La chica zurda: el sutil arte de la diferencia en el cine taiwanés

Introducción

Durante el año 2025, he visto algunas películas que para mi gusto son expresiones superlativas del cine que disfruto. Películas destacadas en su momento por parte de mis colegas de la Revista 24 Cuadros en excelentes notas que recomiendo repasar. En particular, quiero destacar: Cerrar los ojos, de Víctor Erice y Días perfectos, de Wim Wenders.

Acerca de Cerrar los ojos, solo diré que se trata de una joyita que siento como un reencuentro muy ansiado, en especial porque Erice, uno de mis directores preferidos, me tuvo esperando su regreso por mucho tiempo. De la historia les voy a recordar simplemente que se trata de un viaje de nostalgia pura en el que un director cinematográfico, veterano, intenta rastrear el destino de un actor amigo que desapareció sin dejar huella, en pleno rodaje, hace ya muchos años. Parte de su encanto, está en el hecho de que, a pesar de desarrollarse como una especie misterio de tintes policiales, en realidad, se aprovecha de ello como una excusa para hablar de cómo el tiempo nos pasa por encima y cómo el cine es lo que nos permite rescatar muchos de los recuerdos que, de otra manera, estarían condenados al olvido. Es verdad que se toma su tiempo y no es para verla con el celular en la mano, porque su ritmo es pausado y muy íntimo, pero esa pausa se vuelve esencial para que la historia y su planteo te llegue al corazón. Para mí, es el testimonio perfecto de un autor que ama el celuloide por encima de todo; es de esas pelis que te ensanchan el alma y te reconcilian con la idea de la amistad y el autorespeto.

De Días perfectos, apenas escribiré que es otra de esas películas que te reconcilian con la vida, y que es increíble cómo Wim Wenders, logra captar, una vez más, después de la lejana Tokio Ga, la esencia japonesa de encontrar la belleza en lo mínimo. La trama es súper sencilla: seguimos a Hirayama, un hombre que limpia baños públicos en Tokio con una dedicación y un respeto que conmueve. Es de destacar que el filme no necesita de grandes dramas ni giros locos para atraer y entretener; se trata de la rutina de un ser humano común; de cómo escucha casetes de rock clásico en su camioneta, de cómo fotografía los árboles y de la paz que transmite como alguien que ha decidido vivir con lo justo y, aun así, ser feliz. Para mí, el mensaje es un cachetazo de realidad en un mundo súper acelerado como el actual: nos dice que la verdadera riqueza está en los detalles que ignoramos por ir corriendo a todos lados y en todo momento. Al final, te quedás con una sensación de paz increíble y con la idea de que, aunque mañana sea igual que hoy, cada día puede ser realmente perfecto si sabés dónde mirar, si sabés cómo vivirlo; es un homenaje a la dignidad que está al alcance de todos y todas.

Sin embargo, finalizando el año viejo, tuve la oportunidad de ver el largometraje: La chica zurda (Left-Handed Girl) de 2025, de la que quiero hablar en esta nota por tres sencillas razones: 1) porque es del 2025 y la he visto hace poco; 2) por su origen taiwanés y 3) porque funciona como una ventana a la intimidad de una sociedad que nos queda geográficamente lejos.

La chica zurda: el sutil arte de la diferencia en el cine taiwanés

La chica zurda es, como he mencionado en el párrafo anterior, la oportunidad de asomarse por esa ventana socio-cultural, aparentemente tan distanciada, pero que nos permite comprobar que se termina sintiendo sorprendentemente cercana, cuando de dilemas humanos se trata. Lo que empieza como un relato costumbrista sigue el andar y las travesuras de una niña de cinco años, I-Jing, que siendo zurda por naturaleza se ve obligada a aprender a manejarse con su mano derecha, porque lo contrario está mal visto y considerado. Su propio abuelo llega a manifestarle que “la mano izquierda es la mano del diablo”. Esta historia de una niña zurda en un mundo diseñado para diestros termina convirtiéndose en una metáfora universal sobre la resistencia y la identidad.

Si bien se trata de una historia mínima, logra expandirse como una onda vehemente que, al contextualizar la parte anecdótica y hasta humorística de las peripecias de la pequeña, que debe lidiar con el falso estigma, rodeándola de un contexto social y familiar complejo y lleno de recovecos oscuros que pronto saldrán a la luz. Todo el planteo, desde lo más básico a lo más enrevesado, nos invita a pensar cuánto de nosotros mismos hemos tenido que “corregir” para encajar en las normas impuestas y cuántas de esas veces eso fue fomentado por puros prejuicios.

En cuanto a su carácter de pieza que representa al cine taiwanés que llega hoy a la Argentina, puede afirmarse, sin temor a exagerar, que resulta una buena muestra de una cinematografía que parece estar viviendo una especie de primavera creativa. Lejos de las grandes producciones de acción de otras regiones de Asia, Taiwán muestra haberse especializado en un realismo poético que pone el ojo en lo pequeño. La dirección en esta película, a cargo de Shih-Ching Tsou, resulta un buen ejemplo de ese estilo. Tsou, quien ha trabajado durante años codo a codo con el aclamado director estadounidense Sean Baker (quien aquí oficia de guionista y productor), debuta con una obra que respira una autenticidad sorprendente.

Un dato curioso, que no fue motivo de mi elección porque me enteré de ello al investigar para esta nota, es que la película se filmó íntegramente con un iPhone, logrando capturar la vibrante y a veces agobiante energía de los mercados nocturnos de Taipéi, a través de una inmediatez que el cine tradicional a veces pierde. En su desarrollo no hay apuro por contar; hay un respeto sagrado por el silencio y por la observación de esos espacios donde la vida sucede mientras los personajes intentan, simplemente, sobrevivir en condiciones complicadas.

Puede definirse a La chica zurda como una película “sensible” porque tiene todos los condimentos para lograrlo: conmueve, despierta empatía y aborda temas humanos delicados como el amor, la pérdida, la identidad o la vulnerabilidad, provocando una significativa respuesta emocional y dejando una huella duradera. Aunque no profundiza demasiado, expone de manera implícita (a través de sus acciones, decisiones y el modo en que enfrentan situaciones) o presentando adecuadamente su fisiología (a través de su apariencia externa –rostro, postura– para reflejar su estado de ánimo y sus preocupaciones), los aspectos psicológicos de sus personajes, y lo hace con notable eficacia.

Por esto último, esta sensibilidad de la que hablamos se traduce en las actuaciones. Hay algo muy especial en cómo el cine taiwanés trabaja con los niños y jóvenes. No los dirigen para que sean “tiernos” o funcionales a la trama del adulto, sino que los dejan habitar el espacio con una naturalidad que a veces incomoda. La interpretación de la pequeña Nina Ye, como I-Jing, es de una contención física llamativa; uno puede, por ejemplo, sentir su angustia cuando su abuelo, atrapado en supersticiones ancestrales, le dice que su mano izquierda es la “mano del diablo”.

Pero la película no se queda solo en la niña. A través de su madre, Shu-Fen (Janel Tsai), y su hermana adolescente, I-Ann (Shih-yuan Ma), la historia construye un retrato generacional de mujeres que cargan con deudas ajenas, mandatos de género obsoletos y la lucha por una independencia económica que siempre parece escaparse de las manos. Según ha trascendido y llegado a estos pagos (es información y no opinión), el cine de Taiwán se posiciona actualmente como el centro de libertad creativa en el mundo de habla china, explorando temas que en otras latitudes son tabú, como la disidencia frente a la piedad filial y el costo emocional de mantener las apariencias.

Por otro lado, parece haber una melancolía compartida entre Taipéi y Buenos Aires, una forma de entender la soledad urbana y los vínculos familiares que hace que historias como la de las criaturas de La chica zurda se sientan tan cercanas a pesar de la “distancia” que las separa.

Quienes son duchos en eso de clasificar las películas por género, dicen que La chica zurda se inscribe en el denominado coming-of-age; yo, sin embargo, creo que su propuesta supera la definición y desborda sus límites. Su temática trasciende la anécdota de la mano izquierda para hablarnos de todas esas partes de nosotros que la sociedad no quiere, no acepta, ni entiende, e intenta enderezar a la fuerza.

Para el caso: ser zurdo, ser diferente o no cumplir con las expectativas de los padres, no es algo que se “cure”, en todo caso, es algo con lo que se aprende a vivir con dignidad. Vale la pena ver películas como La chica zurda porque nos ofrece una buena alternativa frente a la potente oferta del cine comercial, estimula nuestra capacidad de conmovernos con lo cotidiano y nos recuerda que los conflictos más profundos de la humanidad no solo ocurren en campos de batalla épicos, sino alrededor de una mesa familiar o en el esfuerzo por usar una herramienta que no se hizo para nosotros. La chica zurda pertenece a un cine que educa la mirada, que nos enseña a valorar el detalle y que, sobre todo, valida el derecho a ser “distintos”.