Heretic: genealogía portátil de la cultura capitalista

Fe, herejía, escepticismo
Tras una fachada de terror psicológico, Heretic (Scott Beck y Bryan Woods, 2024) propone una crítica de las bases culturales y religiosas de los Estados Unidos. No es por azar que, en el centro de la discusión, se enfrenten los argumentos evangélicos de las misioneras mormonas hermana Barnes (Sophie Thatcher) y hermana Paxton (Chloe East) con las irónicas refutaciones académicas del escéptico Mr. Reed (Hugh Grant).
La película en sí tiene dos partes bien definidas. La segunda mitad es la que abre la puerta al terror y ha generado largas discusiones en foros de Reddit, sobre todo en torno a la consistencia y la interpretación de su desenlace. A mi modo de ver, coincido con quienes lamentan que el relato desdeña la senda del horror cósmico. En este aspecto, creo que, si la narración hubiera optado por esta vía regia, el personaje de Mr. Reed habría adquirido una estatura muy superior.
Es la primera mitad —la parte donde se produce un duelo de ideas que se cuece lento y escala a niveles insospechados— la que para mí tiene mucho más peso. Porque lo que allí se elabora es nada menos que una genealogía portátil de la cultura capitalista. No me parece casualidad que tanto Heretic como la extraordinaria serie de Netflix American Primeval —creada por Mark L. Smith y estrenada a principios de 2025— tomen al Libro de Mormón, el texto sagrado de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, como punto de partida para una crítica social y cultural de los Estados Unidos.

Ortodoxos, evangélicos, restauracionistas
Para entender este punto, conviene analizar el rol de la religión cristiana en la historia del desarrollo de los Estados Unidos como nación.
La reforma protestante en Europa genera una ramificación de la religión cristiana en diferentes iglesias o denominaciones. En los Estados Unidos se reconocen tres líneas derivadas de este movimiento: el protestantismo tradicional, el protestantismo evangélico y los grupos restauracionistas. A su vez, dentro de cada línea existen numerosas subdivisiones. Por ejemplo, dentro del protestantismo tradicional están los luteranos, metodistas, pentecostales, etc., además de los no confesionales o no denominacionales, que se multiplican en incontables congregaciones; dentro del protestantismo evangélico se definen cuatro vertientes: el movimiento bautista, el pentecostal y de santidad, el anabaptista y el confesional; dentro de los grupos restauracionistas se destacan la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, los adventistas y los Testigos de Jehová, entre otros.
Esta incesante ramificación de las comunidades cristianas —las consecuencias de este empecinamiento sectarista pueden rastrearse en The Witch (Robert Eggers, 2015)— se despliega en concordancia con los pilares ideológicos de la reforma protestante europea: la legitimación de la interpretación individual de las Sagradas Escrituras (en contra de la interpretación mediada por la iglesia) y el retorno al cristianismo primitivo (anterior a la corrupción de la institución eclesiástica).

En la defensa de la suprema libertad del individuo por sobre la autoridad de las instituciones podemos hallar una de las bases de la democracia liberal estadounidense. A su vez, en la refundación del cristianismo primitivo encontramos el fundamento de esa ansia expansionista que se muestra sin tapujos en American Primeval: los líderes de las congregaciones protestantes veían el territorio norteamericano como el espacio propicio para la fundación de Sion, la Nueva Jerusalén.
En consecuencia, los líderes se convertían en profetas y políticos, pastores y funcionarios del Estado. Tal es el caso de Brigham Young —uno de los personajes principales de American Primeval— quien en 1847 llegó a ser presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y, en 1851, primer gobernador del estado de Utah.
Así y todo, a pesar de estos antecedentes, a ningún presidente yanqui (recordemos a Bush Jr. y su operación Justicia Infinita en 2001) jamás se le cayó la cara de vergüenza por perseguir y derrocar gobiernos que ellos consideraban teocráticos.
Iglesias, franquicias, sucursales
Regresemos a Heretic. El Libro de Mormón —el texto en torno al cual gira la discusión central de la película— es un texto publicado en 1830 por Joseph Smith Jr., fundador del movimiento de los Santos de los Últimos Días. Según su autor, el texto le fue revelado en un sueño por un ángel llamado Moroni —Mr. Reed finge equivocarse y lo llama Moronic [estúpido]— y en él se relata la historia de pueblos emigrados de la Jerusalén bíblica a tierra americana.

Mediante este trabajo, Smith efectúa una operación parecida a la de Virgilio al escribir la Eneida. Es decir, así como este poema épico otorga a los romanos una prestigiosa ascendencia troyana, el Libro de Mormón concede a los colonos estadounidenses una ilustre estirpe semítica.
Pero no solo eso. Por un lado, este acto atribuye al Libro de Mormón la cualidad de verdad revelada y, por ende, la misma condición sagrada que los Evangelios. Por otro, eleva a Joseph Smith Jr. a la categoría de profeta. Su palabra, por ende, se torna incuestionable.
Bajo esta autoridad, derivada de la relevación, Smith en 1831 introduce en el canon eclesiástico de su comunidad una práctica muy controvertida para el cristianismo: la poligamia.
En American Primeval, la abierta admisión de esta costumbre por parte de los miembros de los mormones despierta un enorme rechazo entre los colonos del Oeste. En Heretic, su planteamiento representa no solo un poderoso indicio del juego malicioso que Mr. Reed entabla con las adolescentes mormonas, sino también una crítica de la manipulación que los credos ejercen para que sus creyentes admitan y difundan catecismos plagados de contradicciones y absurdos.
No es casual que, al respecto, Mr. Reed formule la siguiente pregunta a las hnas. Barnes y Paxton: ¿son los misioneros los vendedores de una organización? Con esta interrogación, Mr. Reed establece un nexo entre dos campos que parecen distantes: la religión y las finanzas.

En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber establece una conexión directa entre el protestantismo y el capitalismo. Señala que la inclinación por el trabajo y, sobre todo, la cosecha exitosa de sus frutos en dinero contante y sonante son una derivación de la doctrina puritana acerca de la salvación del alma.
Sin embargo, esta perspectiva, si bien es acertada, no tiene en cuenta la otra faceta de la economía que se desliga de la actividad productiva: la especulación. La base de la especulación económica es la apuesta por algo ficticio —acciones, deudas, hipotecas, títulos públicos, criptomonedas— y la obtención de beneficios de ello. La tarea del financista es convencer a una persona de que efectúe aquella apuesta.
En esta operación, que no es productiva sino puramente verbal, el financista demuestra ser un descendiente directo del misionero protestante. No por nada, en el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges le hace decir a Ezra Buckley —el “ascético millonario” de Tennessee que patrocina el proyecto de la sociedad secreta del relato— que en América es absurdo inventar un país y que él a cambio prefiere apostar por la invención de un planeta. Y cuéntenme si no lo logra.

Por esta razón, la pregunta de Mr. Reed contiene una carga equivalente a la de una bomba atómica. Si los misioneros son vendedores de discursos plagados de ficciones, entonces las iglesias son sucursales de bancos, franquicias de mesas financieras, y aquellos a los que convencen se transforman en clientes, inversores, emprendedores.
Heretic demuestra de esta manera que la ética protestante no es solo la fuente de la revolución industrial: es también la madre poliamorosa del FMI, JP Morgan & Chase y las criptoestafas.
Remakes, plagios, secuelas
El argumento de Mr. Reed en contra de las innumerables ramas de la religión cristiana se basa en un concepto simple: la iteración en el tiempo. Según Mr. Reed, la religión cristiana no solo es el saqueo descarado de elementos de otras figuras míticas redentoras (Mitra, Horus, Krishna) que eran populares durante la época de su surgimiento, sino que además es un abierto plagio del judaísmo. En este sentido, el cristianismo es la repetición de una concepción religiosa previa con el añadido de detalles que degeneran el modelo original. Siguiendo esta línea de pensamiento, el Evangelio, El Corán, el Libro de Mormón son iteraciones degradadas de la Torah.

Lo más interesante de este argumento es que Mr. Reed descubre que la iteración en el tiempo se reproduce no solo en aspectos religiosos, sino también en otros campos de la cultura contemporánea. Así, habla de las diferentes casas de comida chatarra (Mc Donald’s, Burger King, Wendy’s, etc.) y su distribución en franquicias a la manera de iglesias; comenta la historia del Monopoly como un plagio de un juego previo, The Landlord’s Game —y el hecho implícito de que uno y otro postulan la especulación económica como motor del entretenimiento—; refiere el caso de la canción “Creep”, de Radiohead —cuya letra describe, de manera distorsionada, la personalidad de Mr. Reed—, que saquea buena parte de “The Air that I Breathe”, de The Hollies, situación que, años más tarde, se repite a su vez con “Get Free”, de Lana del Rey, quien admite haberse “inspirado” en la canción de Radiohead.
A los ejemplos que Mr. Reed propone podríamos añadir muchos otros: en el ámbito de la industria tecnológica, el lanzamiento periódico de actualizaciones de dispositivos y de sistemas operativos que en ningún caso modifican sus estructuras fundamentales; en el ámbito de la industria textil y cosméticos, el retorno de las modas de décadas anteriores; en la industria de la música, el “homenaje”, el sampleo, el cover de temas clásicos.
Sin embargo, el cine de Hollywood del siglo XXI constituye un caso emblemático de la iteración. No es extraño notar que muchos actores y actrices jóvenes ganan fama solo por parecerse a actores y actrices clásicos. Y ni qué decir de la epidemia de remakes, secuelas, precuelas, spinoffs, franquicias, live-actions en la que estamos sumergidos: pura repetición y variación degradada de historias anteriores.
En todo este proceso iterativo no hay una mano invisible. Al contrario, se distingue una intencionalidad: la explotación del pasado. Para los ejecutivos de la industria del entretenimiento, la nostalgia es mercancía. Durante más de dos décadas, el capitalismo senil y demente ha lanzado al mercado estas oleadas de zombis culturales. En los últimos años ha comenzado incluso a resucitar a actores fallecidos (como en el ejemplo grotesco de Alien Romulus) por medio de la magia negra del CGI. En su artículo “The Cult of Yesterday”, River Quintana llama a este fenómeno “necromancia capitalista”.
Al respecto, River Quintana escribe lo siguiente: “La necromancia capitalista prospera mediante la construcción de fantasías ideológicas en torno a la nostalgia. Presenta una percepción distorsionada de la historia que inspira la añoranza sentimental de un tiempo que en verdad nunca ha existido”.
Por cierto, este procedimiento no es inofensivo. Así lo advierte Chris Holding en su artículo “The Death of Nostalgia”: “La publicidad es propaganda capitalista. En ella, todo lo que se transforma en mercancía también se convierte en un arma. En este sentido, la síntesis de la nostalgia es al mismo tiempo una guerra psicológica. El boom de la nostalgia no ocurre en el vacío y, sin embargo, lo crea. Los movimientos políticos en ambos extremos del espectro y los promotores de publicidad tienen como objetivo un público maleable que anhela la fantasía de épocas más sencillas. Así, sin que este pueda evitarlo, lo atiborran con cebos de nostalgia patológica y reparadora”.

La prueba de esto la hallamos en la emoción violenta que despierta la sigla MAGA en los seguidores de Trump, que anhelan el retorno al paraíso perdido del American Dream —Make America Great Again—, y los seguidores de Milei, que extrañan el infierno encantador del menemismo —Make Argentina Great Again—.
Iteraciones, bucles, eterno retorno
Este proceso de iteración en el tiempo no es nuevo. El Libro de Mormón —o MAGA, o las teorías conspiranoicas, o las criptomonedas— son resultado de un fenómeno que, al igual que una moneda, consta de dos caras: la necesidad de reescribir un texto chatarra, un evangelio de lectura rápida, y la intención de explotar el ansia de una masa de creyentes por el retorno a Sion, la Nueva Jerusalén.
Ya desde sus inicios, el capitalismo ha sabido emplear este fenómeno como su mejor arma. Se halla íntimamente relacionado con aquello que Marx denominó “fetichismo de la mercancía”. Desde hace cinco siglos que el Capital ocupa el lugar de Dios y que el mercado es el escenario de su liturgia. Wall Street es hoy el nuevo Vaticano.
En su ensayo Hombres y engranajes, Ernesto Sábato explica que la modernidad —vale decir, la era capitalista— triunfó por sobre el medioevo gracias a la confluencia de dos fuerzas: la razón y el dinero. En el siglo XXI somos testigos de la vigencia de un capitalismo senil que ha abandonado la razón para abrazar la demencia de la especulación. Incapaz de producir ya más nada —y de allí la “cancelación del futuro” de la que habla Mark Fisher—, el capitalismo senil y demente canibaliza su propio pasado y lo manufactura en ficción consumible, en dosis masivas de nostalgia para estimular fantasías conspiranoicas, pasados que nunca fueron ciertos, futuros inmediatos improbables.
Heretic pone estas verdades en boca de Mr. Reed, un villano. Enmascara la verdad detrás de un disfraz de monstruo. Una criatura herética que, en la película, acaba por caer de una manera torpe, más por exigencia del guion que por la aplastante lógica de sus argumentos. Sin embargo, aunque parezca paradójico, este es un hecho comprensible. No puede darse de otro modo: todos los héroes de este tiempo son meros vigilantes del statu quo capitalista. ¿Y quién vigila a los vigilantes?



