One Battle After Another: PTA nos pasa la antorcha

Es muy común entre nuestra comunidad de reseñadores o críticos de cine utilizar la metáfora de una montaña rusa para describir una película. Yo mismo me he visto usando esa expresión más de una vez, casi por inercia, como una muletilla inevitable. Y, sin embargo, viendo One Battle After Another, sentí que la frase necesitaba ser escupida. Esta película sí que es una montaña rusa, quizá uno de los ejemplos más fieles que he visto en el tiempo reciente. Hay una escena a mid-clímax que es literalmente un sube y baja en medio de una persecución de autos en la carretera sencillamente gloriosa. Me callo sobre los detalles porque no quiero contar más de la cuenta, pero Paul Thomas Anderson consigue que la cámara y el pulso emocional se muevan en un vaivén físico, y como espectador, lo transitás en el cuerpo. La película es un constante ascenso. Y el acompañamiento musical lo potencia todavía más. Hay algo en ese pianito de Jonny Greenwood, un tiki-tiki-tiki que te persigue como metrónomo emocional, y no te suelta ni un segundo. Son dos horas y cuarenta minutos que se van como una ráfaga.
Cumpliendo con la práctica institucional de toda reseña, habría que contar de qué va. Me limitaré a decir apenas esto: One Battle After Another trata sobre un padre que debe rescatar a su hija. Punto. En el medio está aderezado con sangre, persecuciones en pleno desierto, tecnología clandestina a la Mission: Impossible, un grupo de monjas, revueltas populares, refugios de inmigrantes latinos, conspiraciones supremacistas, y hasta un aire de western moderno (que no sentía tan vivo desde la Hell or High Water de David Mackenzie). Todo ese imaginario se amalgama con naturalidad. Es orgánico, vibrante e hilarante en los momentos más inesperados.

Lo que más me impresiona es que, a pesar de la escala que tiene una película de estas características, nunca se siente solemne. Prefiero decir que es descarada. Habla de política, de poder, de violencia e incluso de vigilancia estatal, y lo hace en un mundo donde Trump volvió a ser un peligro real, ICE funciona como brazo armado contra migrantes y vivimos en contemporaneidad con un genocidio en Medio Oriente. Spielberg dijo que esta película es aún más importante hoy que cuando se terminó de escribir, y tiene razón, es un cine que mira de frente el horror de su (nuestra) época. Y a pesar de eso, se da el lujo de hacernos reír. Esa mezcla es lo que la convierte en un blockbuster con dientes, que celebra su propio artificio mientras muerde donde duele. En ese sentido, la siento como un regreso a las bases de Paul Thomas Anderson. Tiene ese tonito tragicómico de Boogie Nights y esa sensibilidad extrañamente enternecedora de Punch-Drunk Love; pero eso no quiere decir que no dialogue con su obra más reciente. Hay algo de la paranoia y el delirio maltripeante de Inherent Vice, y hasta un eco de la tensión romántica de Phantom Thread en la manera en que los personajes se manipulan, se enamoran y se traicionan. Es como si PTA hubiese tomado todas esas piezas de su filmografía, las hubiera sacudido y reordenado en algo que es, paradójicamente, más juguetón, desenfadado y ligero que todo lo que había hecho en los últimos años.

Y no puedo evitar sumarme a la ola de elogios: Sean Penn está monumental. Hay actuaciones que uno sabe que van a quedar en la cultura pop y algo en el pulso me dice que esta es una de ellas. Su villano es a la vez aterrador y ridículo, y esa combinación es oro puro. Los personajes aquí están construidos con mucha excentricidad, pero con mucha calidez, y aquí su Lockjaw brilla. Pero incluso personajes más secundarios o estacionales como los de Teyana Taylor o Benicio del Toro son gigantes cada vez que toman el control de la narración.
Salí del cine con esa rara mezcla de estar agotado y energizado. Si me permiten usar otra muletilla de crítico. Me dejó al borde del asiento. Pero al final del recorrido hubo una sensación de paz. Hay una idea de paso generacional con la que cierra la película, y me gustaría leerlo como el propio PTA haciendo una entrega de antorcha. Una invitación a que ciertas ideas sigan circulando más allá de esta historia y de estos personajes. Parece confiar en que somos lo suficientemente grandes para quedarnos con esa energía y que hagamos algo con ella.



