El caballero de los siete reinos

Hubo un tiempo en el que escribía reseñas casi a diario. Don George R. R. Martin hacía lo propio con sus novelas. Una de las grandes diferencias es que a George la escritura le trajo fama, fortuna y reconocimiento; y a este humilde servidor, deudas, peleas y dolores de cabeza. La otra gran diferencia es que George escribe bien, digámoslo todo. Y ya va siendo hora de admitir que, si ese fuera el caso de este humilde redactor, algo bueno ya debería haber ocurrido.

Ahora bien, todos sabemos que para ser un buen escritor —en lo que concierne al ambiente académico— hay que cumplir solemnemente el voto de pobreza casta y franciscana: no se le ocurra ser exitoso ni vender libros. GRRM es un caso curioso: rompió esa regla y no recibió los tiros que recibieron Stephen King, J. K. Rowling o Dan Brown, por nombrar a tres megabestselleristas. Eso lo ubica en el atril privilegiado del viejito Tolkien —criticado de todas las maneras posibles por sus largas descripciones— o de Agatha Christie. O también puede ser porque el cretino de Harold Bloom se murió y no apareció ningún otro gringo cínico para reemplazarlo.

La gran similitud —hay que compararse con los grandes para darse lustre— es que a ambos nos gusta más hacer cualquier otra cosa que escribir. Y es por eso que George no terminó su saga Canción de Hielo y Fuego, ni escribió un segundo tomo de Fuego y Sangre, ni produjo más que tres historias de Ser Duncan el Alto y su escudero Egg, la primera de las cuales recibe ahora una curiosa, pero esperable, adaptación por parte de HBO.

El caballero de los Siete Reinos (A Knight of the Seven Kingdoms – 2026 – Ira Parker) es una obra completamente distinta a las otras situadas en Westeros, tanto en libros como en series. Pero centrémonos en las series, que esto no es una revista de crítica literaria, hasta donde yo sé.

En Juego de Tronos (Game of Thrones / 2011–2019 / David Benioff y D. B. Weiss) tenemos una trama gigantesca, con más de una decena de protagonistas separados espacialmente mientras se desatan, al mismo tiempo, dos conflictos: la guerra por el trono y el ataque final de los White Walkers. Está contada desde el punto de vista de cada uno de sus personajes, que se alternan al frente del relato.

La casa del dragón (House of the Dragon – 2022 – sigue emitiéndose / Ryan Condal) narra la saga familiar de la sucesión Targaryen, en la que tías, sobrinos y primos desatan una guerra interna por el trono, a lomo de una docena de dragones adultos, con una estética over the top donde todo parece una versión de Hammer Films o un cosplay de Juego de Tronos.

Finalmente, El caballero de los Siete Reinos opera en una escala totalmente distinta: pocos personajes, una locación. Por alguna razón, no puedo dejar de pensar en The Green Knight (David Lowery – 2021) como una influencia principal en la sensación que deja cada episodio.

La historia es sencilla. Ser Dunk (Peter Claffey), un caballero errante ordenado —presuntamente— por su fallecido tutor, Ser Arlan de Pennytree (Danny Webb), se dirige a la ciudad de Ashford para participar de un torneo. Es su primera vez en las lides. Está quebrado. Solo le quedan los caballos y la espada de Ser Arlan. En una posada se encuentra con un joven calvo llamado Egg (Dexter Sol Ansell), que se ofrece como escudero. Nota aparte para la obsesión del autor con el pelo, elemento central de todas las tramas.

A la ciudad de Ashford llegarán muchos de los grandes señores de Westeros para presenciar o participar del torneo, entre ellos la Mano del Rey, Lord Baelor Targaryen (Bertie Carvell), su hermano Maekar (Sam Spruell) y el príncipe Aerion (Finn Bennett), hijo de Maekar y más malo que la peste. Otros dos hermanos de Aerion, Daeron el Ebrio (Henry Ashton) y el más joven de todos, Aegon, deberían haber llegado a la ciudad, pero no lo hicieron: están perdidos. Si no lo adivinaron, no puedo hacer nada por ustedes. Uno de los nobles más importantes presentes en Ashford es Ser Lyonel Baratheon (Daniel Ings), “la Tormenta Sonriente”, un personaje singular que entabla una relación con Dunk.

Dunk es tonto, noble (en un sentido) y fuerte. Egg es inteligente, noble (en otro sentido) y débil. Esta dupla se vio unas cuatrocientas cincuenta mil veces en literatura, cómics, cine y series. Hasta en Pinky y Cerebro. Y si esta vez funciona bien es porque la fórmula es inoxidable y el reparto está seleccionado virtuosamente.

¿Importa cuándo sucede esto? No es fácil contestarlo. La inevitable creación de universos —ya sea el de Star Trek, Star Wars o el que quieran— favorece, de alguna manera, la curiosidad por la línea de tiempo. Pero El caballero de los Siete Reinos no se ocupa de aclararlo. En La casa del dragón teníamos una escena introductoria y un texto en pantalla que nos ubicaba temporalmente. Aquí lo que tenemos es una diarrea. No en sentido figurado, sino literal. En el momento adecuado para esa explicación y mientras los acordes de la música —ya inmortal— de Juego de Tronos comienzan, hay un corte abrupto a Dunk cagando, agarrado de un árbol.

Fue muy discutido el aspecto escatológico de la escena, pero es más interesante el simbólico: ME CAGO EN JUEGO DE TRONOS. No obstante, aclaro: La casa del dragón arranca en el año 101 después de la Conquista de Aegon y se desarrolla mayoritariamente entre el 129 y el 131. Juego de Tronos empieza en el 298 de esa misma línea temporal. El caballero de los Siete Reinos se sitúa, más o menos, en la mitad: año 209.

El recurso del shock escatológico en los primeros minutos de cada episodio se repetirá. A la diarrea del episodio I la acompañará el plano del miembro de Ser Arlan orinando de frente a cámara en el episodio II, y luego, en el III, tendremos a un caballero perdiendo el ojo en una justa. Estos cortes abruptos sobre la línea temporal —o hacia flashbacks— forman parte de la estética propia de El caballero…, así como la brutalidad y espectacularidad del torneo.

El tono de la serie está pensado y ejecutado para diferenciarse de sus hermanas. En este relato hay buenos y malos. Puede haber personajes con matices, pero no es un universo totalmente tridimensional. También está deliberadamente enfocado en los “excluidos” de Westeros: el bajo mundo, las posadas sucias, la corrupción de los señores menores y lo que realmente piensan de los lores, especialmente de los Targaryen. Aquí tenemos noches bajo los árboles, cepillado de caballos y cocina de campaña.

El factor desencadenante —el que da inicio al segundo acto del relato— es provocado por la representación con títeres de una leyenda folclórica de Westeros: el enfrentamiento del caballero Serwyn con el dragón Urrax. Esto es tomado como una burla por el malvado príncipe Aerion, quien lastima a la titiritera Tanselle (Tanzyn Crawford) y provoca su enfrentamiento con Ser Dunk.

Los sucesos por venir son esperables. Pero lo obvio se convierte en reflejo condicionado por la muerte de Ned Stark, la Boda Roja, la muerte de los príncipes en La casa del dragón y demás plot twists a los que Martin es aficionado. Aquí, bastante más delicada, la serie se enfoca en los matices. Ahí está el truco.

Mientras tanto, disfrutamos de un viaje por este mundo. Tal vez averigüemos si Ser Duncan es ancestro de Brienne de Tarth; tal vez spoileen el final de La casa del dragón. Ya tuvimos la consabida premonición, ubicua en los relatos fantásticos, y si prestaron atención, solo puede cumplirse tras varios tropezones previos. La serie alcanza su tono deseado en los momentos silenciosos entre Egg y Dunk: en las charlas, las caminatas, las tareas diarias. Algo mágico sucede ahí. Una inmersión total en el mundo, desprovista de la trama.

La serie debería haber sido una película —los episodios duran media hora—, pero sabemos que hoy lo que funciona es este formato. Exprimir al máximo; armar cronogramas en los que se intercalará con la próxima serie de Harry Potter, The Last of Us, La casa del dragón y vaya uno a saber qué más, para evitar la baja de suscripciones, mantener balances positivos y acciones en alza. A esto hemos llegado.

Solo nos queda esperar que, ya que la serie es más barata y los episodios son menos y más cortos, no cometan el error de esperar tres años entre temporadas. Si esta es la era de las series y el formato es episódico, por lo menos hagan una temporada por año antes de que llegue el fin del mundo.