Los ojos del abismo: el terror de un trauma histórico

Con su nueva película Los ojos del abismo, Daniel de la Vega se embarca —nunca mejor dicho— en una propuesta de terror que se sumerge en uno de los traumas más profundos de la historia argentina: la Guerra de Malvinas.

La historia comienza con una joven médica que despierta en un barco sin recordar quién es. A su lado, un compañero agonizante le advierte con sus últimas palabras: “Ya vienen”, y le entrega una fotografía del grupo completo, una selfie al estilo de los años ochenta, tomada con una Polaroid. Poco después, el hombre muere.

La protagonista encuentra las primeras pistas sobre su identidad en una chapa de identificación militar con el nombre Inés Robles (Verónica Intile) y en la fotografía grupal. Sin embargo, uno a uno, va hallando los cuerpos sin vida de quienes aparecen en la imagen. Privada de memoria, debe recurrir a las chapas de identificación para poner nombre a cada rostro.

En la fotografía hay, no obstante, un integrante que sigue con vida: una perra que viste la camiseta de la selección argentina, y que se convierte en su única compañía en ese barco solitario, transformado en una tumba flotante.

Lo que en un comienzo parece una historia sobre la memoria fragmentada y una amenaza mortal de carácter sobrenatural da un giro con la llegada —o, más precisamente, la invasión— de un comando del Ejército Real Británico, integrado por cuatro soldados y una científica. Inés y la perra deberán enfrentarlos para sobrevivir.

El trabajo actoral de Verónica Intile es descomunal. Sostiene la película sobre sus hombros a través de la transformación de un personaje que emerge desde la nebulosa identitaria, donde incluso saber quién se es resulta una conquista. La invasión británica la paraliza y la convierte en víctima; la resistencia, en cambio, la enfrenta con su propia vulnerabilidad. A lo largo del relato, atraviesa un arco de empoderamiento que la lleva a convertirse en aquello que necesita para sobrevivir: un arma letal, una Ripley argenta que pasa de la huida a la venganza.

Y, ya que hablamos de Ripley, la protagonista de Alien de Ridley Scott, resulta inevitable trazar un paralelismo entre Los ojos del abismo y el clásico del xenomorfo. Al igual que la Nostromo, el barco aquí cumple un rol central: pasillos angostos, luces rotas y titilantes, la sensación constante de no tener salida y de que el peligro puede surgir en cualquier rincón. De la Vega explota este espacio con eficacia, logrando que el barco funcione como un personaje más.

El guion, escrito por el propio De la Vega junto a Gonzalo Ventura (Al 3er Día) y Luciano Saracino (Germán, últimas viñetas), maneja con precisión el juego de lo paranormal. La información se dosifica con cuidado, manteniendo una tensión constante que potencia un giro final sorpresivo —que no se revelará aquí—, apoyado además en una sólida dirección de arte.

Los elementos de época funcionan como anclajes históricos claros: un radiograbador gris, un walkman, ejemplares de la revista Pelo, números de Queen por su visita a la Argentina en 1981, afiches de modelos y vedettes de los años ochenta y la icónica tapa de Gente que proclamaba: “Estamos ganando la guerra”.

El guion puede leerse como una metáfora del trauma histórico que significó la Guerra de Malvinas de 1982. Y aún más: el barco parece representar a las islas; Inés, a la Argentina, su memoria histórica y su soberanía; los británicos, bueno, a los británicos.

En esta lectura, la invasión del barco a la deriva, la captura y la vejación de Inés remiten al despojo territorial, la humillación y las heridas abiertas que dejó la guerra. Inés encarna esa furia reprimida, ese deseo de revancha latente que persiste en el imaginario colectivo.

Claro que se trata de una interpretación personal, y tanto lectores como autores podrían responder, parafraseando a Maradona: “Cortala, Pipo. Te zarpaste”.

Un aspecto destacable es el uso de maquetas de barcos y submarinos del Club Argentino de Modelismo Naval a Escala (CAMME) para las tomas exteriores. En tiempos dominados por el CGI, la preservación de esta artesanía no solo es digna de aplauso, sino también una declaración de principios: resistencia desde el cine de género argentino.

En un contexto marcado por la crisis del INCAA, resulta significativo que el cine de género se plante y produzca. Con limitaciones, sí, pero manteniendo las salas ocupadas por el cine nacional.

Para concluir, Los ojos del abismo no es solo una película ambientada en la Guerra de Malvinas: es una obra que interpela ese trauma histórico y nos invita a fantasear con una revancha, con una venganza tan imposible como, quizás, necesaria.