El Estudio: una sátira hollywoodeana

Seth Rogen encabeza, protagoniza, escribe y dirige, quizás, la mejor comedia del año. El Estudio es una comedia sobre cómo se hacen —y arruinan— las películas fuera de un set de filmación.
El primer capítulo plantea el eje narrativo del resto de la temporada. El excéntrico y enérgico Griffin Mill (Bryan Cranston), dueño del ficticio Continental Studios, decide despedir a su jefa de estudio después de una serie de fracasos y darle el puesto a Matt Remick (Seth Rogen).
Matt es un cinéfilo empedernido que sueña con hacer arte, con crear películas que marquen una nueva época dorada en Hollywood. Sin embargo, el bueno de Griffin Mill le impone una misión: hacer una franquicia de miles de millones de dólares.

Mill compró los derechos de la bebida Kool-Aid, muy popular en Estados Unidos y que en Argentina, como en muchos países de habla hispana, conocemos por su mascota oficial: una jarra con carita sonriente y líquido rojo que atraviesa paredes al grito de “Oh, yeah”, tal como vimos satirizado en Los Simpson o Padre de familia.
En fin, la lógica del pope es que, si Warner pudo hacer mil millones con Barbie —“unas tetas de plástico”—, ellos deberían hacer dos mil millones con Kool-Aid. Esto enfrenta al cinéfilo Matt con su verdadera misión como ejecutivo de un estudio: hacer dinero.

Es común que Hollywood quiera verse a sí mismo de una manera distendida, y El Estudio intenta, de forma cómica, mostrar todo lo que ocurre entre bambalinas: puñales por la espalda, intercambios de favores, competencia entre compañeros y adulaciones sin límites.
Matt se debate entre ser querido y tomar decisiones que no agradarán a todos; entre hacer una película y no saber qué hacer; entre ser reconocido como un par entre los artistas o como el simple ejecutivo que larga el dinero.
Al estilo de las viejas sitcoms, cada capítulo tiene un conflicto urgente para resolver, sin descuidar el conflicto principal. Así, a lo largo de la temporada, los enredos de estos ejecutivos los llevarán a frustrar un sueño de Scorsese, molestar una toma secuencia a la “hora mágica” de una película, decidir un casting por cuestiones raciales, buscar figurar en el discurso de agradecimiento de una actriz, resistirse a regrabar escenas por el costo, o decirle a un director que su corte final es una basura.

Que sea comedia no significa que se deje de lado la cinematografía, ya que se puede ver una buena puesta en escena, fotografía, y, en especial, un recurso utilizado en la mayoría de los capítulos: el plano secuencia.
En El Estudio, los planos secuencia sirven no solo para mostrar la fluidez del movimiento de los personajes a través de los diversos escenarios (sets de filmación, pasillos del estudio, evento de los Globos de Oro, convención en Las Vegas), sino también para acrecentar la desesperación de estos personajes cuando tratan de lidiar con el problema del día… y embarrándola a cada paso. A esto se suma la banda sonora de tambores y platillos al mejor estilo jazz que transmite el estado de esos personajes al borde de un ataque de pánico en cada momento.

Rogen no está solo: el elenco que lo rodea enriquece la trama, cada uno con sus particularidades.
- Patty Leigh (Catherine O’Hara —para mí, siempre será la mamá de Mi pobre angelito), a quien Matt Remick le quita el puesto, pero debe ir a buscar luego para que le salve las papas con el director de la película de Kool-Aid.
- Maya (la genial Kathryn Hahn), jefa de marketing: histriónica, furiosa, impetuosa.
- Sal Saperstein (Ike Barinholtz), ejecutivo creativo, cocainómano, excéntrico, adulador, envidioso. El más chistoso.
- Quinn Hackett (Chase Sui Wonders), ascendida a ejecutiva creativa, busca hacerse valer, aunque tenga que pisar cabezas.
Claro que al elenco hay que sumarle los cameos, o, mejor dicho, las participaciones especiales de estrellas de Hollywood capítulo a capítulo: Martin Scorsese, Charlize Theron, Steve Buscemi, Sarah Polley, Greta Lee, Ron Howard, Anthony Mackie, Olivia Wilde, Zac Efron, Johnny Knoxville, Ice Cube, Adam Scott, Dave Franco y Zoë Kravitz. Estas figuras se salen un poco del molde para representar versiones exageradas y narcisistas de sí mismos.
Un detalle interesante es que el personaje de Bryan Cranston, Griffin Mill, tiene el mismo nombre que el protagonista de El ejecutivo, película de 1992 dirigida por Robert Altman, donde un director de estudio (Tim Robbins) recibe amenazas de muerte por parte de un guionista al que le rechazó un guion. No puedo asegurar que haya sido una referencia directa, pero me da la impresión de que fue intencional.

En conclusión, El Estudio es una comedia que me sorprendió, y me animo a decir que es —y será— la mejor del año. Es una mirada que intenta burlarse de Netflix, Amazon y del Hollywood actual, donde los estudios cinematográficos pertenecen a empresas tecnológicas… pero, paradójicamente, está producida por una de ellas: Apple.
El Estudio nos muestra de manera ingeniosa y graciosa cómo se hacen —y arruinan— las películas fuera de los sets de filmación, con decisiones ejecutivas basadas en marketing, tendencias y lluvias de ideas. Para muchos, el cine será el arte de provocar emociones; para otros, simplemente un negocio para generar ganancias.
Si algo se remarca a lo largo de la serie, es la diferencia entre “films” y “movies”. Es decir, entre “films” y “películas” si lo queremos traducir. La primera categoría remite a obras de mayor calidad cinematográfica; la segunda, a aquellas que generan millones en taquilla y mercadotecnia.
“Era mucho más feliz hace dos semanas, cuando solo estaba enojado y resentido por no tener este trabajo”, se lamenta el personaje de Seth Rogen. Y quizás el cine solo se trata de eso.



