The Pitt: curar en la era QAnon

Hace un año, más o menos, cuando se lanzó la primera temporada de The Pitt, mi amigo Luciano me insistió durante semanas y semanas en que tenía que verla. De hecho, manifestando que “no sabía nada de cine”, me dijo que quería escribir sobre ella en La 24, porque estaba fascinado.
Tardé en escucharlo y en hacerle caso por varios motivos —el principal es que no estoy mirando muchas series y, menos que menos, “dramas médicos”—, pero tengo que reconocer que tenía razón.
En muchos sentidos, The Pitt es una serie a contramano de lo que propone la lógica actual de la narrativa y el consumo audiovisual de las plataformas y las grandes cadenas, y allí creo que reside su potencia y fortaleza.
De entrada, habría que mencionar lo más obvio: no es un show con grandes estrellas. Ni dentro ni fuera de Estados Unidos, el elenco de The Pitt no está compuesto por caras visibles o reconocidas, más allá de su protagonista, el doctor Michael “Robby” Robinavitch, interpretado por Noah Wyle, a quien quizá recuerden como el famoso Dr. Carter, que temporada a temporada fue volviéndose el personaje central de la mítica ER (1994–2009), y de algún que otro personaje secundario con apariciones puntuales (los fanáticos de Southland, quizá sea el único, reconocerán rápido a Shawn Hatosy, que da vida al médico Jack Abbot).

En segundo lugar, el tema de su duración. En épocas en las que las temporadas no pasan los diez capítulos, The Pitt tiene una estructura de quince episodios, en los que cada uno representa una hora de una guardia en un “simulacro de tiempo real”. A su vez, los capítulos no salen todos juntos, sino de a uno por semana. Esto, sumado a la crudeza de las imágenes y las historias que se narran, va en contra de la lógica del bingeo propuesta por Netflix y sus acólitos.
A su vez, hay algunas decisiones narrativas más que interesantes que también podríamos decir que van en contra de lo que parecen ser las directrices de las grandes compañías de streaming para los tiempos que corren. Para entender mejor: hace unos días, a propósito del estreno de The Rip (Joe Carnahan, 2026), una de sus estrellas, Matt Damon, se volvió viral al mencionar en una entrevista que Netflix les pide a los creadores que repitan un par de veces la trama y sus detalles clave a partir de ciertos diálogos y reveladores de información durante la obra, dado que los usuarios consumen las producciones en o mientras usan sus teléfonos. Nada más lejos de lo que ocurre en The Pitt. Quizá sea por el aire de secuela que tiene de ER, pero en este drama médico la terminología propia de la disciplina se lanza y se explica con naturalidad. Esto no es inconsciente: es el resultado de que la estrategia narrativa elija epicentro de los acontecimientos un “hospital-escuela”, en el que los médicos no solo van recibiendo pacientes, sino que también realizan una suerte de ateneo constante con residentes en formación.
Finalmente, por fuera de todas estas características, hay un elemento central que hace que la serie vaya a contramano de gran parte de la producción industrial contemporánea, y es el hecho de su profunda humanidad. The Pitt está hecha por y para personas. “La fosa” (traducción al español del nombre de la serie) es un apodo —¿despectivo?— que tiene el hospital ficticio Pittsburgh Trauma Medical Center. Allí llegan pacientes de diferentes estratos sociales (con distintos seguros médicos) en estado de emergencia, y la guardia del establecimiento tiene la función de estabilizarlos y derivarlos o, dada la propia saturación del sistema médico norteamericano, muchas veces resolver del todo la situación. El eje está puesto en los profesionales de la salud y en cómo intentan, quizá sin saber por qué, seguir haciendo lo que hacen en un contexto en el que la lógica les dice que deberían abandonar y dedicarse a otra cosa.

En muchos aspectos, la serie está dedicada a los profesionales de la salud, a quienes tanto salimos a aplaudir durante la pandemia y de los que rápidamente nos olvidamos unos meses después, cuando el encierro nos aburrió. En varias entrevistas y notas sobre el desarrollo de la serie, el propio Noah Wyle cuenta que, en un comienzo, The Pitt se pensó como una secuela de ER a partir de la experiencia traumática que atravesó el personal de salud durante la pandemia. Finalmente, ese proyecto no prosperó, pero sí fue la base con la que el actor y su showrunner —uno de los productores más longevos de ER, R. Scott Gemmill— terminaron delineando la serie. En este sentido, y volviendo a lo anterior, si bien el trauma de la pandemia es un elemento secundario de lo que ocurre durante la primera temporada de la serie y al que solo accedemos por pequeños flashbacks, la decisión de que esto aparezca, incluso cuando los acontecimientos de la trama ocurren en 2024, no es para nada menor y también va a contracorriente de un mundo que pasó de pensar en cómo salir mejor de ese suceso a enterrarlo debajo de una gran alfombra y hacer de cuenta que nunca ocurrió.
En esencia, en un buen o mal sentido —ustedes eligen—, se puede pensar y visualizar la serie como un checklist de varios asuntos problemáticos de la sociedad norteamericana y también de las metrópolis contemporáneas, en épocas de QAnon y el crecimiento de la anticiencia, abordados desde una visión más progresista, cercana a la agenda del sector más liberal del Partido Demócrata: incels, autismo y trastornos de ansiedad, antivacunas, adicción a los opioides, supremacistas blancos y racismo, violencia policial, burocracia institucional, uberización de la economía. Todo está a la orden del día y la serie no lo esconde: intenta, a su manera, decirnos que son problemas reales que deberíamos atender.
A pesar de no tener grandes estrellas, el elenco de la serie es fantástico. Todos los personajes están bien desarrollados y trabajados con mucha precisión y detalle. Al cabo de unos pocos episodios, apenas observando un par de horas de sus vidas, los conocemos, sabemos quiénes son, cómo es su personalidad, y podemos empatizar y cuestionar sus decisiones. El trabajo de Noah Wyle, en este sentido, es crucial, y su lugar como estrella, productor y guionista de algunos capítulos de la serie no es casual. Casi en continuidad con su rol de Carter, acá Robby es un entrenador de médicos. Está formado, es el líder de la guardia y el encargado de potenciar y educar a los residentes. Debe tomar las decisiones más difíciles y, al mismo tiempo, la propia dinámica y el colapso del sistema lo llevan a confiar y a tomar riesgos. Él marca el pulso y el camino del turno, al tiempo que también observamos cómo toda esa experiencia lo daña y lo afecta psíquicamente a través de múltiples ataques de pánico que va teniendo en diferentes momentos de la temporada.

A diferencia de otras series de médicos —e incluso de ER—, en The Pitt lo importante no es el gossip cotidiano del hospital (que lamentablemente existe, pero por suerte en dosis moderadas). El programa intenta, a su modo, ser un reflejo más o menos fiel de cómo puede ser una guardia en un hospital público urbano de Estados Unidos. Mientras más fidelidad se mantiene con esta línea, mejor funciona todo. Cuanto más se aleja, rebuscando relaciones y conflictos o subrayando algunas temáticas, más se le ven los hilos. Por fortuna, la puesta en escena se apoya casi siempre en ese primer foco: la cámara se mueve y nos lleva por todo el hospital. Recorremos pacientes, la guardia, el ingreso y las emergencias. Se pingponea entre los diferentes médicos, que van realizando coreografías en las que se reemplazan como en un sistema de postas. Conectamos con los pacientes y sus dolencias, e ingresamos al quirófano. El despliegue visual no tiene tabúes, pero tampoco se vanagloria de ello: lo asume con naturalidad. Ver un pene, un pecho o mucha sangre es natural, porque estamos en un hospital de emergencias y ahí hay sangre y hay vísceras, y los personajes transitan eso sin ningún problema.
En épocas de una sobreproducción vacía y sin sentido, en las que la industria deja cada vez menos espacio para una programación bienintencionada —con sus aciertos y defectos—, The Pitt intenta ser otra cosa. Pretende no seguir la corriente comercial imperante ni una lógica estricta de la dinámica algorítmica de las plataformas. Al mismo tiempo, también es un buen ejemplo de cómo se pueden introducir ciertas narrativas del activismo “progresista” de forma orgánica en producciones y relatos industriales. Pero, a la vez, tampoco es solo un panfleto del Partido Demócrata. Es una serie con personas, con seres de carne y hueso, con gente que lucha día a día por tratar de hacer las cosas mejor —o peor—, y eso, en momentos como los que vivimos, no solo es importante, sino que nos permite conectarnos con emociones más humanas. Y eso supongo que algo tiene que valer.
La primera temporada viene de ganar varios premios en la última edición de los Emmy y los Golden Globe. Actualmente se está emitiendo la segunda temporada y sale todos los jueves por Max.



