Sobre «El esquema fenicio» y la filmografía de Wes Anderson

Algo viejo, algo robado
Si uno se pone a mirar la filmografía de Wes Anderson, podrá comprobar que sus películas de los últimos años han consolidado un estilo más que reconocible. Me explico: hoy en día, entre el público más cinéfilo, pero también entre el espectador más casual, hablar de Wes Anderson ya es sinónimo de una marca autoral muy identificable. Planos fijos y simétricos, donde los objetos y personajes aparecen dispuestos de forma ordenada; encuadres y travellings sumamente precisos; el uso de colores pastel; los personajes con caras inexpresivas o melancólicas, por lo general, con un efecto de comicidad seca (lo que en inglés se conoce como deadpan), pero no exenta de emoción; las narraciones metatextuales.
Estas constantes han terminado de afianzar el universo de quien es, por lo menos para quien esto escribe, uno de los mejores cineastas norteamericanos de los 90 para acá. Un cineasta que sabe (¿sabía?) combinar en partes iguales y con mano maestra el humor con la melancolía, y la desgracia con el optimismo.
En verdad, habría que decir que el cine de Anderson no tuvo siempre estas marcas autorales necesariamente, sino que ha ido experimentando varias etapas. Anderson comenzó haciendo una comedia absurda y muy simpática sobre un robo con Bottle Rocket (1996), para luego hacer una obra maestra con el retrato maravilloso y acelerado de un adolescente peculiar metido en un triángulo amoroso con dos personajes adultos (Rushmore, titulada acá como Tres son multitud). Ya en la década del 2000 filmó su tercera y mejor película con Los excéntricos Tenenbaums, y su cine viró, durante sus dos películas siguientes, hacia la temática de familias disfuncionales. Al final de esa misma década probó experimentar con la animación stop motion en El fantástico Sr. Zorro (2009), que sin dejar de lado las problemáticas familiares, se orientaba más hacia la aventura. Después vendría una suerte de coming of age y película romántica, en su única película protagonizada exclusivamente por niños (Un reino bajo la luna, de 2012). Lo siguiente sería El gran hotel Budapest (2014), una de sus mejores películas y acaso la obra que moldea con mayor claridad las obsesiones formales del director que hoy todos identificamos, mencionadas en el primer párrafo. Sin dejar de ser fiel a su estilo, volvería luego a la animación cuadro por cuadro con protagonistas animales en la gran Isla de los perros (2018), donde mostraba un interés por la relación entre humanos y mascotas y una crítica a la complicidad entre los gobiernos y la ciencia, dos temáticas nuevas hasta el momento y desvinculadas de su cine anterior. Y luego vendrían, en la década actual, dos películas corales como lo son La crónica francesa, en 2021, y Asteroid City, en 2023. Su siguiente paso sería el mediometraje y los cortos realizados para Netflix en 2024. Y El esquema fenicio (2025), la película que nos ocupa.

Esto es apenas una síntesis de lo que ha sido su filmografía hasta el momento. Y si de algo se puede dar cuenta, es que su cine no ha sido siempre uniforme, y a lo largo de sus películas ha probado con distintos formatos (la animación stop-motion, el cortometraje y el mediometraje, el uso del blanco y negro en un segmento de La crónica francesa), con distintos enfoques (más ambicioso, y hasta podría decirse épico, en Los excéntricos Tenenbaums y en El gran hotel Budapest, más reducido o intimista en Bottle Rocket y Viaje a Darjeeling), y con distintas cuestiones temáticas (las familias deterioradas; el amor de juventud y la maduración en Rushmore y en Un reino bajo la luna; la animalidad y el salvajismo, de nuevo en Un reino bajo la luna, pero sobre todo en El fantástico Sr. Zorro e Isla de los perros; el robo, en Bottle Rocket y El gran hotel Budapest), e incluso, con culturas ajenas a la de su país (Viaje a Darjeeling transcurre en un viaje a la India, e implica a los hermanos en las costumbres de esa tierra, de la misma manera que Isla de los perros tiene lugar en una ciudad inventada en Japón, mientras que la magnífica El gran hotel Budapest es capaz de inventar una nación propia en Europa).
Si menciono estas características, tanto narrativas como formales, es para rebatir una de las críticas que más se suelen hacer a su cine: que sólo está interesado en los encuadres o en la dirección de arte, como si todos los demás elementos de sus películas no tuvieran importancia alguna.
La otra objeción que suele hacerse al cine de Anderson, y muy especialmente en el último tiempo, es que “se copia a sí mismo”. Y aquí es donde conviene detenerse. Porque lo cierto es que, en sus dos últimos largometrajes (es decir, dejando de lado las producciones que filmó para Netflix), parece haber querido anclarse en sus lugares comunes. En La crónica francesa y en Asteroid City, aparecen las constantes autorales que se repiten con apenas con alguna variante (más allá de algún gran momento como la aparición del alien en Asteroid City), y si de algo pecaban estas películas es de tener un sentido de lo ya visto demasiadas veces.

Esto mismo es lo que ocurre en El esquema fenicio. La película narra la historia de Zsa-Zsa Korda, un magnate industrial europeo, que sobrevive a un intento de asesinato en su avión privado. Esto lo lleva a replantearse su legado, y a dejar su abundante herencia a su hija, Liesl, quien es monja luego de que su padre la abandonara de niña en un convento. Korda va a intentar recomponer lazos con su hija. En medio de esto hay una intriga de espionaje, salpicada con el humor incómodo y absurdo característico de Anderson.
Aparece, entonces, el tema de recomponer los lazos parentales, tan caro al cineasta. Pero aparece sin nada de fuerza. Salvando el hecho de que Korda es más despiadado que los padres del cineasta, por tratarse de un traficante de armas, sus características son las que ya hemos visto en otros padres de su cine: Korda es tan torpe para vincularse con Liesl como lo era Royal Tenenbaum (Gene Hackman) con sus hijos en Los excéntricos Tenenbaums, y tiene la misma cualidad aguerrida que poseía Steve Zissou (Bill Murray) en Vida acuática, aunque sin el espíritu cansino de este último. Como si uno pudiera intercambiar a Korda con alguno de estos personajes sin que nada cambie demasiado.
También están las alusiones a la religión, otra cuestión presente en su cine –en especial en lo relativo a la redención–, aunque nunca de forma demasiado evidente (como sí aparece en Scorsese, por citar un ejemplo, cineasta que influyó en Anderson). En El esquema fenicio, en cambio, la religión aparece de forma explícita, quizás demasiado, y no muy sutil. El hecho de que Liesl sea una novicia sólo está ahí para que su personaje tenga las características estereotipadas de una monja, que la película recalca: la castidad, con Liesl que ignora a Björn (Michael Cera), el asistente de Korda, cuando este intenta seducirla; o que se persigna cuando es testigo de un asesinato. Por otro lado, cuando Korda tiene una experiencia religiosa, no pasa de ser el lugar común de verse en el cielo siendo juzgado por sus actos, por un Dios (Bill Murray) que para colmo es un barbudo canoso, representación trillada si las hay.

Se puede agregar, además, que el hecho de que Korda y Liesl, padre e hija en el film, sean personajes con los gestos y movimientos típicos del cine del director, hace pensar que la forma de dirigir actores de Anderson, antes fresca y original, hoy se sienta agotada y cansina.
Como si esto fuera poco, la visión que Anderson propone sobre el espionaje no pasa de ser una serie de engaños que se explican mediante el diálogo, mientras la película acumula personajes secundarios y hace que algunos de ellos entren y salgan de la trama de manera desprolija.
Puede que haya una excepción a esto, y sea el momento en que Björn revela que en verdad es un espía enviado para sabotear el imperio de Korda. Es una escena inesperada y muy graciosa, y que, sumada a algún que otro chiste logrado, y alguna escena sangrienta inesperada, nos recuerda que Anderson continúa siendo virtuoso incluso cuando falla. Y que, para quienes somos seguidores de su cine, no sea nada absurdo poner expectativas en su próxima película.



