tuyo es puro teatro

“Era el hombre más triste que conocí”, con esta frase de la cantante Mabel Mercer arranca Blue Moon, de Richard Linklater. En la primera escena vemos a Lorenz Hart (Ethan Hawke) desmoronándose borracho en un callejón oscuro bajo la lluvia. La radio anuncia su muerte a los 48 años.
Este proyecto, que se estrena en simultáneo con Nouvelle Vague, la otra película oscarizada de Linklater, lleva gestándose desde hace más de diez años. Es la novena colaboración del director con Hawke, ambos consideraban que para poder llevarla a cabo el actor tenía que envejecer, no solo para poder asumir el physique du role que el papel demandaba, sino también para poder representar a un personaje tan complejo como lo fue Lorenz Hart.

El compositor formó un dúo con Richard Rodgers, juntos escribieron más de 1000 canciones. Rodgers se encargaba de la melodía y Hart de las letras porque, como se puede ver en la película, la palabra era su fuerte. Con una puesta que transcurre durante una noche en una sola locación, el restaurante Sardi’s, de Nueva York, donde va la gente de Broadway a la salida del teatro, la película es una catarata de diálogos ingeniosos, chistes y juegos de palabra que van y vienen como en una sitcom clásica.
Esa noche no es una cualquiera, es el 31 de marzo de 1943, siete meses antes del fallecimiento del compositor, y acaba de estrenarse el musical Oklahoma!. Es la primera producción de Richard Rodgers en la que Hart no participa, y él, un gay alcohólico de baja estatura que vive enclosetado (la homosexualidad estaba penada en Nueva York en esa época), no lo enfrenta de la mejor manera.
En medio de charlas sobre el amor, chistes con un mensajero y recitados de memoria de los diálogos de Casablanca que mantiene con el camarero del lugar (Bobby Cannavale), Lorenz se va hundiendo en una espiral de autodestrucción. A medida que la gente va llegando al restaurante luego del estreno, el letrista neoyorquino va dejando rastros de su dignidad con cada movimiento que decide dar.

Entre esas personas está su excolaborador Richard Rodgers (Andrew Scott), Oscar Hammerstein (Simon Delaney) que reemplaza a Lorenz como compositor y también Elizabeth Weiland (Margaret Qualley), una estudiante universitaria de la que Lorenz es mentor y que lo termina llevando al pathos absoluto cuando él le confiesa que siente una supuesta atracción, y ella, estupefacta, le dice que lo quiere pero no de esa manera.
Oscar Wilde decía que la vida es un teatro, pero no se ensaya: cada función es única. De esta forma se justifica la puesta claustrofóbica, este restaurante como único escenario en el que Lorenz está haciendo su último y triste show. En un rol de los que a la academia les encanta, Ethan Hawke demuestra que la década de preparación valió la pena e interpreta con seguridad y una medida justa de camp a este señor flamboyant, ingenioso y, por sobre todas las cosas, triste, muy triste.



