Warfare: El aguante

Después de Civil War (2024), aquella road movie distópica que polariza sin demasiados márgenes el dilema sociopolítico imperante en los Estados Unidos, el realizador Alex Garland arremete con Warfare (2025), un relato bélico verídico que decidió confeccionar luego de conocer al asesor militar Ray Mendoza. Garland contaba con los servicios de Mendoza para el tratamiento narrativo de Civil War, pero las memorias de combate brindadas por el veterano de guerra impulsaron al escritor devenido en cineasta a retratar un episodio trágico que tuvo lugar mientras Mendoza se destacaba como oficial de comunicaciones durante la invasión norteamericana a Irak.
Warfare reconstruye con testimonios reales los hechos ocurridos durante una operación fallida que involucró a Mendoza (acá en la piel del actor canadiense D’Pharaoh Woon-A-Tai) y sus compañeros en noviembre del 2006, en plena Segunda Batalla de Ramadi. En esta oportunidad Garland se desprende de un trasfondo argumental (tenemos a un grupo de soldados enviados a montar un puesto de vigilancia, sin que nos brinden detalles minuciosos sobre su misión) para luego evidenciar con solvencia la inutilidad de las actividades que este pelotón transmite (los movimientos de una supuesta locación donde se esconden las famosas armas de destrucción masiva). Así es como a lo largo de la primera media hora tenemos un ejercicio reiterativo de conocer las ubicaciones de cada uno de los integrantes del bando norteamericano y las tareas que les toca ejercer (Garland instala un clima denso de tácticas militares que condensa el sinsentido de su presencia en Medio Oriente).

Luego llega el sorpresivo ataque enemigo que finalmente desata el nudo del conflicto y pone a nuestro equipo de comandos al descubierto. A partir de esta instancia es cuando Garland compone una sucesión de situaciones que resaltan la postura antibélica de la propuesta. Una decisión sumamente acertada es descartar la interacción con las contrapartes iraquíes, quienes apenas responden desde ubicaciones exteriores, y retienen a los americanos dentro del complejo de casas que ocuparon (al comienzo los yanquis ingresaron con tanta torpeza que dejaron al descubierto su ubicación, mientras encima tomaban a unos civiles como prisioneros).
Lo que sigue es un ambiente dominado por la claustrofobia y ciertos ecos al western de resistencia que es marca registrada de Howard Hawks. El encierro de los sobrevivientes en un espacio asediado convierte el refugio en un aguantadero donde solamente retumban los griteríos y la desesperanza de toda la infantería. Ni siquiera los marines que acuden al llamado de rescate consiguen una comunicación eficiente con las tropas situadas a la distancia para que puedan socorrerlos en medio de la evacuación. A diferencia de los discursos patrióticos tan resaltados en otros ejemplares belicistas, partiendo de Black Hawk Down (Ridley Scott, 2001) y su cuota burdamente panfletaria, en Warfare prolifera la negligencia de los soldados que tropiezan con compañeros desangrados o que ni siquiera son capaces de aplicar debidamente una inyección de morfina.

Los diálogos tampoco recurren a frases armadas y soporíferas sobre el heroísmo o la camaradería, y las situaciones de completo dramatismo descartan acciones forzadas por parte de los protagonistas principales (tenemos al siempre efectivo Will Poulter, además de los ascendentes Joseph Quinn y Charles Melton). Mención aparte para los tecnicismos que mueven los hilos en algunas de las escenas más destacadas, en especial su apartado sonoro y la fotografía a cargo de David J. Thompson. Garland concluye su epopeya en los créditos finales con una secuencia de postales que reflejan los resultados de la hecatombe imperialista y que incluye la presencia de algunos de los verdaderos implicados en la tragedia; como el oficial Joe Hildebrand, quien perdió sus piernas a causa de la batalla, y el mismísimo Mendoza, que supo oficiar como codirector y coguionista junto a Garland.
Luego del progresismo que le festejaron en Civil War, Garland sigue aceitando sus aspiraciones por convertirse en un director establecido dentro del circuito mainstream. Si salteamos ese experimento fallidamente ambicioso conocido como Men (2022), el realizador, que durante varios años estuvo más asociado a su carrera como escritor prolífico en el marco de la ciencia ficción, ahora parece cada vez más dispuesto a definir un abanico de apuestas sólidas, demarcadas por un pulso narrativo que sigue afinando su puntería.



