La guerra de un hombre solo, sobre «The Mastermind»

Es posible que al lector no le resulte conocido el nombre de Kelly Reichardt. Pero desde mediados de la década de los dos mil, esta directora es de lo mejor que nos ha dado el cine indie norteamericano. El cine de Reichardt es uno pausado, de tiempos largos y calmos, con personajes cuyas ambiciones, búsquedas y movimientos los llevan a moverse todo el tiempo: de ahí que muchas de sus películas sean road movies. Sus protagonistas, además, son dueños de acciones y gestos mínimos, que nunca terminan de estar seguros de si van a conseguir eso que ambicionan, y que muchas veces ni siquiera saben qué es exactamente. Sucede con la pareja fugitiva de la fallida pero simpática River of Grass, que luego de cometer un crimen se fuga en auto, escapando tanto de la policía como de sus vidas monótonas; con los amigos de Old Joy, reunidos luego de mucho tiempo en un viaje de campamento, mientras cada uno reflexiona sobre lo que fue de ellos; con la desamparada Wendy en Wendy and Lucy, que viaja hacia Alaska con la promesa de conseguir un trabajo; con el cocinero ambulante y el inmigrante chino de First Cow, que escapan de unas condiciones de vida peligrosas y sueñan con viajar a San Francisco para abrir una panadería propia.

Ambientada en 1970, el protagonista de The Mastermind, su última película, se llama James Blaine Mooney (apodado “JB”), un carpintero desempleado y padre de familia. James planea un robo a la discreta galería de arte local, que ejecuta junto con otros dos hombres. Cuando la policía descubre lo ocurrido, James se verá obligado a dejar atrás a su familia y a escapar sin un rumbo fijo, convirtiéndose, al igual que la mayoría de los personajes de Reichardt, en un nómade, que deberá viajar todo el tiempo.

El accionar criminal de Mooney no es un gran asalto, sino un robo pequeño, y los momentos que muestran el hecho son filmados por Reichardt de forma que carecen de toda espectacularidad, y sin buscar crear un efecto de asombro en el que lo ve. Esto quedará claro en la magistral secuencia que inicia la película. Ahí veremos a James en la galería, observando los cuadros y el lugar junto a su mujer y sus dos hijos, hasta que llega a una vitrina del museo y la abre para extraer con sumo cuidado una figura tallada de madera y guardarla en un estuche de anteojos. El hurto es filmado con delicadeza en un montaje preciso que muestra la cara atenta del protagonista, que mira a su familia y al dormido guardia de seguridad, mientras sus manos ejecutan la maniobra. El acto tiene algo de impulsivo y de extraño, dado que ocurre sin que sepamos por qué James lo lleva a cabo; más tarde entenderemos que funcionó apenas como una suerte de “ensayo” para un crimen más complejo.

Esta secuencia, dicho sea de paso, está acompañada por una melodía de jazz enérgica pero mesurada, que vuelve al hecho algo desconcertante. Y el desconcierto va a ser parte de toda The Mastermind, porque los robos y las escenas de supuesta tensión, carentes de una cualidad asombrosa, son filmados de forma seca por su directora, que hacen que los veamos como actos delictivos de gente inexperta, tratando de llevarse objetos de lugares de forma más o menos torpe.

Si esta primera secuencia y el robo central tienen algo que desconcierta, también lo va a tener la estructura narrativa. The Mastermind está dividida en dos partes: una primera que muestra un poco de la cotidianeidad de James y su familia, su plan para robar las pinturas y cómo es descubierto. En la segunda mitad, veremos la huida de JB y sus dificultades para permanecer en un sitio único, mientras que las cuestiones vinculadas al robo quedan en un segundo plano. Nunca veremos, por ejemplo, a la policía persiguiendo de manera activa a James, o contactándose con su familia para averiguar su paradero. Lo que hasta el momento era una película narrativa, con su ritmo y poética propios, pero narrativa al fin, con un acontecimiento central que para su protagonista lo era todo, se convierte en otra donde lo que importa es en verdad el deambular del personaje, su presente sin rumbo y sin suerte. James lo pierde todo: su familia, su hogar, el éxito económico que (supuestamente) podría haberle dado el plan si funcionaba.

Pero, así y todo, en The Mastermind ocurre algo extraordinario, y es que en ningún momento podemos sentir lástima o piedad por James. JB es un personaje opaco, ausente de rasgos psicologistas, del que apenas sabemos quiere cometer el robo de las obras para obtener con ellas una plata, una operación de la que ni siquiera él mismo parece tener una idea muy clara de cómo llevar a cabo. Hasta su apodo por sus iniciales (lo escuchamos nombrar más de esta manera que por su nombre), sugieren un carácter reducido, mínimo. La expresión ascética (un logro de un Josh O’Connor maravilloso en su contención) y un tanto despreocupada de James lo vuelven también alguien desagradable, incluso de forma inconsciente. Al fin y al cabo, sin ser por completo un déspota, se trata de un hombre al que nunca vemos del todo tener gestos de cariño hacia su mujer y sus hijos, hacia quienes tiene un trato basado más en la planificación y en el interés para con su objetivo mayor de robar, y a quienes es hasta capaz de incluirlos en él sin que ellos se den cuenta (ver, si no, cómo su mujer borda para él, sin saberlo, la bolsa en la que guardará las obras una vez robadas; o cómo les da instrucciones a sus dos hijos para que vayan a jugar a un arcade y vuelvan a cierta hora mientras él se encarga de ultimar los detalles de su acto criminal).

El carácter frío y austero de JB y el giro que hace el film hacia la mitad, dejándolo sin dirección, son dos de las cosas que Crítico Cítrico le criticaba a The Mastermind en su review de YouTube. Sin embargo, yo difiero de esa objeción. Creo que el trazo opaco de James tiene que ver con su carácter ensimismado, que no lo hace tener en cuenta a su familia, ni la planificación y consecuencias del robo, ni el momento sociopolítico en que, sin darse cuenta, se ve inmerso.

Es por eso también que el cambio brusco (pero justificado) que la película hace hacia la mitad es un elemento coherente que habla sobre un clima de época. The Mastermind no es tanto lo que suele llamarse “una película de personaje” o “un estudio de personaje”, sino más bien una película en la que un protagonista egoísta, con planes individuales, se enfrenta a un contexto que hasta el momento le había sido esquivo. Al ambientarse en el período en que, en Estados Unidos, las protestas contra la Guerra de Vietnam habían alcanzado un punto álgido, con la expansión del conflicto a Camboya, la última película de Reichardt termina hablando de un personaje que se desvía y queda perdido, acaso porque ese mismo era el destino que le tocaba en suerte a su país: la gran nación del Norte perdía por primera vez una guerra en su historia. Pero Reichardt encuadra los hechos políticos siempre de manera lateral: en una charla de café que James escucha acerca del ejército, en el televisor de su casa o del hotel donde se aloja, en un bar donde unos hombres hostigan a unos manifestantes en la calle mientras él piensa cómo robarle la billetera a una señora. Solo en el final, los hechos que lo rodean van a cruzarse con el destino inevitable que le toca.

Un final abrupto que, como diría David Mamet, es sorprendente pero inevitable, y que reemplaza el estilo melancólico del cine de su directora por uno más extraño y desconcertante, cerrando así la que es una de sus mejores películas.